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DOMINGO ¡ VAMOS A LOS CANALES!

DOMINGO ¡ VAMOS A LOS CANALES!

 

Con sólo empezar a subir por esa carretera, que arropada por grandes árboles frondosos de ramas y hojas verdes nos hace perdernos como si el infinito se asomara a saludar, podemos imaginar qué habrá tras ese arco blanco que nos da la bienvenida a un paraíso dentro de la ciudad, donde la vegetación es la auténtica protagonista. Y es que entrelazados con la tranquilidad y el aire puro, nos encontramos  todos aquellos que vamos y venimos, ciclistas, caminantes que parecen evadirse de la contaminación visual y acústica de la ciudad, los más deportistas que corren, y las familias que simplemente quieren disfrutar de esos lugares especialmente maravillosos, sin más intención que escuchar las hojas de las copas de los árboles o el de las chicharras en épocas estivales.

 

Y cuando ese lugar está lleno de historias cotidianas de tantos y tantos de nosotros, donde varias generaciones hemos recorrido cada uno de sus rincones más escondidos, no hay duda que es un paraje muy especial.

Porque creo que no hay cartagenero que no haya pasado un día en “Los Canales”, “Tentegorra”,  o  Parque Rafael de La Cerda. Y como esto es generacional, seguro que cada uno se siente más identificado con una de las formas que durante años hemos llamado a este emblemático lugar.

 

¿Sabéis que su primer nombre me cuentan que fue LAS TENTEGORRAS? ¿Y que se construyó sobre una ladera que fue cubierta con las tierras de la excavación para hacer los depósitos de agua de la Mancomunidad de los Canales del Taibilla? Y quizás muchos sabéis que en 1.977 se cambió el nombre de este paraíso a PARQUE RAFAEL DE LA CERDA, un hombre querido en la ciudad, directivo de la Mancomunidad, ingeniero que diseñó este lugar y que fue una de las personas que contribuyó a que el agua desde el Taibilla ,llegase a nuestra ciudad en el año 1.945.

 

 

¡Pero voy a lo que voy! Porque estamos en verano y muchos de nosotros hemos pasado la mitad de nuestras vacaciones chapoteando en las piscinas, correteando de un lado a otro, subiendo y bajando escaleras y tirándonos mil y una vez por el tobogán gigante inamovible durante años. Nos hemos escondido en la zona de juegos en aquel túnel con grandes agujeros que toda la pinta tenía de ser del mismo material que el tobogán, y que eras un afortunado si no salías de ahí con los pantalones mojados de algún charco de agua estancado en su interior.

 

 

¿Menudos recuerdos verdad? Partidas interminables de bolos, que ahora que lo pienso…. ¿todo estaba hecho del mismo cemento? Porque esos bolos eran divertidos, los mejores que recuerdo, y las bolas…. ¡ Ja, ja, a veces metías los dedos para lanzar y alguna pequeña astilla o a saber que era  se te clavaba para todo el día! Y luego la caminata o el sorteo para ver quién levantaba los bolos caídos. ¡Eso sí que era vivir al límite!

¿Y quién no ha patinado en “la pista de patinaje” a los pies del tobogán gigante? Esos patines de hierro de cuatro ruedas con unas cintas que se ataban a nuestros pies. Tengo que decir que los desniveles que hace cuarenta años me encontraba yo para patinar, continúan hoy…. ¡A ver si alisamos un poquito el terreno, que por años no será!

 

 

Allí nos sentíamos libres,  sin parar de un lado a otro. Era aquella época en la que si llevabas al genuino bar del parque los botellines vacíos de cristal de los refrescos, te los cambiaban por una moneda, aquella época donde las fiambreras con lomo empanado y magra con tomate eran las protagonistas en cada una de aquellas mesas verdes. ¿Eran todas verdes? Mi memoria no lo puede afirmar, pero sí recuerdo las sillas de varios colores. Y ese bar donde los calamares con mucho rebozado y las patatas con ajo eran lo mejor del mundo.

Pero no por todos estos recuerdos debemos pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque nuestro parque RAFAEL DE LA CERDA es hoy un parque de cinco estrellas, menos por la pista de patinaje que se han olvidado de ella.

 

 

Las piscinas están espectaculares, las alfombras interminables de hierba fresca llenan de un olor especial nuestro baño. ¿ Os acordáis de nuestra piscina” de pequeños”? ¡Madre mía!, hoy los niños tienen un auténtico mini parque acuático que no le falta detalle, con pistas blandas donde  juegan a ser piratas y se lanzan por toboganes….

 

 

Tenemos unos merenderos maravillosos, zona de barbacoas para disfrutar en familia…. ¡Está todo tan limpio!…

 

Porque en los baños de mi niñez y juventud, no recuerdo yo ese agua cristalina. Nos duchábamos poco o nada antes de entrar, pisábamos arenilla y hojas de los árboles que nos las llevábamos pegadas con un chapuzón tipo “bomba”……

Ahora no consigues entrar sin ducharte, aunque a algunos he visto yo no hace mucho, que son verdaderos artistas en esquivar los chorros de las duchas. Pero a estos socorristas y vigilantes no se les “escapa” nada. Aparecen cuando menos te los esperas, vestidos de negro, con mascarilla, visera y un intercomunicador, vamos, un walkie de toda la vida.

 

 

Es gracioso, pero se avisan los unos a los otros. He sido testigo estos días de mensajes tipo “en la pista de baloncesto hay tres chicas comiendo”, “en la piscina número uno se acaba de meter un chico con un bañador que parece ser pantalón de deporte”, “ha bajado un señor a la piscina de abajo sin mascarilla”…. Y entonces empiezan a aparecer en busca y captura de los “pillados”. Y es que se toman las normas del parque muy en serio, y mira, si es que en el fondo hemos demostrado, sobre todo en los últimos tiempos, que si no es con prohibiciones somos así, incapaces de cumplir unas mínimas normas cívicas.

 

 

 

 

Y hoy me entró la nostalgia y las ganas de dar un paseo por todo el parque. Pasé por donde los columpios antes eran tipo barquitas, donde una vez hubo un pequeño estanque, por la parte baja donde los columpios de mayores me encantaban…..Y a su paso me he encontrado con unas pasarelas de madera sobre las que casi caen las flores de todas esas plantas que hacen de este lugar un sitio lleno de color.

 

 

 

 

Esos setos perfectamente cuidados, que alguien habilidoso ha cortado para que conserven su forma de siempre. El bar, ese bar en el que parece que todavía hoy se escucha el sonido de siempre, donde hemos entrado descalzos de la piscina a comprar un helado, donde la cerveza fresca de nuestros padres era la recompensa perfecta a una semana dura de trabajo.  Y es que si cierras los ojos para escuchar el sonido de las hojas con la brisa y agudizas el oído, seguro que oirás alguna de aquellas voces que una vez nos acompañó en nuestra infancia.

FELIZ DOMINGO DE VERANO.

EVA GARCÍA AGUILERA.

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