Opinión

Desde la Repla.: CARTAGENA, CAPITAL DEL NOMBRAMIENTO INÚTIL. CUANDO LA POLÍTICA YA NO ELIGE A LOS MEJORES, SINO A LOS MÁS OBEDIENTES

Plaza Toros Cartagena
Plaza Toros Cartagena
Desde la Repla.: CARTAGENA, CAPITAL DEL NOMBRAMIENTO INÚTIL. CUANDO LA POLÍTICA YA NO ELIGE A LOS MEJORES, SINO A LOS MÁS OBEDIENTES

CARTAGENA, CAPITAL DEL NOMBRAMIENTO INÚTIL. CUANDO LA POLÍTICA YA NO ELIGE A LOS MEJORES, SINO A LOS MÁS OBEDIENTES

Cartagena ya no gobierna un Ayuntamiento. Gobierna una sala de espera de ambiciones mediocres con olor a café recalentado, laca institucional y expediente archivado. La pérdida de la mayoría absoluta de Noelia Arroyo no ha abierto una crisis política, ha destapado el sótano, sucio y que apesta a humedad rancia y arcaica. Y dentro estaban todos, los impostores, los suplentes del talento, los profesionales de la obediencia digital y los figurantes de partido que jamás habrían superado una entrevista seria para administrar una comunidad de vecinos, pero administran presupuestos millonarios porque un aparato político decidió que eran, “perfil adecuado”. Adecuado para callar, obedecer y salir sonriendo en la foto.

“El concejal contemporáneo no asciende por capacidad, asciende por resistencia al ridículo. Cuanto más capaz sea uno de defender una contradicción sin pestañear, más futuro tiene.”

La política local en Cartagena hace años que dejó de seleccionar a los mejores. Ahora selecciona a los más dóciles. La meritocracia ha sido sustituida por la “listocracia”, entrar en una lista electoral es más importante que tener currículo, experiencia o neuronas funcionales. El concejal contemporáneo no asciende por capacidad, asciende por resistencia al ridículo. Cuanto más capaz sea uno de defender una contradicción sin pestañear, más futuro tiene. Así hemos llegado a este zoológico administrativo donde un edil puede hablar media hora sin decir nada, como un audiolibro de frases absurdas grabado por un opositor frustrado.

“Cartagena produce, exporta, sostiene industria, turismo y puerto estratégico, pero políticamente se la trata como al primo incómodo al que se invita a la boda por obligación genética.”

Cartagena, ciudad trimilenaria, puerto histórico, enclave militar y joya mediterránea, ha terminado convertida en un decorado institucional de tercera regional, como dicen en Santa Lucía, de cartón piedra. Una especie de parque temático de la decadencia donde cada rueda de prensa parece el casting descartado de un concurso autonómico de tertulianos. Y mientras tanto, las calles se degradan, los barrios se abandonan, la seguridad se convierte en un concepto literario y la gestión municipal consiste en fiesta carísima en fin de semana, peor para amigos como artistas invitados, inaugurar carteles, prometer proyectos eternos y culpar a Madrid, a Murcia, al cambio climático o a la alineación de Saturno.

Porque esa es otra, Murcia. La Región lleva décadas funcionando como una plantación administrativa donde todo debe pasar por la Murcia capitalina, funcionarial, terrateniente y satisfechamente aburguesada, convencida de que el resto del territorio existe únicamente para aportar impuestos, votos y playa barata en agosto. Cartagena produce, exporta, sostiene industria, turismo y puerto estratégico, pero políticamente se la trata como al primo incómodo al que se invita a la boda por obligación genética.

“Quizá haya llegado el momento de establecer al menos dos provincias en esta autonomía de diseño improvisado y muy interesado, una Murcia interior, agrícola y cortesana, y otra Cartagena marítima, industrial y abandonada con experiencia acreditada en sobrevivir sola.”

Y quizá haya llegado la hora de asumir lo evidente, esta comunidad autónoma es administrativamente tan absurda como un submarino, sí ese… con goteras. La solución ya no pasa solo por cambiar concejales como quien cambia figurantes de una obra mala. La solución empieza a oler a bisturí territorial. Mantener una única provincia sometida al centralismo murciano tiene ya la lógica estructural de una pescadería dirigida por veganos militantes o una verdulería de restos podridos dirigida por la malograda Montero.

