Montanaro: LOS CAPRICHOS DE ESPAÑA. GOYA YA NO NECESITA SATURNO

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro: LOS CAPRICHOS DE ESPAÑA. GOYA YA NO NECESITA SATURNO

LOS CAPRICHOS DE ESPAÑA. GOYA YA NO NECESITA SATURNO

Hay algo peor que un país corrupto, un país que convierte la corrupción en costumbre estética. Ahí entra Francisco de Goya, que no pintó monstruos porque sí, sino porque entendió antes que nadie que España no necesita demonios externos. Se basta sola. Le sobra material humano, político y moral para fabricar sus propios aquelarres sin ayuda sobrenatural. Y si las Pinturas Negras eran el testamento depresivo de un hombre lúcido, Los Caprichos fueron directamente la autopsia preventiva de esta nación antes de que existieran los ministerios de relato, los asesores de imagen y los tertulianos con sonrisa de dentista financiados por una productora.

“Uno contempla hoy el panorama nacional y entiende que Goya no fue un pintor. Fue un profeta borracho encerrado en una habitación llena de funcionarios, inquisidores y asesores de comunicación.”

Francisco de Goya no pintó Los Caprichos para decorar tazas del Museo del Prado ni carpetas de universitarios subvencionados con ansiedad climática. Los pintó porque entendió que España no era un país: era una patología colectiva con vocación de sainete funerario. Y dos siglos después, el muy cabrón sigue teniendo razón con una precisión insultante.

Uno contempla hoy el panorama nacional y entiende que Goya no fue un pintor. Fue un profeta borracho encerrado en una habitación llena de funcionarios, inquisidores y asesores de comunicación. Lo vio todo antes de tiempo: la superstición política, la corrupción estética, la estupidez organizada y esa capacidad española de convertir cualquier tragedia en comisión parlamentaria, “trending topic” o festival de adhesiones inquebrantables.

“Antes el coco asustaba a los niños, ahora sirve para dirigir adultos hipotecados. El fascismo viene, la ultraderecha viene, el bulo viene, el cambio climático viene, Europa viene, la desinformación viene… siempre viene algo, porque un ciudadano aterrorizado no pregunta por qué el país recauda más que nunca mientras los servicios públicos parecen una ONG administrada desde un bingo de carretera”

Ahí está El sueño de la razón produce monstruos. El grabado ya no necesita reinterpretación, basta encender la televisión pública o asistir a una rueda de prensa ministerial donde se habla durante cuarenta minutos sin decir absolutamente nada, una disciplina que en España ya debería computarse como ingeniería avanzada. La razón duerme, sí, pero no por agotamiento intelectual. Duerme sedada. Narcotizada por propaganda, subvenciones emocionales y titulares diseñados por gabinetes donde la ética cabe en un post-it. Los monstruos modernos ya no tienen alas de murciélago. Llevan acreditación institucional, chófer y protocolo. Y sonríen muchísimo. Siempre sonríen muchísimo. Porque en esta democracia de escaparate el cadáver nunca puede parecer cadáver; debe parecer resiliente.

Que viene el coco se ha convertido directamente en el consejo de ministros, ministras y "ministres". Antes el coco asustaba a los niños, ahora sirve para dirigir adultos hipotecados. El fascismo viene, la ultraderecha viene, el bulo viene, el cambio climático viene, Europa viene, la desinformación viene… siempre viene algo, porque un ciudadano aterrorizado no pregunta por qué el país recauda más que nunca mientras los servicios públicos parecen una ONG administrada desde un bingo de carretera. Mientras el miedo circula disciplinadamente por los informativos, aparecen los muertos incómodos. Guardias civiles abandonados con medios tercermundistas mientras los responsables políticos comparecen con gesto solemne y corbata de condolencia ecológica. Qué escena tan goyesca: servidores públicos enviados a combatir mafias modernas con recursos de posguerra mientras el Estado invierte millones en observatorios de lenguaje inclusivo y campañas institucionales para explicarle al ciudadano cómo debe sentirse.

