Montanaro: LA JUBILACIÓN DEL TALENTO Y LA FIESTA DE LA INCOMPETENCIA

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro: LA JUBILACIÓN DEL TALENTO Y LA FIESTA DE LA INCOMPETENCIA

LA JUBILACIÓN DEL TALENTO Y LA FIESTA DE LA INCOMPETENCIA

Ah, la generación líquida, esa que cree que aprender es cuestión de deslizar el dedo sobre una pantalla. No quieren maestros, quieren tutoriales. No buscan conocimiento, buscan entretenimiento. No entienden la paciencia, solo viralidad que no virilidad. Y mientras, flotan entre memes y reels o hilos informáticos, el país se desarma silenciosamente, como un reloj sin pilas. Y lo peor, cuando llegue el momento de sostener lo que destruyeron con su indiferencia, vendrán corriendo…, tarde, no habrá ya quien los reciba con paciencia y conocimiento, porque la paciencia, como la experiencia, como el conocimiento no se descarga con un clic.

Nosotros construimos cimientos, la actual generación hizo selfies. Nosotros estudiamos años, vosotros hacéis, cuando lo hacéis, cursos exprés, online y e-learning… Nosotros corregimos errores antes de que se multipliquen, vosotros los subís a la nube y esperáis los estúpidos likes. Todo lo sólido que sostuvimos se tambalea bajo la ilusión de competencia instantánea. Y cuando se caiga, se caerá, os preguntareis. “¿Dónde está la ayuda?”. La ignorancia tiene límites, y vosotros hoy los habéis superado todos. Y no habrá Google que lo arregle.

Trabajamos con vocación y nos pagaron lo justo para no protestar. Hoy trabajan con distracciones y se pagan a sí mismos con aplausos de pantalla. Mientras nosotros llenábamos hospitales, aulas y oficinas con nuestro trabajo, hoy llenan “timelines” con fotos y frases motivacionales, “couches” vendiendo humo y estafadores con título. El resultado: sistemas colapsados, listas de espera infinitas y una generación que confunde apariencia con eficiencia. Buen trabajo, genios digitales, ahora a disfrutar del caos que heredarán en un futuro, peor sin nosotros. Cuando miren atrás, no habrá filtros que corrijan la incompetencia.

La superficialidad es su mantra. Todo es inmediato, todo es rápido, todo es fácil. Pero la vida no se corrige con matices ni se organiza con hashtags. Creen que experiencia es una etiqueta en LinkedIn o en un Currículo casi inventado, creen que responsabilidad es un emoji o un stickers. Y cuando descubran que el mundo real no acepta “shortcuts”, un acceso directo o atajo, se encontrarán con que la ilusión se evapora y la deuda, la mala gestión y el desastre quedan para ellos perenne. Entonces llorarán, preguntando qué hicieron mal, cuando lo sabían desde siempre.

No hablamos sólo de médicos, tan de moda por ser despreciados por el propio gobierno. Hablamos de ingenieros que arreglan puentes, maestros que sostienen aulas, administrativos que mantienen sistemas funcionando, economistas que sostienen la estabilidad financiera. Todos los que sosteníamos la máquina mientras los de ahora aprendían a hacer selfies de laboratorio. Cuando falte todo, vendrán a buscar a los que saben. No será entonces por respeto ni por gratitud, sino por desesperación. Y eso, queridos, no se puede enseñar en 15 segundos. Ni en 15 minutos. Ni en 15 años.

Mientras tanto, siguen aplaudiendo “innovación” y “modernización” mientras los hospitales colapsan y los ascensores fallan y los trenes descarrilan. Todo lo que requiere cuidado, paciencia y rigor se transforma en espectáculo para redes sociales. La sociedad necesita conocimiento, no entretenimiento, pero han elegido lo segundo. Cuando llegue la crisis que no se puede viralizar, descubrirán que nadie les enseñó cómo sostener lo que ellos mismos destruyen. Lo cierto es que, las redes sociales no reparan estructuras, reparan egos. Los tutoriales no reparan infraestructuras. Los “likes” no llenan aulas. Los GIFs no curan enfermedades. Confían en soluciones rápidas, en magia digital, en apps que prometen todo y cumplen solo la nada. Y mientras, el país improvisa, nosotros, los que conocimos la paciencia y el esfuerzo, nos retiramos con dignidad, jugando al dominó de la memoria institucional, mirando cómo los que se llaman “preparados” solo saben distraerse, si recordando hazañas y heroicidades, peor fueron con sufrimiento y dolor. Y cuando quieran aprender, se toparán con que la paciencia ya no está en venta, ni siquiera de saldo...

