Opinión

Desde la Puerta del Arsenal: LOS HÉROES SILENCIOSOS. O el último refugio del honor en una España de figurantes

Foto puerta Arsenal 04
Foto puerta Arsenal 04
Desde la Puerta del Arsenal: LOS HÉROES SILENCIOSOS. O el último refugio del honor en una España de figurantes

LOS HÉROES SILENCIOSOS. O el último refugio del honor en una España de figurantes

“¡Español soy, sin duda! Y lo soy, lo he sido y lo seré mientras viva, y aun después de haber muerto ochenta siglos.” escribió Miguel de Cervantes. Y probablemente hoy, viendo el patio nacional, hasta el propio Cervantes pediría destino en un tercio de Flandes antes que soportar otra rueda de prensa ministerial cargada de propaganda, maquillaje estadístico y patriotismo de quita y pon.

“España, esa vieja nación que fue capaz de conquistar océanos, levantar imperios y exportar civilización, parece hoy administrada por una troupe de actores secundarios, expertos en convertir el Congreso en un tablao de gritos, chantajes y mercadeo moral”

Vivimos tiempos extraños. Tiempos donde el uniforme inspira más respeto que el escaño. Donde la palabra de un guardia civil sigue valiendo más que la de media docena de ministros juntos, o la veintena. Donde todavía existen hombres y mujeres capaces de sacrificarse por España mientras demasiados profesionales de la política se sacrifican únicamente por conservar el coche oficial, el asesor de confianza y el aforamiento preventivo, “fueraparte” el asalto económico a donde puedan

España, esa vieja nación que fue capaz de conquistar océanos, levantar imperios y exportar civilización, parece hoy administrada por una troupe de actores secundarios, expertos en convertir el Congreso en un tablao de gritos, chantajes y mercadeo moral. Entre independentistas de saldo, asesinos cobardes de bomba lapa y tiro en la nuca, revolucionarios subvencionados y patriotas de pancarta reciclable, el país avanza como una fragata sin timón dirigida por tertulianos con ínfulas de estrategas y ministros que confunden gobernar con posar.

Y en medio de esa decadencia de plató televisivo, permanecen ellos. Las Fuerzas Armadas. La Guardia Civil y La Policía Nacional, está intentando quitarse la divisa negra y espuria por promiscua de Marlaska. Son, sin duda, los últimos adultos en la habitación.

Mientras algunos juegan a dinamitar la convivencia desde la comodidad del escaño acolchado, hay soldados españoles desplegados lejos de casa defendiendo la paz en territorios donde el miedo no se discute, se respira. Lugares donde el calor derrite la paciencia y la muerte aparece sin previo aviso. Allí no llegan las consignas universitarias ni los manifiestos de café ecológico tardo-comunista. Allí llegan nuestros militares. Siempre nuestros militares.

Y luego está la Benemérita. Ese cuerpo al que algunos desprecian con soberbia ideológica hasta que necesitan desesperadamente que aparezca un todoterreno verde en mitad de la noche. Porque España tiene esa curiosa costumbre de insultar a quienes la sostienen y correr a abrazarlos cuando todo se derrumba. El guardia civil que vigila una carretera secundaria a las tres de la madrugada. El soldado que embarca rumbo a una misión sabiendo que quizá regrese con cicatrices invisibles. El policía nacional que entra primero donde todos los demás salen corriendo. Ellos no entienden de eslóganes. Entienden de servicio y sacrificio a la ciudadanía, que es la propia Patria.

Y quizás por eso incomodan tanto a cierta política miserable, porque representan exactamente lo contrario. Disciplina frente al caos. Honor frente al oportunismo. Silencio frente al ruido histérico de la propaganda. Mientras demasiados dirigentes convierten España en un mercadillo de intereses, nuestras Fuerzas Armadas siguen sosteniendo algo mucho más serio, la idea misma de Nación.

No es casual que el uniforme conserve una dignidad que la política ha perdido hace tiempo. Hay algo profundamente noble en quien sirve sin esperar aplausos. En quien cumple órdenes bajo lluvia, fuego o barro mientras otros convierten las instituciones en una feria de egos y trincheras ideológicas. Porque cuando llegan las catástrofes, cuando arde el monte, cuando el agua arrasa pueblos o cuando el caos amenaza con devorarlo todo, no aparecen “influencers” ni asesores parlamentarios con discurso inclusivo y chaleco recién planchado. Aparecen ellos.

