Opinión

Desde las ruinas de la Repla. CARTAGENA O EL GRAN CIRCO DE LOS 27 INÚTILES

Plaza Toros Cartagena
Plaza Toros Cartagena
Desde las ruinas de la Repla. CARTAGENA O EL GRAN CIRCO DE LOS 27 INÚTILES

CARTAGENA O EL GRAN CIRCO DE LOS 27 INÚTILES

Cartagena ya no tiene Ayuntamiento. Tiene una función continua de varietés políticas, una mezcla entre circo ambulante, patio de colegio y concurso de talentos fracasados donde el premio final consiste en un coche oficial, dos asesores colocados y la posibilidad de inaugurar una rotonda con cara solemne mientras la ciudad se descompone alrededor como un frigorífico averiado en agosto. Y claro, ser alcalde que, para alguno es un sueño imposible a pesar de ser un mediocre de solemnidad que, por cierto, no desentona con el resto.

Y allí siguen los 27 concejales. Veintisiete…, en la cuarta de feria…. Que ya es mala suerte estadística. Uno pensaría que entre 27 personas escogidas al azar en cualquier cola del Mercadona aparecerían al menos tres con cierta capacidad de gestión, un mínimo de inteligencia práctica o, en el peor de los casos, la habilidad suficiente para distinguir un presupuesto municipal de la carta de un restaurante chino. Pero no. Cartagena ha logrado la hazaña científica de concentrar tal densidad de incompetencia política y mediocridad supina que la NASA debería estudiarla para crear agujeros negros administrativos.

La ciudad vive atrapada entre una alcaldesa, Noelia Arroyo, que gobierna como quien administra una comunidad de vecinos en guerra permanente con el ascensor, y una oposición que parece diseñada por un guionista borracho de Netflix especializado en tragicomedias mediterráneas y los esperpentos de Valle Inclán.

La famosa moción de censura que amenaza con convertir el Ayuntamiento en un mercadillo persa no nace del interés general. No es así. Nace de la vieja pasión española por el sillón, y eso es un hecho, a estas alturas solo pan duro y circo de pueblo o la cabra en la banqueta, poco más pueden ofrecer la comparsa del Mirlitón. Esa lujuria ibérica por tocar poder, aunque sea durante quince minutos y una foto oficial. Ego anegado…

“Asinque”. PSOE, MC, Sí Cartagena y los tránsfugas, unidos por el pegamento más sólido de la política nacional, el resentimiento y el hambre de protagonismo y despacho, ser alguien en un circo donde no se es nada. Una coalición tan estable como una mesa de camping coja, pero presentada solemnemente como si Churchill, De Gaulle y Mandela hubieran resucitado en la plaza del Ayuntamiento para salvar Cartagena del desastre. Increíble.

Lo maravilloso es que todos hablan de “responsabilidad institucional” mientras se apuñalan con sonrisa de notario. MC, inútiles con ISO 9001 acusa al PP de desgobierno, que lo hay, mientras Cartagena sigue convertida en una mezcla entre parque arqueológico abandonado y escenario postapocalíptico. El PSOE condenado al ostracismo intelectual y adscrito por derivada directa al sanchismo y a su corrupción innata, habla de regeneración política con esa convicción tan enternecedora que solo poseen quienes llevan décadas viviendo del aparato, como parásitos y aliándose con quien desprecia, en claro ejemplo de indignidad. Sí Cartagena o la deyección tardosocialista que intenta parecer decisiva, muchos ciudadanos todavía no saben si es un partido político, una asociación cultural o una peña de fiestas patronales con imagen de ermita incluida. Y luego están los tránsfugas, esa figura tan española, mitad mercenario municipal, mitad vendedor de enciclopedias de la democracia envueltos en frustración y fracaso.

Los tránsfugas. Qué criaturas tan fascinantes. En otros países dimitirían discretamente. Aquí no. Aquí se convierten en estrellas mediáticas de saldo. Gente que cambia de partido con la facilidad de quien cambia de funda del móvil y después habla de “coherencia ideológica” mientras negocia concejalías en cafeterías con olor a café recalentado y a colonia barata. Cartagena entera parece escrita por Valle-Inclán después de pasar una noche encerrado en un bingo con concejales liberados.

Y mientras tanto, la ciudad está agonizando lentamente entre proyectos eternos, solares contaminados y promesas recicladas desde 1997. Cartagena tiene una habilidad prodigiosa, convertir cualquier oportunidad histórica en una chapuza burocrática con sobrecoste emocional. Aquí todo tarda veinte años, cuesta el triple y termina inaugurándose a medio hacer entre aplausos de asesores y canapés pagados con dinero público. Y ahí la amalgama de los nuevos salva patrias con imagen más dantesca que espuria…

El problema ya no es sólo la incompetencia. La incompetencia sería hasta entrañable si viniera acompañada de humildad. El verdadero drama es la soberbia infinita de quienes no saben hacer nada, pero hablan como si estuvieran refundando el Imperio Romano desde una rueda de prensa en el Palacio Consistorial, por cierto, tétrica y espantosa por apocalíptica.