Nos llamaron gasto estructural, residuo de una era pasada, sobre todo esta nueva clase política parasitaria que cabalga entre la ignorancia, la soberbia y la incompetencia. Pero cuando falte todo, serán estos sinvergüenzas los residuos de la inexperiencia y la sociedad sumisa y aborregada sus víctimas. Vendrán a buscarnos, tarde, con prisa y sin respeto, deseando un milagro que no existe. Y nosotros, mientras tanto, ya habremos enseñado, corregido y sostenido demasiado tiempo estaremos caminando, jugando al Julepe o al Dominó.

Todo esto no es nostalgia, ni dramatización, no es victimismo ni rezo de “mea pilas”, es advertencia. Una radiografía de lo que ocurre cuando la superficialidad se celebra y la experiencia se ignora. Cada pantalla que deslizan, cada curso rápido que completa, cada tutorial que siguen sin pensar, se suma a un déficit de competencia real que sólo descubrirán cuando ya no haya remedio.

Mientras hoy celebran “éxitos instantáneos”, nosotros recordamos que la vida real no funciona por trending topics. Que la paciencia, la disciplina y la experiencia son los únicos remedios frente a la improvisación. Que la superficialidad es un lujo que solo puede permitirse quien no tiene responsabilidades. Y hoy, la generación líquida por lo inconsistente, ya las tienen, son las consecuencias de su indiferencia. Y no hay tutorial que las revierta.

El país sigue funcionando, pero solo porque los que saben todavía sostienen al resto, cada vez menos. Lo hacemos con paciencia, con ironía y con la certeza de que cuando falten médicos, maestros, ingenieros o administrativos y economistas competentes, buscarán en la papelera de reciclaje a ver si nos encuentran, por necesidad, aprenderán la lección que despreciaron durante años, simple, que la superficialidad tiene un precio que no se puede pagar con un meme.

No, esto no es un sermón moral, se podría decir que es un balance de daños, mientras pierden el tiempo y talento persiguiendo humo, nosotros todavía mantenemos hospitales abiertos, escuelas funcionando y servicios básicos a flote. Y cuando todo colapse, habrá prisas, pero ajenos a lo que significa realmente sostener la ciudad, y por extensión el Estado. Y ahí sí, queridos, no habrá manera de parchear el desastre con tutoriales de YouTube.

No hablo solo de carreras o profesiones. Hablo de memoria institucional, de conocimientos acumulados durante décadas, de vocaciones que sostuvieron el país mientras la generación adyacente jugaba a la distracción digital. Todo eso se pierde con facilidad, pero recuperarlo… es imposible. Y esta generación maleable, no tiene margen. La paciencia no se improvisa, el conocimiento no se copia y la experiencia no se alquila. Y eso, es letal.

“Asínque”, seguir hoy, fiesta del trabajo y de las mariscadas…,  deslizando los dedos por la pantalla del móvil, seguir materializando tutoriales sudamericanos, seguir creyendo que aprender es cuestión de “likes” y seguidores o “followers”. Mientras tanto, los que quedamos sostendremos lo que ignoráis. Porque esto no es solo sobre médicos, ingenieros o maestros. Es sobre memoria, conocimiento y responsabilidad.

Y recordar, esto nunca ha sido solo sobre una profesión. Iba de todos. Iba de vosotros. Iba del país que tuvisteis en vuestras manos y que preferisteis dejar caer por entretenerse. La ironía final, la más cruel, vendrán a buscarnos cuando todo falte, pero no saben siquiera cómo pedir ayuda y posiblemente no estaremos. Porque no aprendieron nada, ni quisieron. Y eso, queridos, es lo que distingue a una generación que se extingue.

Parece ser que ha surgido una nueva especie el septuagenario -década arriba, década abajo- que “no envejece”, no quiere. No es que tenga sesenta, setenta u ochenta; es que considera de mal gusto admitirlo. La vejez se ha barrido discretamente y ahora todo es “plenitud”, como si la vida viniera con etiqueta premium, a pesar de la repugnante Christine Lagarde y sus estúpidos comentarios de viejos,

Antes eran muebles con achaques, hoy, somos un soporte técnico familiar y laboral. Sostienen, sostenemos hijos, criamos nietos y aún se encuentra energía para negar el agotamiento. La jubilación ya no es retirada, es una secuela con más presupuesto y el mismo protagonista empeñado en “crecer por dentro”, como si quedara terreno virgen. Y claro, la vida tampoco se apaga, sensualidad afilada, vitalidad algo teatral… no juventud, sino una versión más descarada. La edad sin nombre no es misterio, es coartada. No hay viejos, hay expertos en seguir ahí. Y con una sonrisa, quizá porque se ha aprendido a mirar al tiempo… y a reírse en su cara.

Andrés Hernández Martínez.

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