ELIGIERON QUEDARSE
ELIGIERON QUEDARSE
Se conocieron el día en el que ella andaba buscando un libro que le hiciera sentir cosas. Estaba de puntillas frente a una estantería, intentando deslizar la novela de lomo azul hacia abajo, cuando cayó directamente al suelo. Bueno, al suelo después de tropezar en el hombro de un chico que parecía estar buscando un cuento para su hijo.
-¡Qué vergüenza, disculpa! -le dijo Elsa con la cara sonrojada y tímida.
-No hay nada que disculpar, tengo los hombros fuertes, resistentes a las caídas de los libros -le dijo Jorge con una sonrisa.
-¡Vaya manera de conocer a alguien en una librería! -murmuró Elsa, todavía aturdida por la situación.
-Tranquila, he tenido peores primeras impresiones. -¡Te invito a un café! -le contestó el chico de pelo oscuro, tranquilizador y decidido.
Elsa aceptó. Todavía no sabe si por educación o por algo que ocurrió y que era incapaz de explicar.
Un café de una hora, donde intercambiaron teléfonos, “por si acaso”.
Jorge volvió a por el cuento que le iba a comprar a su hijo, y Elsa hizo una llamada a su marido para avisarle que llegaría a casa sobre las siete.
Se despidieron. Camino a casa ambos pensaron que aquello quedaría en una anécdota que contar a sus familias.
No fue así.
Los mensajes comenzaron con naturalidad. ¿Cómo estás hoy?, ¿todavía te duele el hombro?, ¿has descansado?
Después llegaron las llamadas. Conversaciones largas, aderezadas de risas, de cosas cotidianas, de magia…
-Contigo no me siento juzgada- le confesó ella una mañana de septiembre.
-Porque no tengo nada que juzgar- le respondió él – Solo ganas de escucharte.
La primera vez que quedaron fue en un faro, junto al rompeolas. Elsa conducía nerviosa, como si tuviera 20 años. Olía a un verano que no acababa de terminar, a mar, a primeras veces. Se encontraron. Caminaron sin tocarse. Hablaron de sus parejas, de sus ilusiones, sus miedos y de esa sensación extraña que ambos tenían de estar cruzando una línea invisible.
Somos adultos, deberíamos controlar esto- dijo Elsa con la cabeza baja.
Lo sé- contestó él -Pero lo que siento no es algo que quiera controlar.
No querían romper sus mundos pero tampoco podían negar lo que ya era evidente.
El primer beso llegó sin más. Suave, casi tímido. Después siguieron más, inevitables, incontrolables.
Besos que sabían a ellos.
Comenzaron a verse en un lugar especial, suyo, neutral, donde fueran invisibles a los ojos de todos. A veces improvisaban una Coca-Cola en un chiringuito, otras un café que se enfriaba mientras hablaban sin parar.
Reían, se acariciaban, se miraban con una ternura bonita, como si todo a su alrededor se hubiera difuminado.
Y un día reservaron una habitación discreta desde donde se podía escuchar las hojas de los árboles y los pájaros a lo lejos. No hubo prisas. No hubo culpa. Hicieron el amor como si llevaran toda la vida buscándose. Como si sus cuerpos ya se conocieran.
Ella apoyó la cabeza en su pecho.
-Esto no estaba en mis planes.
-En los míos tampoco- dijo él, acariciándole el pelo.- Pero no cambiaría nuestro encuentro entre libros por nada del mundo.
Pasaron los años, aprendieron a quererse con respeto. Nunca hablaron de romper sus familias. Nunca exigieron más de lo que podían darse. Se encontraban cuando podían. Celebraban cumpleaños atrasados en una habitación de hotel, con velas y regalos que por precaución se quedaban en un rincón o en la papelera de la habitación.
-Felices 48- susurró él una tarde, entregándole un libro de lomo azul.
-Felices 40, adelantados- respondió ella riendo.
Elsa le quería con una inmensidad transparente. Jorge también la quería, de una manera más contenida, más silenciosa, como el que tiene miedo a verbalizar una realidad. Pero en sus ojos no había duda.
Tuvieron periodos sin verse, más largos de lo que hubieran querido. Obligaciones, circunstancias. La vida, imponiendo sus ritmos.