Goya habría grabado aquello con el título: Tú que no puedes. Porque en España siempre carga el mismo burro. El trabajador, el guardia, el autónomo, el médico quemado, el contribuyente silencioso. Sobre sus espaldas viajan ministros, asesores, familiares estratégicos, redes clientelares y expertos en resiliencia presupuestaria. Todo muy sostenible. Sobre todo, para ellos.

Luego está Hasta su abuelo, probablemente el retrato oficial del nepotismo contemporáneo. En el grabado, un burro presume orgulloso de linaje. España entera funciona ya así: la meritocracia ha sido sustituida por la genealogía con argumentario. Hermanos, esposas, amigos, exnovias, compañeros de pupitre y colocados de partido peregrinan por despachos y juzgados como aristocracia low cost del BOE. Y qué desfile más hermoso el de los tribunales. Parece una romería institucional patrocinada por asesores jurídicos y fotógrafos de agencia. Entradas solemnes, rostros compungidos, coches oficiales aparcados discretamente y argumentarios preparados antes incluso de que el juez haga la primera pregunta.

“Y los nacionalistas hacen exactamente lo de siempre, vender caro el chantaje mientras llaman democracia al peaje emocional del Estado. Todo el país parece dirigido por actores secundarios de Berlanga mezclados con community managers hiperactivos y monjes medievales aficionados al TikTok.”

España ha conseguido algo prodigioso: convertir la imputación en una categoría estética. Ya no dimite nadie. Se dramatiza. Se victimiza. Se monetiza electoralmente. La Justicia entra y sale de escena como una figura agotada de teatro ambulante mientras el ciudadano contempla el espectáculo con la resignación bovina del que ya no distingue entre corrupción y rutina administrativa.

“En esta España agotada hasta la caricatura, la diferencia entre estadista y comisionista ya depende únicamente del departamento de comunicación y del canal de televisión que financie la épica, como TVE.”

Y en medio de este museo nacional del disparate administrativo aparece ahora “El sí pronuncian y la mano alargan al primero que llega”, versión Audiencia Nacional siglo XXI. Zapatero desfilando por el imaginario goyesco como un personaje escapado directamente de Los Caprichos, esa mezcla entre prestidigitador institucional, componedor de sombras y vendedor de humo diplomático con sonrisa de notario cansado además de enjalbegador de dictaduras criminales. En España se puede pasar de arruinar una economía a pontificar sobre geopolítica bolivariana sin despeinarse demasiado, siempre acompañado por un coro de palmeros que confunden mediación internacional con turismo ideológico subvencionado. La imputación, investigación o sospecha judicial, que aquí ya se vive como quien recibe una medalla autonómica, no provoca dimisiones ni vergüenza, sino tertulias, argumentarios y editoriales lacrimógenos sobre persecuciones cósmicas del fascismo interplanetario. Goya lo habría clavado en un grabado como, “una corte de burros togados ovacionando a un ilusionista político entre banderas y facturas opacas.” En esta España agotada hasta la caricatura, la diferencia entre estadista y comisionista ya depende únicamente del departamento de comunicación y del canal de televisión que financie la épica, como TVE.

Después aparece ¡Qué pico de oro! Ahí está el Congreso entero, loros parlamentarios recitando consignas redactadas por consultoras con tarifa premium. Nadie habla; todos emiten sonido ideológico. La izquierda recita moralina importada de un campus universitario norteamericano mientras firma acuerdos con fondos de inversión. La derecha descubre la calle cinco minutos antes de las elecciones y luego vuelve encantada al canapé institucional. Y los nacionalistas hacen exactamente lo de siempre, vender caro el chantaje mientras llaman democracia al peaje emocional del Estado. Todo el país parece dirigido por actores secundarios de Berlanga mezclados con community managers hiperactivos y monjes medievales aficionados al TikTok.

