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REFUGIOS DE LA CALLE GISBERT

REFUGIOS DE LA CALLE GISBERT

 

Una vez conté que cuando paso por la Calle Gisbert se me pone el vello de punta. Sin embargo, no puedo dejar de hacerlo, da igual que vaya de paseo hacia el puerto o venga del casco antiguo de nuestra ciudad, siempre, siempre redirijo mis pasos sin darme cuenta hacia ese túnel que es entrada o salida a aquella historia que Cartagena vivió durante la Guerra Civil.

Y hoy, sin darme cuenta, vivo una de esas casualidades de las que muchas veces hablo. Porque estoy aquí tranquila, escribiendo en mi terraza soleada con una infusión calentita, relajada, recreándome en todas las fotografías que tomé hace unos días, y reviviendo todo lo que sentí al hacer un recorrido por este lugar tan agridulce, pero que muestra la historia de una manera que afloran los sentimientos y los recuerdos, para que yo os los pueda contar como siempre, a mi manera.

Y esa casualidad, es que levanto la vista y mi calendario me indica que es jueves 25 de noviembre. No estaba planeado,  voy eligiendo lugares al azar, por ilusión o porque pasaba por allí. Y aquí estoy, justo el día del BOMBARDEO DE LAS CUATRO HORAS que sufrió nuestra ciudad durante la Guerra Civil, iniciando mi historia precisamente aquí, en los refugios de la Calle Gisbert.

 

Me cuentan que Cartagena era la más importante y la  principal Base Naval de la República,  y que quizás eso, sumado a la atractiva actividad de nuestro maravilloso  puerto, que nos deleitaba con la carga y descarga de mercancías, con ese sol reflejando en el mar con destellos inmensos…., pues que atrajo el interés de la aviación nacional para lanzarnos sus bombas dañinas y destruir a nuestra  ciudad y sus gentes.  Así que llegó octubre de 1.936, y un primer bombardeo despertó asustados a todos los cartageneros que dormían a pierna suelta, ajenos a los actos incontrolados de odio de esas personas sin escrúpulos que siempre han ocupado ese horrible papel en nuestra historia. Dicen que no se escuchó la sirena, y que cayeron bombas desde el muelle hasta la Calle del Carmen, Calle Sagasta, La Plaza de los Carros…., total, fallecidos y heridos, destrozo y miedo. Pero, ¿sabéis una cosa?, me han dicho que al día siguiente, cada cartagenero estaba en su puesto de trabajo, en su día a día, venciendo al miedo y borrando esa pesadilla que quizás pensaban que sería irrepetible. ¿Irrepetible he dicho?, hasta tres bombardeos ese mes no minaron las fuerzas y el ánimo de todos, civiles y militares.

Y un día observan que un avión con un brillo plateado sobrevuela sin miedo sobre el cielo azul  cartagenero. No quiere dejar ni un solo lugar  sin grabar en su premeditado recorrido que con venganza está preparando. ERA EL PRELUDIO DE UN BOMBARDEO que nos marcaría para siempre.

Cuando eres pequeño y tus abuelos te cuentan historias, no siempre los escuchas con interés. A veces sí, pero otras nuestra mente está más en salir a jugar a la calle, en ver los dibujos animados y en no escuchar “batallitas de la guerra”, que en ese momento casi ni sabes lo que son. Y hoy daría lo que fuera por volver a escuchar esa historia de ese fatídico día que mi abuela Cari me contó en una ocasión. Sí, la parlanchina de la que heredé hablar mucho y sus dedos gorditos y que os hablé de ella  en la historia de mi familia y la Mufla.

Pues una tarde, junto a esa ventana estrecha y alargada de su casa, donde había dos mecedoras juntas, y yo me balanceaba sin parar, me contó cómo  escucharon la sirena de aviso de que los bombardeos iban a azotar la ciudad. Recuerdo su cara y su gesto cuando hablaba de la sirena, poniéndose las manos sobre las orejas, ya no sé si por el pánico o el sonido estridente en su recuerdo, supongo que por ambas cosas. Eran sobre las cinco y media del 25 de noviembre de 1.936.

Desde casa de mi abuela  hasta los refugios de la Calle Gisbert calculo que habría  quince minutos a paso ligero. ¿Pero os podéis imaginar lo que es llegar hasta allí corriendo, bajo ese ruido estridente y bloqueado por el miedo?

Mi abuela me contaba que recordaba que le dijeron: “corre, corre, no mires atrás, no te pares y mucho menos no mires al cielo”. ¿De dónde sacas esa fuerza? ¿Cómo no te bloqueas y te quedas paralizado? Será ese instinto de supervivencia, de lucha, de fortaleza que todos tenemos, desconocemos y que sólo aflora en situaciones límites.

