Opinión

Desde la Repla: EL BANQUETE DE ÁZIMOS CON PAN, CIRCO Y MULTA

Plaza Toros Cartagena
Plaza Toros Cartagena
Desde la Repla: EL BANQUETE DE ÁZIMOS CON PAN, CIRCO Y MULTA

 

EL BANQUETE DE ÁZIMOS CON PAN, CIRCO Y MULTA 

Como en el banquete citado, que conmemora la liberación de Egipto, caracterizada por comer pan sin levadura durante siete u ocho días. A menudo se une a la celebración de la Pascua y en este caso el ayuno panadero impuesto por la alcaldesa.

Con el desgarro de VOX En Cartagena, la política municipal ha decidido rememorar el reciente carnaval y repartir disfraces en Cuaresma, algunos de capirote con capuz y túnica talar. El primero en salir del escenario de Godot ha sido Diego Salinas, que ha abandonado el guion del pacto entre Noelia Arroyo y Santiago Abascal como quien se levanta de una cena familiar incómoda.  La alcaldesa dice que todo iba estupendamente, que el pacto era estable, sólido y casi eterno… hasta que dejó de serlo. Cosas que pasan cuando la estabilidad depende de un partido que vive en permanente casting interno, y desgraciadamente eso para con VOX. Mientras tanto, algunos concejales empiezan a descubrir su vocación de seres “unicelulares”, organismos políticos que sobreviven por libre esperando una oportunidad evolutiva. En el fondo y en la superficie, nadie se sorprende. A un año de las municipales, los partidos empiezan a moverse como si estuvieran en unos discretos Juegos del Hambre locales, llamadas cruzadas, mociones que se insinúan, pero no se consuman por miedo al fracaso y concejales que pasan de bisagra incomoda a posible opulento fichaje.

 La conclusión es que Cartagena no ha cambiado de gobierno… pero sí de género cinematográfico. Lo que empezó como pacto de estabilidad amenaza con terminar como thriller político de bajo presupuesto, mediocre y vulgar, como el consistorio. El problema no es que Vox se desgarre. El problema es que el Partido Popular lleva años gobernando Cartagena como si la gestión fuera un departamento de comunicación. Aquí lo importante no es que algo funcione: lo importante es que parezca que funciona en la foto

Y ahora los tambores, los Simpson y los donuts sin agujero… ¿Sería echada de menos la Región de Murcia si mañana desapareciera la gestión excelsa, estratégica y visionaria de Fernando López Miras? ¿Entraría el territorio en shock institucional? ¿Se decretarían tres días de luto autonómico con crespón en el Palacio de San Esteban? ¿O amaneceríamos igual, con el mismo atasco existencial en la A-30, la misma lista de espera creativa y el mismo comunicado tranquilizador redactado en gerundio? ¿Y Cartagena? ¿Se detendría la rotación terrestre si se evaporara el liderazgo sideral, casi astronómico de Noelia Arroyo? ¿Se apagarían los focos del relato? ¿Se desprogramaría la primavera y nuestra Semana Santa? ¿O la ciudad seguiría respirando con esa mezcla tan nuestra de evento brillante y mantenimiento intermitente?, ¿olvidaríamos a la reata en décimas de segundos?

La pregunta no es maldad, es higiene democrática, si ponemos figuras de cartón piedra en el Pleno, no se notaría su ausencia… Sirve para distinguir entre gestión y escenografía, entre estructura y decorado, entre gobierno y PowerPoint o IA. Porque si algo hemos perfeccionado en esta esquina del Mediterráneo es el arte de convertir cualquier carencia estructural en narrativa épica con música de superación personal y dron al atardecer, como Sánchez, pero en diferido. 

Aquí no hay falta de inversión, hay prudencia presupuestaria.
No hay servicios tensionados, hay ajustes coyunturales. No hay errores, hay interpretaciones técnicas, no hay impuestos desmedidos y engañosos, hay desinformación objetiva, pero en humilde y oscura procesión. En esta parte del Mediterráneo no se tropieza, se ensaya.

Tenemos bomberos de vocación con o sin presupuestos de colección. Tomemos el Consorcio de Extinción de Incendios, una joya del realismo mágico presupuestario alejado del modernismo arquitectónico. Profesionales del fuego que suplen con vocación lo que falta en medios, y no son pocos. Vehículos con más memoria histórica que algunas bibliotecas municipales de longeva alma. Parques ajustados al milímetro, como si el fuego pidiera cita previa con certificado digital. Y cuando arde algo, como ocurrió en Águilas, la realidad, tan poco respetuosa con el relato, obliga a improvisar. Recursos buscados con creatividad digna de Mortadelo y Filemón, ahí está Marcos Ortuño, solo faltó el profesor Bacterio certificando que el camión experimental “arranca si lo miras con fe” y el aplauso notario del zampabollos. Pero calma, siempre hay explicación, siempre hay excepcionalidad. En esta puta Región y en esta santa ciudad jamás hay carencias estructurales, sólo circunstancias pedagógicas.

Mientras tanto, Cartagena se prepara para su primavera de pan y circo. Primavera impecable con acera opcional, pero con una agenda cultural de precisión quirúrgica. Escenarios montados en tiempo récord con focos alineados con devoción casi religiosa, casi mística para alumbrar a la marquesa de La Promesa con refajo murciano. Nadie discute que la cultura sea necesaria pero el problema no es el evento, es la jerarquía. Aquí el evento no falla. El mantenimiento, en cambio, practica el absentismo estratégico.

