Opinión

Montanaro: EL REY DEL POLLO FRITO. IRONÍA FISCAL SOBRE UN PAÍS BIEN REBOZADO

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro: EL REY DEL POLLO FRITO. IRONÍA FISCAL SOBRE UN PAÍS BIEN REBOZADO

EL REY DEL POLLO FRITO. IRONÍA FISCAL SOBRE UN PAÍS BIEN REBOZADO

No, no es Ramoncín, Ramoncín se convirtió en “El rey del pollo frito” porque su crítica a productores estafadores fue tomada… como autobiografía. Al principio se ofendió, luego aceptó la corona: pocos gestos de humildad tan genuinos como abrazar que te confundan con un menú de comida rápida musical. No, no es Ramoncín que recita melodías que se olvidan antes de terminar el estribillo. Su cancionero es un menú de comida rápida como este gobierno, promesas de grandeza, sabores artificiosos y nada que deje poso, salvo el recuerdo de haberlo sufrido.

“En el reino del pollo frito todo funciona con un principio elemental, casi didáctico, cada ala paga tributo, cada muslo financia el progreso que no el ferrocarril, cada mordida sostiene un sistema que jamás arregla los baches. El rey sonríe en los anuncios institucionales”

Hacienda, la Montero o Sánchez. El rey del pollo frito gobierna desde su trono de cartón grasiento, situado estratégicamente entre la freidora industrial y la caja registradora con el aliento de la basura política en la nuca. Así se controla todo lo importante: el aceite, el flujo de caja y la paciencia del pueblo. No heredó el reino, lo compró a plazos, con intereses variables, cláusulas incomprensibles y una cantidad obscena de impuestos indirectos.

Su corona es una cubeta tamaño familiar, ligeramente abollada por el uso de saunas y por la contabilidad de prostíbulos. Su cetro o poderío está hecho de facturas impagadas, cuidadosamente grapadas, como quien sabe que cada grapa representa una explicación pendiente. Desde allí observa a su pueblo: ciudadanos crujientes, bien dorados por el aceite fiscal, alineados en una cola eterna que avanza al ritmo de una nómina menguante y una inflación creativa.

“Y, aun así, el pueblo vuelve y lo vota. Porque el pollo está crujiente y la ironía bien sazonada”

En el reino del pollo frito todo funciona con un principio elemental, casi didáctico, cada ala paga tributo, cada muslo financia el progreso que no el ferrocarril, cada mordida sostiene un sistema que jamás arregla los baches. El rey sonríe en los anuncios institucionales. Siempre sonríe, es una sonrisa profesional, entrenada, homologada por sus asesores y por la Agencia Tributaria a la par que la Fiscalía y así, un sinfín de instituciones. “Precios bajos”, promete, mientras detrás del mostrador el pollo atraviesa más ministerios que un ciudadano medio en busca de una ayuda pública. Impuesto al aceite, impuesto al gas, impuesto al rótulo luminoso, impuesto al sueño emprendedor, impuesto por pensar en cerrar antes de las diez, impuesto por no pensar en absoluto y ser un borrego.

Y, aun así, el pueblo vuelve y lo vota. Porque el pollo está crujiente y la ironía bien sazonada. Aquí no se paga por comer pollo, se paga por seguir creyendo que algún día vendrá con patatas, pero sin recargo, ¡ilusos! Durante años el rey ha insistido en que todo esto es por el bien común, que el sacrificio es necesario, que hay que arrimar el hombro, pero siempre el mismo hombro, claro, el del ciudadano estándar, ese que no tiene asesor fiscal, ni estructura societaria, ni margen para equivocarse, el tonto trabajador de guardia…. El que vive bajo la premisa de que el error es delito y el retraso, pecado mortal.

“Una élite discreta, silenciosa, que no hace cola, no pide ticket y nunca mancha el aceite. Gente que vive en otra cocina. Otra contabilidad. Otro fuego. Los políticos y los arrimados a Ferraz”

Pero últimamente el murmullo en el reino ha cambiado. Ya no se habla sólo de precios, de impuestos o de facturas imposibles. Ahora se habla de algo más grave, de una herejía peligrosa, ya que, que en el reino del pollo frito no todos somos iguales ante la ley. Los escribanos reales, con voz solemne y gráficos de colores, anunciaron que a septiembre de 2025 la recaudación total había subido un 10%, alcanzando los 301.355 millones de monedas. El impuesto al trabajo subió un 10,1%. El impuesto al consumo, un 9,3%. El impuesto a la electricidad, un heroico 47,9%, porque iluminarse empieza a ser un lujo reservado a las clases altas. Los impuestos medioambientales, un 89%, por contaminar incluso cuando no te mueves y respiras.