“Porque depender del Ayuntamiento de Cartagena o San Javier para gestionar La Manga ha terminado siendo algo parecido a confiarle una biblioteca antigua a un pirómano con déficit de atención.”

Resulta difícil explicar por qué una comarca litoral con intereses turísticos, económicos y medioambientales propios debe seguir dependiendo de una administración regional que mira al Mar Menor con el mismo entusiasmo que un notario observa una medusa muerta, se la trae al fresco. Quizá haya llegado el momento de establecer al menos dos provincias en esta autonomía de diseño improvisado y muy interesado, una Murcia interior, agrícola y cortesana, y otra Cartagena marítima, industrial y abandonada con experiencia acreditada en sobrevivir sola.

Puestos a reorganizar este sudoku institucional de incompetencias compartidas, también convendría independizar administrativamente a Cabo de Palos, La Manga del Mar Menor y el Mar Menor en un municipio propio. No por romanticismo separatista, sino por pura higiene administrativa. Porque depender del Ayuntamiento de Cartagena o San Javier para gestionar La Manga ha terminado siendo algo parecido a confiarle una biblioteca antigua a un pirómano con déficit de atención.

La Manga representa el gran monumento regional al abandono institucional disfrazado de urbanismo turístico. Allí los cargos aparecen no por capacidad, sino por amiguismo de chiringuito político, afinidad partidista o parentesco ideológico de sobremesa subvencionada. Se nombran coordinadores, asesores y responsables varios con la misma alegría con la que otros reparten pulseras “todo incluido” en Benidorm. Mientras tanto, residentes, visitantes y comerciantes sobreviven entre infraestructuras agotadas, tráfico infernal, servicios insuficientes y una sensación permanente de ser un cajero automático con playa para administraciones que sólo recuerdan su existencia cuando toca hacerse fotos en verano.

El Mar Menor, convertido ya en una sopa marina con expediente administrativo, resume perfectamente la relación entre Murcia y Cartagena, unos contaminan, otros cobran y luego todos inauguran mesas de diálogo con aire acondicionado. El desastre ecológico más obsceno del Mediterráneo español ha sido tratado durante años como una molestia estética para folletos turísticos. Mucha “sostenibilidad”, mucho “compromiso verde” y mucho técnico compareciendo con gráficos de colores mientras el ecosistema agonizaba como un pez olvidado en el maletero institucional de la Región.

“La política murciana ha logrado convertir la incompetencia en una industria terciaria, cuando no secundaria con aspiraciones a primaria.”

Esa es otra gran especialidad regional, crear organismos, observatorios y comisiones para no resolver absolutamente nada. Aquí cada crisis genera automáticamente tres asesores, dos informes, una campaña institucional y un desayuno informativo patrocinado y televisado por la cadena de López Miras. La política murciana ha logrado convertir la incompetencia en una industria terciaria, cuando no secundaria con aspiraciones a primaria.

Las denuncias de la oposición contra el gobierno municipal de Noelia Arroyo han encontrado terreno fértil porque existe una sensación creciente de agotamiento institucional. Pero cuidado con los salvadores, la oposición cartagenera tiene el mismo aroma que un yogur olvidado en agosto. Mucha indignación teatral, mucho “Cartagena merece más”, mucho vídeo para redes sociales con música épica de fondo…, mucho tonto con alas de protagonismo y luego nada. Absolutamente nada. Porque la tragedia local no es solo de quién gobierna, es también de quién espera gobernar.

“Cambiar este gobierno por la amalgama oportunista de quienes llevan años sin ponerse de acuerdo ni para pedir un café supondría entregar un Ferrari averiado a una panda de monos con una garrafa de gasolina y un mechero. Perdón por el símil, pero no se me ocurre otro.”

Hay concejales opositores que hablan de regeneración democrática con el entusiasmo de un vendedor de biblias usadas. Algunos llevan más tiempo viviendo de la política que trabajando fuera de ella. Otros confunden fiscalizar con hacerse selfies delante de un socavón. Y varios parecen convencidos de que gobernar consiste en publicar frases de Paulo Coelho adaptadas al urbanismo. Cartagena ha conseguido el milagro inverso al mérito, convertir la oposición en una amenaza aún más inquietante que el gobierno. Con dos cojones.