Entonces surge Linda maestra. Las brujas de Goya enseñan el oficio a nuevas discípulas. Cambien las escobas por platós y tendrán el ecosistema mediático actual. Periodistas convertidos en comisarios emocionales, tertulianos reciclados en fiscales morales y ministros ejerciendo de predicadores laicos mientras el país real se pudre lentamente entre alquileres imposibles y salarios de becario eterno. La narrativa va bien, siempre va bien la narrativa. Aunque aparezca un hantavirus en Tenerife, aunque la sanidad vaya parchando agujeros con heroísmo administrativo y aunque las alertas sanitarias se gestionen con ese tono burocrático que mezcla tranquilidad impostada y absoluto desconcierto adornado un circo de payasos exultantes. En España todo se comunica igual, con sonrisa institucional y sensación de simulacro permanente.

Goya habría disfrutado muchísimo pintando las comparecencias oficiales. Ese teatro donde cada tragedia se convierte en una oportunidad pedagógica y cada desastre en una campaña de comunicación de crisis con perspectiva transversal. Mueren personas, colapsan servicios, aparecen informes demoledores del Tribunal de Cuentas y aun así la prioridad sigue siendo controlar el relato. El relato, esa nueva religión de Estado donde los hechos son molestos pero el argumentario es sagrado.

No hubo remedio define perfectamente al contribuyente español. Una mujer está expuesta públicamente mientras todos observan. Exactamente igual que el ciudadano medio, exprimido fiscalmente, señalado moralmente y culpabilizado por respirar demasiado carbono mientras contempla cómo el dinero público desaparece en estructuras opacas, asesores infinitos y mecanismos de eficiencia cuyo único resultado visible es el aumento constante del gasto inútil.

El Tribunal de Cuentas ya ni fiscaliza, levanta acta notarial del barro. Informes demoledores redactados con lenguaje técnico para no decir directamente, “esto es un mercadillo clientelar con wifi institucional”. Pero no pasa nada. Nunca pasa nada. España ha perfeccionado el arte de sobrevivir al escándalo mediante la saturación. Hay tantos simultáneos que ninguno dura más de cuarenta y ocho horas.

Y ahí aparecen Los Chinchillas, esos personajes inmóviles, grotescos y atrapados en sí mismos. La burocracia española resumida en un grabado. Un Estado lento, obeso y satisfecho de su propia inutilidad. Se legisla compulsivamente porque gobernar ya no consiste en resolver problemas, sino en producir papel, titulares y sensación de actividad. Como un hamster administrativo dopado con fondos europeos y vanidad ideológica.

Mientras tanto, el ciudadano se hunde lentamente como El perro semihundido de las Pinturas Negras, mirando hacia arriba sin entender muy bien quién le roba exactamente la vida. El alquiler, la luz, Hacienda, la inflación, las cuotas, las hipotecas o esa sensación permanente de trabajar muchísimo para vivir cada vez peor.

Pero cuidado con protestar demasiado. Entonces aparece ¡Lo que puede un sastre!, el disfraz convertido en verdad oficial. Basta ponerse una bandera adecuada, un lema correcto o una causa sentimental para que cualquier mediocridad adquiera rango moral de estadista. España adora el uniforme ideológico. Siempre lo ha adorado. Antes era sotana, ahora es narrativa progresista o patriótica, según el ministerio correspondiente.

Y así seguimos. Entre búhos, burros y cadáveres. Un país donde la corrupción ya no escandaliza porque forma parte del paisaje, como las farolas o los badenes, donde los investigados desfilan hacia el juzgado con más naturalidad que hacia el Parlamento y donde los muertos útiles duran un ciclo mediático y los incómodos desaparecen bajo toneladas de relato institucional.

La gran genialidad de Goya fue entender que España jamás sería plenamente trágica porque siempre introduce un componente grotesco o esperpéntico que diría Valle-Inclán. Aquí incluso la decadencia lleva maquillaje. Joder, incluso Saturno comparecería ante la prensa diciendo que devorar a sus hijos forma parte de una estrategia de sostenibilidad demográfica con enfoque inclusivo. Y lo peor, habría aplausos. Muchísimos aplausos.

Andrés Hernández Martínez

 

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