Así las cosas, te fríen por trabajar, te fríen por consumir, te fríen por encender la luz, te fríen por echar combustible, te fríen casi por respirar. Aquí no se escapa nadie. O casi nadie porque en todo reino hay castas y en este aparece la nobleza del filete limpio. Una élite discreta, silenciosa, que no hace cola, no pide ticket y nunca mancha el aceite. Gente que vive en otra cocina. Otra contabilidad. Otro fuego. Los políticos y los arrimados a Ferraz.

“En Hacienda se alcanza aquí un nivel de zen fiscal digno de monasterio tibetano. Silencio. Paz. Armonía. La lupa descansa”

El pueblo observa con curiosidad cómo algunos declaran en reinos vecinos mientras cobran en este. Todo muy legal, dicen. Muy europeo. Muy sofisticado. Un truco de cocina avanzada que jamás se enseña en los cursos para autónomos. El ciudadano común, mientras tanto, se pregunta si podría aplicar el mismo aliño a su nómina o a su declaración trimestral. La respuesta llega rápido, en forma de requerimiento. Spoiler: no hay tarjetas que pagan solas, empresas amigas que invitan, gastos que nadie pregunta y nadie inspecciona ni revisa. En Hacienda se alcanza aquí un nivel de zen fiscal digno de monasterio tibetano. Silencio. Paz. Armonía. La lupa descansa.

Luego están los secundarios de lujo. Esos personajes que nunca salen en el cartel principal, pero siempre cobran derechos de autor. Comisionistas. Intermediarios. Consejeros sin despacho. Años moviendo dinero. Años viviendo muy por encima de los ingresos oficiales, y durante todo ese tiempo las huestes de la Montero mirando al horizonte. O no, te enfoca a ti que pasas por ahí legalmente y con los bolsillos sangrando. Ciudadano corriente del reino del pollo frito. Tú te equivocas en 50 monedas, sanción. Te retrasas un día, recargo. No justificas un ticket, inspección. Reclamas, silencio administrativo con eco. Un eco largo, hueco y definitivo. Ellos, en cambio, tienen estructuras, sociedades, tarjetas, comisiones, patrimonios difusos. Y no pasa nada. O pasa muy despacio. O pasa solo cuando ya es imposible seguir mirando al techo.

““La factura final puede bajar”, anuncia, puede, pero de momento sube. El pueblo absurdo y estúpido aplaude con una mano mientras se palpa el bolsillo con la otra”

Este es el verdadero escándalo del reino. No solo la corrupción ni la desigualdad fiscal institucionalizada. Cuando el Estado aprieta al débil y acaricia al poderoso, deja de ser un Estado de Derecho y se convierte en un restaurante de pollo frito dónde el cliente siempre paga y el soberano siempre come y la cuenta nunca es para él. Pero la historia no se detiene. Nunca se detiene donde debería, acariciamos el año y el pregonero de turno aparece en la plaza con sonrisa nueva y mensaje tranquilizador. “La factura final puede bajar”, anuncia, puede, pero de momento sube. El pueblo absurdo y estúpido aplaude con una mano mientras se palpa el bolsillo con la otra.

El combustible sigue comprometido con pactos lejanos y promesas firmadas con tinta europea. Enviar una carta cuesta más, donde un sello se convierte en un pequeño lujo postal. Las telecomunicaciones se alinean con más gasto mensual. La electricidad protagoniza el gran acto de ilusionismo fiscal. Suben los cargos fijos. Suben los peajes. Y el rey del pollo frito promete humo si el viento sopla a su favor, extorsiona y amenaza subiendo lo que controlan y atacando lo que no controlan. Magia o trilerismo. La vivienda sigue su propio guión de película de terror. Una crisis estructural que nadie quiere resolver porque da demasiados beneficios a quien no vive en el barrio y a los que el barrio le importa una mierda como es este gobierno. El derecho a techo se gestiona como producto de inversión.