-No quiero perder lo que somos- dijo Elsa por teléfono en una de esas pausas que Jorge solía hacer.
-No lo vamos a perder- respondió el.
Se respetaban los tiempos. Siempre.
Y entonces, después de meses sin abrazarse, llegó el día.
Elsa conducía hacia el faro, como la primera vez. Tenía el corazón acelerado. Había pasado mucho tiempo. Pensaba en la diferencia de edad, que quizá el ya no… Tal vez esto tenga fecha de caducidad -se decía.
Jorge ya estaba allí cuando Elsa llegó. Más tranquilo, la misma mirada y esa sonrisa que no dejaba que volara sola.
Se quedaron quietos un instante. Caminaron el uno junto al otro, y el beso no tuvo dudas.
Profundo, seguro y perfectamente reconocido.
Pasearon por el rompeolas. Hablaron de lo vivido, de lo que se habían callado este tiempo.
-A veces pienso que la edad conseguirá que esto termine -le confesó nerviosa, mirándole de perfil.
Jorge se detuvo.
-Elsa, el tiempo acaba con todo. Pero no todos tienen nuestra suerte. La suerte de vivir algo verdadero.
Ella le miró con los ojos húmedos.
-Te quiero
Él respiró, como si guardara la emoción. –Y yo a ti.
Siempre contestaba y yo a ti, como si decir te quiero fuera difícil. Pero lo demostraba de tantas y tantas maneras, que Elsa había aprendido a quererle así, con sus manías y las cosas especiales que era capaz de hacer por ella cuando menos lo esperaba.
Aquel día no hicieron promesas imposibles. No hablaron del futuro. Se sentaron frente al mar, escuchando las olas romper en el espigón.
Con el tiempo, su historia encontró un ritmo propio.
Muchas mañanas sonaba un Whatsapp con una canción, que a Elsa le llenaba de energía y la dosificaba para varios días. Estaba durante semanas tarareándola sin darse cuenta. A veces las escuchaba y descubría en sus letras aquellas cosas que a él le costaba pronunciar en voz alta.
-Conduce con cuidado- le escribía Elsa a menudo.
-Tú también. Cuídate- respondía él siempre.
Ese cuídate era su manera de estar presente en lo cotidiano. En la carretera, en la rutina que no compartían físicamente pero sí emocionalmente.
Seguían juntos. Sin urgencias, sin planes imposibles que les desgastaran. Habían aprendido que lo suyo no necesitaba prisa. Se veían cuando podían, y cuando no podían, se pensaban.
Un día, después de un tiempo en el que Jorge estaba más callado de lo habitual, Elsa le escribió, -no hagas extensos los silencios.
Él tardó unos minutos en responder. Ella siempre notaba esos minutos.
-Pienso en ti cada día -contestó finalmente. -A veces callo porque tengo demasiadas cosas en la cabeza, pero no porque no estés en ella.
Elsa sonrió al leerlo. Le conocía.
Cuando estaban juntos todo era sencillo. Café compartido, manos que se buscaban debajo de la mesa, miradas cómplices.
-¿Sabes?, la vida juntos sería fácil.
-Sí -asintió Jorge -contigo todo es fácil.
No era una fantasía adolescente. Era una certeza serena. Se conocían en lo sencillo y en lo complicado. Sabían lo que les hacía reír, lo que les molestaba, cómo se sentían en momentos complicados. Y aún así, encajaban.
Ella respiró hondo antes de hablar.
-Este amor ha sido un regalo.
Él no respondió de inmediato, pero su mirada fue suficiente.
-Lo ha sido, y sigue siéndolo.
Elsa, la misma mujer entregada, cariñosa y divertida. La que le hacía reír, y la que le descolocaba con un te quiero dicho sin cálculo.
Él, reservado y racional en apariencia, que con ella perdía la cordura justa para sentirse vivo.
Ya no soñaban con escapar, porque habían entendido que el amor no siempre es convivir, que se puede mantener incluso en la distancia. Y aunque a veces añoren esos días sin miedo a las consecuencias, ahora aman esa versión madura, consciente y tranquila.
Porque siguen ahí, sabiendo que lo suyo no fue casualidad. Fue y es un regalo que decidieron cuidar, porque, eligieron quedarse.
LA VENTANA DE EVA
Eva García Aguilera