Montanaro: TORRENTE EN MONCLOA O EL PAÍS DONDE LA RISA PIDE PERDÓN Y LA MENTIRA SE PRESENTA A ELECCIONES

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro: TORRENTE EN MONCLOA O EL PAÍS DONDE LA RISA PIDE PERDÓN Y LA MENTIRA SE PRESENTA A ELECCIONES

TORRENTE EN MONCLOA O EL PAÍS DONDE LA RISA PIDE PERDÓN Y LA MENTIRA SE PRESENTA A ELECCIONES

Hay entrevistas que no informan, sino que señalan con el dedo. no al entrevistado, que bastante tiene con no atragantarse con su propia diplomacia, sino a quien osa pensar fuera del catecismo oficial del sanchismo, una nueva religión autoritaria. Entrevistas que no preguntan, sino que examinan, no dialogan, sino que certifican pureza ideológica como si fueran notarios de lo correcto en temporada de rebajas morales, saldos éticos. Y ahí, entre la ceja levantada y el tonito de superioridad con barniz ético, aparece ese espectáculo tan nuestro, la indignación selectiva, deporte nacional no olímpico, pero altamente competitivo.

Todo este sainete viene al hilo de “Torrente Presidente, esa película que algunos han descubierto ahora como si Santiago Segura hubiese inventado la incorrección ayer por la tarde. Una cinta que no engaña a nadie, es grosera, exagerada, incómoda y tan políticamente incorrecta que ya resulta casi pedagógica por la similitud con la realidad de Moncloa. Y, sin embargo. o precisamente por eso funciona. No porque sea cine de autor ni porque aspire a premios que no entiende ni falta que le hace, sino porque retrata con brocha gorda lo que muchos prefieren maquillar con filtro institucional de víctima.

Torrente no es un modelo. Es un espantajo, es un catálogo ambulante de lo peor que llevamos dentro, como país y como costumbre. Machista, corrupto, racista, cutre… un museo de miserias con olor a fritanga moral, pero lo inquietante no es que exista en la ficción, sino que nos resulte tan familiar como ese bar donde nunca quieres entrar, pero siempre acabas apostado, es un cruel paralelismo con la actual política en general y el socialismo de borrachera, putas, perdón, “scorts o compañía” y cocaína en particular.

La gracia no está en el personaje, sino en el reflejo que infunde en un espejo de casualidades irreverentes que se aproximan. Nos reímos, sí, pero con ese gesto incómodo de quien sospecha que el chiste no es del todo ajeno, como quien escucha una anécdota y tarda dos segundos en darse cuenta de que él es el protagonista. Pero lo realmente jugoso no es la película, sino la reacción, un crisol, un festival de ofensas, ese despliegue de susceptibilidad premium que convierte una comedia en un problema de Estado, en España no molesta el humor; molesta el humor cuando no obedece a quién manda y sobre todo si es un soberbio ególatra de psiquiátrico como Sánchez. Y ahí emerge, majestuoso, el ofendido militante socialista, emisario o mensajero de la secta. Ese ser delicado, de epidermis fina y convicciones gruesas, analfabeto y absurdo, que defiende la libertad de expresión como quien defiende el postre, siempre que sea de su sabor, exige crítica, pero nunca hacia dentro; pide sátira, pero con destinatario prefijado; reclama pluralidad, pero con manual de instrucciones y uso.

Torrente Presidente, en ese sentido, ha cometido el pecado capital de repartir ostias metafóricas y símiles bastos sin preguntar. Ha señalado comportamientos reconocibles en este gobierno y en esta izquierda nauseabunda sin respetar la liturgia impuesta, “a los míos no se les toca”. Y claro, eso no se perdona. Porque la corrupción, el cinismo y la hipocresía son mucho más llevaderos cuando vienen con etiqueta ajena, y casualmente ahora el marchamo está etiquetado con “PSOE”, a fuego.