 Los ves caminar por Cartagena rodeados de asesores como pequeños virreyes del sureste español, saludando con gravedad institucional mientras detrás se hunden barrios enteros, el comercio agoniza y los jóvenes huyen buscando trabajo fuera porque aquí el principal motor económico es ya el enfrentamiento político retransmitido por Facebook. La ciudad más milenaria de España convertida en una pelea de patio entre adultos mal avenidos. Y luego está el urbanismo cartagenero, que merece una tesis psiquiátrica aparte de la que la actual regidora, Arroyo es la directa responsable, luego será de la banda del Mirlitón..., como los terrenos contaminados. Los proyectos fantasmas. Las ruinas eternas. Solares que llevan tanto tiempo vallados que ya deberían recibir pensión contributiva. El gran milagro político local consiste en lograr que absolutamente nadie tenga nunca la culpa de nada. Si aparece contaminación, la culpa es heredada o de los propios vecinos. Si una obra fracasa, la culpa es del anterior o del “cha cha cha”. Si no llega inversión, la culpa es de Madrid, siempre de otro. Si llega inversión y se pierde, la culpa es de la oposición, no de la inutilidad de quién lo gestiona.

Y si todo explota definitivamente, siempre quedará algún informe técnico redactado por un señor con gafas y lenguaje administrativo capaz de convertir un desastre nuclear en “incidencia puntual de carácter transitorio”. Mientras tanto, el ciudadano observa todo esto con la resignación de quien contempla una gotera eterna en el techo de casa, sabe que nadie la arreglará, pero al menos ya le ha cogido cariño al ruido.

Cartagena ha normalizado el esperpento político hasta niveles clínicos. Ya nadie se sorprende de nada. Un concejal cambia de bando, rutina. Otro aparece prometiendo proyectos imposibles, rutina. Un partido acusa de corrupción al rival mientras desayuna con antiguos aliados sospechosos, rutina. Una moción de censura basada más en egos que en programas, rutina.

Aquí el escándalo dura exactamente lo mismo que un asiático tardando en servir una caña fría en la calle Mayor. Y en medio de este carnaval administrativo aparece Arroyo intentando mantener el equilibrio sobre un castillo de naipes construido con propaganda institucional, titulares amables y fotografías inaugurando absolutamente cualquier cosa, una farola o cinco, cortando el tráfico, una acera, un banco recién pintado o un semáforo que lleva funcionando desde Zapatero con un cartel de 10 por hora.

Pero viendo el panorama municipal, uno empieza a sospechar que gestionar en beneficio del ciudadano, hoy por hoy, sería pedir un milagro administrativo superior incluso a terminar una obra pública en plazo, tanto los actuales como la “pandilla del patio” que quiere tomar las riendas.  Cartagena, según Noelia Arroyo, va camino de convertirse en Málaga, tócate…. El problema es que, de momento, se parece más a una obra eterna con cartel institucional y fecha de finalización escrita en tinta invisible. La integración puerto-ciudad sigue siendo una maqueta recurrente, la fachada marítima acumula promesas de legislatura en legislatura y el Anfiteatro Romano continúa siendo el “gran proyecto inminente” desde hace más tiempo que algunas ruinas del propio Imperio. Mientras se anuncian museos, fortalezas y “buques insignia”, los barrios históricos se degradan, los solares se eternizan y la limpieza urbana parece confiarse a la arqueología natural del viento de Levante. El nuevo PGOU llega con tres décadas de retraso y el empleo milagroso del hidrógeno verde aún vive más en titulares que en nóminas. Cartagena no avanza hacia Málaga, avanza hacia el récord Guinness de la inauguración anunciada o mejor, a los terrenos contaminados de Los Mateos. Terrenos que personalmente descontaminarán con aerosoles Jiménez Gallo, Torralba, Torres y el resto de tránsfugas de la banda.

La política moderna ya no consiste en gobernar. Consiste en fotografiarse gobernando. Y ahí Cartagena es potencia mundial. Cada concejal parece vivir dentro de Instagram. Todo son vídeos solemnes, frases huecas y discursos de grandeza pronunciados delante de solares vacíos, de Montes desiertos y de cubos de basura a modos de símiles. Hablan de “transformar la ciudad” con el mismo entusiasmo con el que un vendedor de crecepelo promete recuperar la juventud perdida.

Sales a la calle y Cartagena sigue pareciendo una mezcla entre joya histórica y almacén logístico abandonado por el Imperio Austrohúngaro, donde lo más extraordinario es la falta absoluta de vergüenza. Nadie dimite. Nadie reconoce errores. Nadie pide perdón. Al contrario, cuanto peor gestionan, más agresivos se vuelven. La política municipal española tiene algo profundamente adolescente. Todo es culpa del otro. Todo es un ataque. Todo es una conspiración.