CUATRO HORAS estuvieron bajo los refugios, entre gritos nerviosos de niños y mayores, mezclados con el ruido de aviones y bombas que atizaban con la rabia de los que hacen daño sin más. Cuatro horas. Por desgracia ya no recuerdo más de la historia que me contó mi abuela, quizás se quedó ahí, no fue por mi falta de atención, ese día no , porque lo recuerdo como si fuera hoy, y creo que tenía unos once o doce años yo entonces, prácticamente los mismos que ella en aquel momento. Pero la imagino salir a las nueve y media de la noche, entre oscuridad, polvo, humo, desolación y el miedo de volver a casa con la incertidumbre por si todavía estaba en pie.

 

Quedó especialmente dañada la zona del puerto y el barrio de Santa Lucía, comercios de la ciudad, La Pilarica, el bar de El Molinete, quedó destrozada la Plaza del Rey. Incendios, llantos, gritos, miedo, todo ello fue el desenlace del abandono de muchos cartageneros de su ciudad.

Y bueno, hace unos días me levanté con ganas de volver una vez más a este lugar, pero sóla. He venido a veces con amigos de fuera, en familia….Pero me desperté con ganas de ser parte de la historia, de introducirme sigilosa y escuchar. Y tuve suerte, era un día lluvioso y la soledad me acompañó en todo su esplendor.

Y allí, en esa calle que amo, frente a un ascensor que parece que puedes tocar el cielo si extiendes los brazos, se me abrían las puertas a los refugios que fueron testigos del miedo de mi abuela y de los de muchos de vosotros.

¿Sabéis que la Calle Gisbert se abrió en 1.878? Fue como extraer una porción del Cerro de la Concepción. ¿Y sabéis que en el interior del cerro fue donde se excavaron todas esas galerías que después sirvieron  para salvar vidas en la guerra civil? Cinco mil quinientas personas podían albergar este refugio.

Cinco mil quinientas personas apiñadas con la esperanza de salir vivos, allí los imagino al entrar y sentir el frío de esas galerías que proporcionan un halo de seguridad. Entre el silencio se escuchan bombas estallar, y los testimonios de los que de niños corrían hacia aquí.

Y qué difícil es extraer de esta historia una mañana bonita, pero ellos son así, desde Cartagena Puerto de Culturas trabajan para mostrar esa historia, pero de esa manera especial, con sus ilustraciones, con las anécdotas amenas de la época que se entrelazan con la tragedia, con el brillo en los ojos de los supervivientes que derrochan superación, y que después vivieron  una vida maravillosa, que quizás sin estos refugios nunca la hubieran podido disfrutar.

Nos muestran la realidad del momento, esa realidad que va más allá de los bombardeos, esa de gentes que apostaron por vivir sin miedo, que acudían a un teatro, a tomar un café y que les ayudaba a olvidar la inquietud constante de esa pregunta, ¿cuándo será la próxima vez?

Vivieron escasez de alimentos, muchos tomaron decisiones de enviar a sus hijos a las colonias de estudiantes en lugares donde no corrían peligro, a sabiendas que quizás nunca los volverían a ver. Tenían grabado en sangre el manual de qué hacer y qué no  cuando la sirena estridente estallaba en sus oídos…

¿Y sabéis una cosa? , pasaron los años, la ciudad resurgió, los cartageneros demostraron su fortaleza incondicional, y nosotros hoy mostramos orgullosos al mundo lugares como éste, el Refugio de la Guerra Civil de la calle Gisbert. Porque es el resultado del esfuerzo común, de estar ahí, de dejar de lado el individualismo. Porque cuando se trata de aunar nuestras fuerzas, aquí tenemos los resultados.

Y me quedo con una frase de mi hija  en una de las veces que vine aquí con mi familia, para ser exactos, ese viernes de festividad de Cartagineses y Romanos del año anterior, inmersos en plena pandemia, y que el Ayuntamiento de Cartagena organizó como regalo para todos nosotros  una jornada de puertas abiertas para acceder a cada uno de estos maravillosos lugares de la ciudad.

Frente a una imagen que mostraba una lista de  instrucciones para protegerse de los bombardeos y una máscara antigás, me miró, señaló su cara y dijo: “mamá, nunca voy a volver a quejarme de estar incómoda con esta mascarilla puesta”.

 

 

FELIZ DOMINGO

EVA GARCÍA AGUILERA.

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