“El pueblo se come el pollo que cruje, pero por pura necesidad, cree que algún día el menú será gratis. Porque en este reino, la esperanza es el único producto que aún no ha subido de precio”

Y en medio de este paisaje, el rey de la pollería anuncia subidas salariales para los funcionarios del castillo mientras el pueblo observa y asiente como rebaño de borregos. Conclusión oficial, 2026 no empieza con una bajada del coste de la vida, al contrario, empieza con más impuestos, más precios regulados al alza y más gasto fijo, mientras te venden una expectativa optimista basada en supuestos, condicionales y frases bonitas. Te suben todo… y esperan que no te des cuenta. El “Rey del Pollo Frito” vuelve a sonreír desde su trono de cartón, se ajusta la corona, levanta el cetro de facturas y decreta, con voz solemne: Esto es justicia social. El pueblo se come el pollo que cruje, pero por pura necesidad, cree que algún día el menú será gratis. Porque en este reino, la esperanza es el único producto que aún no ha subido de precio.

Y ahora, como prueba horizontal, del desastre en la gestión, el mortal en Córdoba, pero la coherencia ya llevaba años fuera de la vía. Mientras los raíles nacionales crujían y crujen como galletas viejas, despreciando la voz de los sindicatos y maquinistas, el Gobierno viaja en primera clase rumbo a la cooperación internacional, que nos importa una mierda. 247 millones de euros cruzaron fronteras con puntualidad suiza, no la del AVE, algo que, curiosamente, nuestros trenes no conocen. En Marruecos y Uzbekistán florecen los raíles nuevos y sanean las infraestructuras ferroviarias, aquí florecen las excusas, que crecen incluso sin mantenimiento y con dudosa adquisición, no en vano la mágica y divina mano de Abalos y Koldo estaba detrás.

“Aquí no ha fallado un tren, ha fallado una escala de valores en la seguridad prioritaria y los responsables no viajaban en esos trenes, están en despachos con sueldazos y dietas”

Los sindicatos avisaron, pero no tenían pasaporte diplomático socialista. La seguridad no cotiza en imagen exterior ni da fotos solemnes que busca este gobierno ruin, es más rentable inaugurar trenes lejos que arreglar los de casa, demostrando lo que importamos, ahora la culpa será del que no está, peor ojo, ¿ya nadie está a salvo viajando en España? Cuando el hierro se oxida y el discurso se pule y cuando hay muertos, aparecen las condolencias de saldo institucional, por esto del qué dirán… El dinero público demuestra una sorprendente vocación viajera externa, ora Andorra, ora Suiza y Venezuela. Ora independentismo, ora para Marruecos, ora para…. Para fuera, inversiones, y para adentro, pésames, excusas y lamentos. La prioridad no era ni es evitar tragedias, es quedar bien en el mapa, engañar, prevaricar y disimular. Luego se habla de fatalidad, como si el óxido brotara solo, si, tomemos nota en las urnas, hoy cualquiera que coja un tren ya no va tan seguro y nos puede pasar a cualquiera, y hay un hecho, se ha disparado la negligencia, la ineptitud y la incompetencia desde que este gobierno especula con nuestros impuestos, que me perdonen los de afuera…, pero primero nosotros, después los españoles y si sobra algo para España. La responsabilidad política se diluye mejor que el presupuesto. Aquí no ha fallado un tren, ha fallado una escala de valores en la seguridad prioritaria y los responsables no viajaban en esos trenes, están en despachos con sueldazos y dietas. Así el Estado fue generoso donde no dolía. Y miserable justo donde el billete costó vidas. No es el fin. continuará. Porque en el Reino del Pollo Frito, la cuenta nunca se cierra.

Lo decía la dama de hierro. “El Estado no tiene más dinero que el dinero que las personas ganan por sí mismas y para sí mismas. Si el Estado quiere gastar más dinero, sólo puede hacerlo endeudando tus ahorros o aumentando tus impuestos. No es correcto pensar que alguien lo pagará. Ese “alguien” eres tú. No hay dinero público, solo hay dinero de los contribuyentes.”

Andrés Hernández Martínez

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