La película no distingue ideologías, y ese es su mayor crimen, aquí estamos muy acostumbrados a que la crítica venga en cómodos paquetes ideológicos, tú atacas a los tuyos, yo a los míos, y todos contentos. Pero cuando alguien decide poner un espejo en medio de la sala, la cosa se complica. Sobre todo, si el espejo devuelve una imagen poco favorecedora porque ocurre lo previsible, no se cuestiona la imagen, se rompe el espejo. Así, entre trending topics, artículos indignados y entrevistas con vocación de juicio sumarísimo, se construye el relato, el problema no es lo que se muestra, sino que se muestre. No es la caricatura, es la osadía.

En este punto, uno no puede evitar acordarse de aquellos tiempos en los que la censura venía con tijera, dicen, yo no la recuerdo, pero ahora viene con teclado y carnet de periodista a sueldo. Antes te prohibían, pero ahora te cancelan producto claro de la evolución tecnológica, pero con el mismo espíritu, “asinque”, que nadie se ría donde y cuando no toca, porque la risa, no nos engañemos, es profundamente subversiva. Una carcajada bien dirigida desarma más que un monólogo a modo de discurso de hora y media con gráficos y arengas incluidos. Ridiculizar es desnudar, y eso siempre incómoda, sobre todo, a quien va vestido de autoridad.

Por eso los poderosos de todos los colores, tallas y discursos llevan tan mal el humor, ni lo controlan, ni lo regulan porque no lo entienden. Y lo que no se entiende, se combate. No me quedo en la ficción, lo verdaderamente interesante siempre ocurre fuera de plano y se graba como “tomas falsas”. Mientras Torrente se pasea por la política en versión caricatura, la realidad se encarga de ofrecer versiones mejoradas o empeoradas, según el día y con actores de carne, hueso y presupuesto público y, además sin cameos. Y ahí entra en escena la Chiqui, la verdulera barriobajera y adicta al sanchismo.

La Chiqui, ese prodigio de supervivencia política creada a imagen y semejanza de la lozana pobre andaluza, esa mezcla de ingenuidad estratégica y audacia sin complejos que convierte cada intervención en un ejercicio de equilibrismo narrativo. Un personaje que no desentonaría en una novela picaresca, pero con gabinete de prensa a cuesta y fotógrafo particular. Sus aventuras en las elecciones andaluzas, por decirlo con delicadeza, son un espectáculo, no un desastre, eso sería demasiado categórico, sino una coreografía improvisada donde cada paso parece diseñado para sorprender… incluso a quien lo ejecuta. Promesas que nacen y mueren en la misma frase sin reproducirse, declaraciones que se desmienten antes de asentarse y una narrativa tan flexible que parece una clase magistral de reinterpretación de la realidad.

La verdulera. Ese personaje inmortal, ajeno a encuestas y asesores, que desde su puesto de tomates analiza la política con más precisión que cualquier tertulia de prime time. Ella no necesita datos, tiene olfato. Esto no hay quien se lo crea, diría mientras pesa calabacines con la serenidad de quien ha visto pasar más promesas que temporadas de sandía. La Verdulera fue y es un manual práctico de cómo decir una cosa y su contraria sin despeinarse y a la vez. Mentir, dirán algunos. Matizar, dirán otros. Innovación discursiva, lo llamaré para no romper el tono elegante de la crítica. El caso es que, entre giro y giro, lio y lio, estupidez y estupidez, construye una campaña que tiene más de comedia de enredo que de proyecto político, aprovecha que en este país la coherencia nunca ha sido un requisito imprescindible, solo un extra opcional como la inteligencia. Y aquí vuelvo a Torrente abandonando a la “Torrenta” porque el paralelismo es inevitable. En la película, el personaje exagera defectos reales hasta convertirlos en caricaturas, pero en este circo político, los defectos se moderan ligeramente… pero ahí siguen porque cambian las formas, no el fondo. La diferencia es sencilla, en el cine nos reímos, pero, en la vida real, votamos.