Por eso la moción de censura, ese fetiche húmedo de los resentidos de salón y los estrategas de cafetería, sería probablemente una catástrofe aún más grotesca. Porque no existe alternativa sólida. Solo existe hambre de sillón. Cambiar este gobierno por la amalgama oportunista de quienes llevan años sin ponerse de acuerdo ni para pedir un café supondría entregar un Ferrari averiado a una panda de monos con una garrafa de gasolina y un mechero. Perdón por el símil, pero no se me ocurre otro.

La política española actual ha institucionalizado la mediocridad como sistema de selección natural. Ya no se premia al competente, sino al obediente. El diputado ideal es el que jamás cuestiona al partido. El concejal perfecto es el que repite argumentarios como un loro hidratado con subvenciones. Y así aparecen esos nombres impuestos en las listas electorales, desconocidos absolutos que nadie votaría individualmente ni para presidir una comunidad de garajes, pero que terminan administrando ciudades enteras gracias a la alquimia partitocrática.

El ciudadano no elige realmente personas, un problema que habrá que resolver, elige siglas empaquetadas por aparatos internos donde la democracia tiene la misma presencia que la ética en una despedida de soltero de contratistas públicos. Luego llegan los “nominados” o criaturas políticas fabricadas en laboratorio orgánico-partidista, expertos en lenguaje vacío y sonrisas de catálogo dental, capaces de hablar de sostenibilidad, resiliencia y transformación urbana mientras detrás se hunde media ciudad entre burocracia, suciedad y abandono.

“el gran milagro químico de Cartagena, los terrenos contaminados que, según la liturgia política local, prácticamente se intoxicaron solos mientras los vecinos, al parecer, colaboraban respirando demasiado cerca.”

Cartagena es el espejo perfecto de esa España administrativa agotada. Una ciudad donde cada problema tarda décadas en resolverse, pero cada foto institucional se publica en cinco minutos. Donde la arqueología sirve más para decorar discursos que para construir prosperidad. Donde los barrios periféricos solo existen electoralmente dos meses antes de las elecciones. Donde los comerciantes sobreviven entre obras eternas, tasas y promesas, mientras los políticos celebran “planes estratégicos” redactados por consultoras que cobran como neurocirujanos suizos para producir PDFs que nadie leerá jamás.

Y luego está el gran milagro químico de Cartagena, los terrenos contaminados que, según la liturgia política local, prácticamente se intoxicaron solos mientras los vecinos, al parecer, colaboraban respirando demasiado cerca. La exoneración o archivo de la vía penal sobre los terrenos contaminados de la antigua factoría de Zinsa, en Torreciega, vinculados a la mercantil Cartagena Parque, propiedad del empresario Tomás Olivo, ha sido presentada con esa solemnidad burocrática propia del funcionario que firma un expediente mientras evita mirar al suelo por si brota arsénico. Aquí la contaminación nunca tiene responsables, tiene “circunstancias administrativas”. Décadas de residuos, metales pesados y silencio institucional convertidos en una especie de fenómeno meteorológico espontáneo.

La gran tragedia no es que haya malos gobernantes, España siempre los tuvo. La tragedia es que ya casi nadie espera a los buenos. Hemos normalizado el ridículo institucional, hemos aceptado que la política sea una agencia de colocación para perfiles sin oficio verificable pero amiguetes tipo Torrente. Y cuando aparece alguien medianamente competente, el sistema lo expulsa porque rompe el equilibrio mediocre sobre el que se sostiene toda esta arquitectura de cartón piedra, puedo dar nombres...

Quizá por eso Cartagena sigue en pie. Porque esta ciudad ha sobrevivido a romanos, piratas, bombardeos, caciques y burócratas. Sobrevivirá también a esta generación de gestores de PowerPoint y gladiadores de TikTok institucional. Lo preocupante no es que gobiernen mal. Lo preocupante es que algunos todavía crean que esto es gobernar.

Andrés Hernández Martínez

Comentarios