Uno pasea por La Manga del Mar Menor y descubre el milagro contributivo, aportación premium, servicios en versión demo de un videojuego de smartphone. Pagan como enclave exclusivo, pero reciben como extramuro o periferia ilustrada, la limpieza es intermitente según quién la haga, las infraestructuras envejecen en silencio y la planificación estacional es como si el vecindario caducara en septiembre. En Cabo de Palos la postal es perfecta. El detalle, negociable las aceras mejorables y el mantenimiento reactivo, es la sensación de que el encanto natural compensa lo que la planificación no alcanza. Pero siempre habrá una bandera ondeando y una foto que inmortalice la gestión, siempre.

El eterno invitado incómodo de cualquier discurso institucional, el Mar Menor, todos lo desprecian y todos asumen su causa. Planes estratégicos, comisiones técnicas, hojas de ruta, compromisos históricos y declaraciones solemnes para otro titular. El agua, paciente, recordándonos que la biología no entiende de adjetivos administrativos y objetivos de demarcación política. Se anuncian recuperaciones inminentes con la misma frecuencia con la que el ecosistema recuerda que los plazos ecológicos no obedecen a calendarios electorales. Aquí el optimismo es renovable como el equilibrio ambiental, inexistente.

Donde sí hay músculo es en la creatividad recaudatoria, como la verdulera andaluza, la Arroyo del Arrabal de San Roque gestiona con chequera, subida del impuesto de circulación, ajustes en la tasa de basura, incrementos en el agua. Todo con una pedagogía impecable, es por tu bien, por la sostenibilidad, por la responsabilidad compartida. El ciudadano paga con disciplina, pero el retorno solo se anuncia con entusiasmo. La paradoja es deliciosa, más presión fiscal, menos sensación de servicio y más abandono de la realidad. Más contribución, más relato donde el mantenimiento es una aspiración y la recaudación, una certeza.

Pan, circo e incienso institucional. La ciudad entera se convierte en escenario de la Pasión de Cristo en una catequesis espiritual, de protagonismos y de apariencias, tronos impecables, filas simétricas, bandas afinadas y arrogancia a flor de piel, esa es nuestra Semana Santa, pero fuera del foco en la retransmisión mediática, la misma acera rota, el mismo recibo inflado, la misma planificación en diferido. No se trata de cuestionar tradiciones ni agendas culturales, en absoluto. Se trata de señalar el paralelismo incómodo, cuando la estética eclipsa la estructura o cuando el protagonismo sustituye al propósito, cuando la foto importa más que el fondo. En política, el evento brilla mientras dura el relato impostado, en la narrativa institucional, la primavera es eterna mientras el invierno estructural es muy discreto. Pero gobernar no es desfilar por la calle Mayor tapado y portando un hachote. Liderar no es dominar el escenario, es sostener la estructura con orgullo y reconocimiento. No es multiplicar eventos, es garantizar servicios. No es inaugurar farolas y actos o proyectos insulsos y vacíos, es innovar en beneficio del ciudadano con lo que 
no es pedir más impuestos sin demostrar un retorno visible. Ejemplos. Quizá el verdadero liderazgo consista en algo radical, que el vecino del Mar Menor sienta que lo que aporta se traduce en servicios estables. Que el de Cabo de Palos perciba mantenimiento constante. Que la Laguna mejore por hechos, no por declaraciones o que el bombero tenga medios sin recurrir a la épica. Entonces sí. Entonces, si algún día esa gestión desapareciera, alguien podría decir con honestidad: “Se nota”. 

Hoy, entre focos, cartón piedra, multas millonarias, impuestos ascendentes y mantenimiento descendente, la sensación no es de pérdida inminente. Es de representación permanente. La representación, por muy solemne que sea, no sustituye a la gestión, ni la túnica al presupuesto ni tampoco el dron policial al plan estratégico.

En el último capítulo del culebrón municipal de Cartagena, la alcaldesa ha practicado cirugía política menor, extirpa a Diego Salinas de la primera tenencia de alcaldía y sutura el hueco con López Pretel, mientras el partido de Abascal observa el sismo interno iniciado tras la caída de Antelo. Salinas, ya “no adscrito”, conserva su concejalía como quien se lleva la toalla del hotel, no era suya, pero ya está en la maleta y aseguro que marcó por huevos al PP abstracto. Vox exige que devuelva el acta por “respeto a los votantes”, él, por ahora, respeta sobre todo el sillón, yo soy votante y espero que haga pasar a ambos por un trago amargo. Arroyo calcula votos como un tahúr institucional tipo Sánchez, pero aquí todas las cartas están marcadas, las traiciones en superficie y la oposición tétrica y denigrante frotándose las manos, prefiero a Arroyo hasta el final que no un oportunista de feria de pueblo como Jiménez alzado a la alcaldía. En este ayuntamiento, la estabilidad depende menos de la ideología que de la aritmética… y de quién aguanta más el temblor.

Si mañana desapareciera esta forma de gobernar, ¿qué se perdería exactamente? ¿El brillo del foco? ¿La retórica entrenada?
¿La capacidad de convertir cada crítica en oportunidad narrativa? ¿La maestría en inaugurar sin concluir?

¿O se abriría, por fin, la posibilidad de una política menos performativa o artificial de atrezo y más eficaz? ¿Menos eventos y más mantenimiento? ¿Menos eslogan y más planificación? Porque la verdadera prueba de un liderazgo no es cuántos actos inaugura, sino cuánto se nota cuando falta. De momento, Murcia y Cartagena viven en una coreografía impecable. La primavera está perfectamente coordinada. La agenda cultural brilla. El discurso fluye. Y mientras suene la banda, parecerá que todo avanza en formación perfecta a golpe de hachote, hasta las fiestas de Primavera o las artimañas artísticas cartageneras que eso, eso será otra critica…

 

Andrés Hernández Martínez

 

 

Comentarios