Volviendo a la indignación, hay algo profundamente revelador en esa reacción desmedida de los que se sienten identificados como gañanes de fortuna, no se trata de defender valores ni de proteger sensibilidades, se trata de evitar el reflejo del espejo, cuando la sátira acierta, duele, y cuando duele, molesta. Quizás por eso es más cómodo atacar al autor que analizar el contenido y hacer auto de contrición. Es más fácil desacreditar al mensajero que aceptar que el mensaje tiene algo de verdad, o mucho… Aquí encaja perfectamente esa vieja idea de que, si ladran, es porque avanzas, pero como diagnóstico patológico y no como consuelo. La molestia es directamente proporcional al acierto, resuma, si ha molestado es porque ha acertado y de lleno en la diana...

Tanto en la ficción como en la realidad, lo que vemos no es una invención sino una tenue exageración de lo que ya existe, y eso, en un país que vive cómodamente instalado en sus propias contradicciones, resulta incómodo. Mientras tanto, todo sigue. Las campañas continúan, los discursos se reciclan y los ciudadanos, esa figura secundaria con derecho a voto hacemos lo que podemos, indignarnos, gritar en el desierto, resignarse o, en el mejor de los casos, reírse, porque reírse hoy, es casi un acto político y quizás hasta ofensivo. Una carcajada bien colocada tiene más potencia que cualquier eslogan, desmonta, expone, ridiculiza. Quizás por eso y con perdón, lo de Torrente Presidente y lo de la Chiqui o verdulera no son fenómenos distintos, sino caras de la misma moneda, una incapacidad creciente para aceptar la crítica, especialmente cuando viene envuelta en humor y ahí, el eterno victimista Sánchez se siente también dolido, a pesar de que los líos familiares con la justicia y los asuntos ministeriales no le hagan hoy emocionarse epistolarmente.

Queremos sátira, sí, pero dirigida al adversario. Queremos crítica, pero con permiso. Queremos libertad… pero con instrucciones. Y así nos movemos en esta especie de teatro de lo absurdo donde los actores improvisan porque el guión cambia y el público, lejos de irse, paga otra entrada. quizás en el fondo, nos gusta. Nos gusta indignarnos, nos gusta debatir, nos gusta ese juego de espejos donde nadie se reconoce, pero todos participan. Una tragicomedia nacional donde la realidad y la parodia se confunden hasta el punto de ser indistinguibles.

La verdulera, el dueño del prostíbulo y el resto de amancebados y amancebadas siguen a lo suyo. “Mucho discurso y poca vergüenza”, sentencian mientras una coloca tomates con más criterio que muchos programas electorales, los otros como fantasmas asienten ante el líder y el líder no sabe cómo sacar a su esposa y hermano del fango que él mismo ha creado. Bueno, puede traer de “finde”a lo peor de cada país a un congreso más parecido a una cumbre de narco dictadores bolivarianos que a jefes de Estado. Quizá ahí esté la clave. Al final, entre películas, campañas y escándalos, lo único constante es esa sensación de déjà vu. Esa certeza de que la ruleta gira, gira y acaba cayendo siempre en el mismo sitio, 13, negro impar y no pasa, o “manque”, que diría la verdulera por esto de ser una conjunción usada ruralmente como “más que” y “anque”, que no, aunque, como el “MOPONGO”.

La ruleta de la política, no porque esté trucada, que lo está, sino porque nadie cambia las reglas por interés. Aun así, seguimos jugando, tradición, resignación o quizás porque en este país, la realidad siempre acaba superando a la sátira… aunque la sátira, de vez en cuando, tenga la mala costumbre de recordárnoslo.

El artículo no va dirigido a los que piensan como yo, sino a los que, como yo, piensan...

 

 Andrés Hernández Martínez

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