“Y ahí reside su grandeza. No en los desfiles. No en las medallas. Ni siquiera en la impecable marcialidad de un himno militar al amanecer. Su grandeza está en el sacrificio silencioso.”

La Unidad Militar de Emergencias entrando entre humo y escombros. La Guardia Civil buscando desaparecidos donde ya nadie más busca. Los militares levantando hospitales, organizando rescates o repartiendo ayuda mientras el país descubre, por unas horas, que todavía existen personas capaces de anteponer el deber a la fotografía.

Y ahí reside su grandeza. No en los desfiles. No en las medallas. Ni siquiera en la impecable marcialidad de un himno militar al amanecer. Su grandeza está en el sacrificio silencioso.

“Quizá ahí está el drama de esta España contemporánea, que hemos terminado admirando más al charlatán que al héroe discreto. Más al político histriónico que al soldado que vela en silencio. Más al agitador profesional que al hombre que se juega la vida por alguien a quien ni siquiera conoce.”

En hombres como Don Juan Jesús López Álvarez y Don Eneko Lira Gómez, guardias civiles asesinados en Barbate cumpliendo con su obligación mientras demasiados despachos oficiales responden con tibieza burocrática y silencio incómodo. O héroes como el capitán Jerónimo J.M. con más de 30 años en la Guardia Civil y el guardia Germán P.G. con 34 años en el Servicio Marítimo. No eran celebridades. No llenaban estadios. No acumulaban millones en contratos televisivos. Pero ojo, eran algo infinitamente más importante que toda esta basura televisiva y política, eran servidores públicos de verdad.

Quizá ahí está el drama de esta España contemporánea, que hemos terminado admirando más al charlatán que al héroe discreto. Más al político histriónico que al soldado que vela en silencio. Más al agitador profesional que al hombre que se juega la vida por alguien a quien ni siquiera conoce.

Decía Jaime Gil de Biedma que “de todas las historias de la Historia, la más triste es la de España”. Tal vez porque este país tiene tendencia a olvidar demasiado rápido a quienes realmente lo defienden. Pero incluso en esta época de frivolidad institucional y decadencia estética, sigue habiendo algo que resiste. El uniforme. Ese que fue el gris plancha de la Armada y azul marino. Ese verde de la Guardia Civil. Ese camuflaje desgastado de nuestros soldados de Tierra y Aire.  Símbolos de una España que todavía cree en palabras antiguas, lealtad, disciplina, deber, sacrificio, honor. Palabras que hoy parecen revolucionarias.

Mientras media nación se entretiene discutiendo relatos, cuotas, propaganda y absurdos parlamentarios, ellos continúan ahí. Vigilando. Protegiendo. Sirviendo. Sin pedir nada a cambio salvo respeto, y tampoco desde el gobierno se lo dan. Son los héroes silenciosos. Los que jamás necesitarán explicar su patriotismo porque lo ejercen. Los que siguen sosteniendo la dignidad de España mientras otros la empeñan por un puñado de votos. Los que entienden que la bandera no es un decorado ideológico, sino el símbolo de quienes dieron su vida para que otros pudieran vivir en libertad y en no pocas ocasiones es su, es nuestro sudario.

Quizá convendría recordarlo más a menudo en este tambalillo de mercadillo que es hoy España. Porque al final de todas las decadencias políticas, de todas las miserias parlamentarias y de todos los gobiernos pasajeros, siempre queda un soldado haciendo guardia para evitar que el país termine de derrumbarse.

Y mientras la mediocridad política desfila entre aplausos prestados y discursos vacíos, las Fuerzas Armadas continúan firmes, silenciosas y leales, sosteniendo el peso moral de una Nación que demasiadas veces olvida quién vela por ella. Porque cuando todo falla, cuando el miedo aparece y la patria tiembla, siempre queda un soldado español dispuesto a servir sin preguntar y a sacrificarse sin exigir recompensa. Ahí reside la verdadera grandeza de España: en el honor de sus uniformes, en la nobleza de sus Caídos y en la lealtad eterna de quienes jamás abandonan su deber.

Andrés Hernández Martínez

 

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