Este eclipse que apenas me interesa

Juan M. Uriarte

No me he comprado las gafas. Ni por Amazon ni en los chinos. No me las he comprado porque no tengo intención de ver el eclipse. No se trata de un petulante desaire ni de un pretencioso desdén; no desprecio las predicciones astrofísicas ni soy un escéptico anterior a las leyes de Kepler. Veré el eclipse en diferido, en televisión, a toro pasado y por lo que ustedes me cuenten; os escucharé a los que lo veáis, deseándoos que vuestra mácula retiniana siga intacta. Quizá sea porque en mi familia cercana sufrimos patologías relacionadas con esas neuronas que forman el epitelio retiniano, o tal vez por mi belicoso afán de contradicción, pero no pienso dedicarle ni un milisegundo a mirar al astro rey en el atardecer de este doce de agosto.

Abro mucho más los ojos a la feria que se ha montado. Estoy muy sorprendido por el atractivo mediático del producto periodístico y turístico, un evento veraniego muy bien organizado, con esa superioridad de sentirnos tan predictores, tan científicos, tan dueños del universo. Curiosamente, cada pocos años tenemos un eclipse que aparece cada cien años: somos muy suertudos.

Creo que la primera vez que tuve conocimiento de lo que era un eclipse fue de adolescente, leyendo la novela Las minas del rey Salomón; era un libro de portada amarilla, de Ediciones Bruguera, lo recuerdo bien. Los exploradores blancos libran a una joven del sacrificio humano al simular que el eclipse sucede por su magia. Pocos años después encontré algo similar en Tintín —tan útil leer tintines—. En las viñetas finales de la historia titulada El templo del sol, el rubio reportero de Hergé salvaba el pellejo a manos de tribus incas. Tintín encuentra un trozo de periódico viejo en su celda. Al leerlo, descubre una noticia astronómica providencial: un eclipse total de sol visible en Perú está previsto exactamente para los próximos días, a una hora fija. Llegado el momento del sacrificio, Tintín finge invocar un hechizo divino, ordenando al sol que oculte su luz. En ese preciso instante, la luna empieza a tapar el disco solar y el día se convierte por completo en noche. Los incas caen de rodillas y suplican llorando a Tintín que devuelva la luz. Tintín aguarda unos instantes al final del eclipse y, con solemnidad, le ordena al sol regresar.

 

Mi padre siempre nos recomendaba que leyéramos Tintín y Astérix de niños; su lectura como parte del itinerario cultural obligatorio desde la infancia, lugares comunes ya para siempre. Mira tú por dónde, el eclipse, y tal y tal.

Hace pocos días, leía en el diario progubernamental este titular de máximo tamaño: El eclipse de nuestras vidas. Me pareció un titular pretencioso, y, sin pretenderlo en sentido figurado fue todo un acierto: El eclipse nos eclipsa lo fundamental, nuestras vidas. La hojarasca estival, la flojera veraniega tan buena para el ocio, ha topado con algo tan fun como el eclipse. Y así nos están comiendo la tostada, eclipsados en lo fundamental. La predicción del eclipse muestra el poderoso dominio humano de las leyes astrofísicas. Esas predicciones suceden porque el evento está predeterminado, esa ausencia de libertad; los astros no pueden no comportarse así, al menos con los parámetros constantes de los que partimos, pues un día se acabará este mundo… De todas maneras, siendo interesante la astrofísica, ¿a mí en qué me toca?, ¿me afecta en algo?

 

Sinceramente, creo que vivimos en frecuente eclipse de lo nuclear porque la cuestión capital no es externa —los astros, la naturaleza, el clima, la feria estival del eclipse—; la cuestión capital es la intrahumana, vital y existencial. Nuestra evidente pequeñez en este cosmos queda en evidencia. Lo dice bien el salmo:

 

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?

 

No obstante, y de manera paradójica, siendo cierto que somos poca cosa, ¿deberíamos sentirnos irrelevantes y anodinos? Más bien al contrario: conociendo humildemente nuestra pequeñez, los hombres y mujeres que poblamos este bello planeta azul tenemos algo único que no tienen la geología, ni las rocas, ni las estrellas: la libertad de no tener que seguir una órbita, la capacidad de no obedecer a una fórmula matemática, la obligación de decidir y, por tanto, acertar o equivocarnos, errar y mejorar. Y todo ello es lo que nos hace grandes. Todo no está en los algoritmos. Nos han arrojado a este mundo sin pedirnos permiso, y debemos elegir en cada instante: no somos el astro rey de ruta obligada; somos libérrimos reyes de la creación.

El eclipse es un espectáculo atractivo, pero no nos gusta nada que nos eclipsen. Dejar de ser, que otro te tape, menguar para que otro ocupe la primera posición, el protagonismo. Propongo para ello el patronazgo de los eclipses a mi querido san Juan Bautista: «Es preciso que él crezca y yo disminuya».

No, no voy a comprarme gafas para ver el eclipse. Ni de coña. Prefiero intentar aprender a disfrutar de la libertad de no seguir una órbita, una moda, un determinismo social o moral; libertad como la del Bautista: aprender cada día a ser eclipsado cuando sea menester. Ese es el eclipse bueno.