Uno escucha los plenos municipales y tiene la sensación de asistir a una discusión entre cuñados durante una comunión después de cuatro gin-tonics. Insultos disfrazados de retórica institucional. Pullas infantiles tipo Gila. Rencores personales, sobre todo. Teatralidad de mercadillo y mientras ellos representan su sainete, Cartagena esperando. Esperando el gran proyecto. La gran transformación. La gran regeneración. La gran solución. Siempre esperando la limosna de López Miras y del centralismo criminal murciano.

Porque esa es la especialidad histórica de esta ciudad, sobrevivir pese a sus dirigentes. Cartagena sobrevivió a romanos, piratas, bombardeos, crisis industriales y expolios históricos. Probablemente sobrevivirá también a esta generación política especializada en convertir cualquier debate en una reyerta de ascensor. Lo terrible es que todos se creen imprescindibles. Noelia contenta, que la echen, así podrá pedir responsabilidades que ella no ha asumido y se irá a Madrid con apeadero en Murcia con fanfarrias, le van a poner un puente de plata que la exculpe, porque en marzo la ruina y el fracaso será de la “banda del patio”, incompetentes con cartera de fieltro, no de ella ni del PP, al loro… y descargarla de responsabilidades con la ciudad. Los ves hablar y parece que estén negociando el Tratado de Versalles cuando en realidad discuten sobre quién controla una concejalía con menos presupuesto que una boda progre en La Manga.

Y entonces, llega la moción de censura, ese orgasmo político español donde todos fingen actuar por responsabilidad mientras calculan despachos, amigos, sueldos y futuras candidaturas. PSOE, MC, Sí Cartagena y tránsfugas unidos en una especie de paella institucional donde cada ingrediente sospecha del otro, pero todos quieren salir en la foto final. Más directo, todos quieren chupar del bote. Una alianza tan antinatural que si la explicas despacio parece argumento descartado de Berlanga por exceso de surrealismo. Pero así funciona Cartagena. Aquí la ideología dura exactamente hasta que aparece una posibilidad de tocar poder, va por barrios. Después llegan las “líneas de diálogo que no rojas”, los “consensos transversales” y demás eufemismos nacionales para describir lo que antiguamente se llamaba repartirse el cortijo.

A la sazón, el ciudadano pagando impuestos, esquivando baches y escuchando discursos épicos sobre el futuro brillante de una ciudad donde abrir un comercio ya parece deporte de riesgo. Donde se cierran como se cierra una ventana. Joder. Aun así, Cartagena resiste. Resiste gracias a su gente, no gracias a ellos. Gracias a los hosteleros que levantan persianas mientras el Ayuntamiento duerme. Gracias a los comerciantes que sobreviven entre impuestos y abandono. Gracias a los vecinos que siguen creyendo en la ciudad pese a contemplar diariamente este desfile de mediocridad institucional. No gracias a l@s 27 inútiles. Si Cartagena dependiera exclusivamente de sus 27 concejales, hace años que habrían convertido el Teatro Romano en un parking temático patrocinado por alguna consultora o constructora amiga, que las hay con nombre y apellidos y pendiente de la moción para otro cambio en las contratas, ¿apuestas?

Juego de Tronos versión local, mientras la ciudad contempla el espectáculo con una mezcla de cansancio, ironía y vergüenza ajena. Cartagena no necesita héroes. Necesita adultos y además inteligentes, con relevancia y prestigio. Pero viendo el panorama municipal, uno empieza a sospechar que eso, hoy por hoy, sería pedir un milagro superior incluso a terminar una obra pública en plazo.

Cartagena, según Noelia Arroyo, va camino de convertirse en Málaga. El problema es que, de momento, se parece más a una obra eterna con cartel institucional y fecha de finalización escrita en tinta invisible. La integración puerto-ciudad sigue siendo una maqueta recurrente, junto con la fachada marítima acumula promesas de legislatura en legislatura y un negocio con firma del Puerto y, el Anfiteatro Romano continúa siendo el “gran proyecto inminente” desde hace más tiempo que algunas ruinas del propio Imperio. Mientras se anuncian museos, fortalezas y “buques insignia”, los barrios históricos se degradan, los solares se eternizan y la limpieza urbana parece confiarse a la arqueología natural del viento de Levante. El nuevo PGOU llega con tres décadas de retraso y el empleo milagroso del hidrógeno verde aún vive más en titulares que en nóminas. Cartagena no avanza hacia Málaga: avanza hacia el récord Guinness de la inauguración anunciada.

Cartagena se ha convertido en un circo político digno de una obra de Berlanga, con muchos payasos, payasas y también asoman en breve les payases.

Andrés Hernández Martínez

Comentarios