Opinión

Desde la Repla. PRESUPUESTOS EN LLAMAS. EL PAÍS QUE ARDE... Y COTIZA

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Desde la Repla. PRESUPUESTOS EN LLAMAS. EL PAÍS QUE ARDE... Y COTIZA

PRESUPUESTOS EN LLAMAS. EL PAÍS QUE ARDE... Y COTIZA. 

Cuando gobernar consiste en sobrevivir al día siguiente.

Hubo un tiempo en que España levantaba pantanos. Ahora levanta comisiones. Antes se inauguraban embalses, hoy se inauguran observatorios. Entonces se construían carreteras, ahora se redactan estrategias. El hormigón ha sido sustituido por el PDF y el ingeniero por el consultor. La obra pública ha cedido el testigo al expediente administrativo, hemos pasado de construir un país a tramitarlo.

Franco acumulaba embalses, Sánchez acumula asesores. Uno dejó infraestructuras que medio siglo después siguen almacenando agua y el otro, deja ruedas de prensa que apenas almacenan titulares durante unas horas. No es nostalgia, es contabilidad real, basta mirar el nivel de los pantanos que aún utilizamos y compararlo con el nivel del debate político que hoy padecemos.

Gobernar consiste, entre otras cosas, en mantener aquello que ya existe, cambiar una junta antes de que reviente una tubería, reforzar un puente antes de que se desplome o desbrozar un monte antes de que arda. Lo aburrido sostiene un país, pero lo aburrido no da votos. Por eso España vive instalada en la política del parche permanente. Sin Presupuestos Generales del Estado, las inversiones se aplazan, las infraestructuras envejecen, las carreteras acumulan cicatrices y los montes se convierten lentamente en depósitos de combustible vegetal esperando que alguien acerque una cerilla. La prevención nunca tiene fotógrafo, la tragedia siempre encuentra un atril preparado.

Y entonces llega Julio y España vuelve a incendiarse con la puntualidad de una tradición nacional. Los incendios aparecen casi con la misma precisión con la que aparecen después los ministros explicando que el verdadero culpable es el cambio climático. El fuego, al parecer, ya no necesita combustible, baja directamente de la atmósfera, prende por decreto meteorológico y se propaga sin que años de abandono forestal tengan absolutamente nada que ver y si escarbamos podemos ver sospechas de desamortización miserablemente escondidas.

Resulta admirable la capacidad del relato del gobierno para sobrevivir incluso cuando el monte no lo hace. Si alguien me dijera que un nuevo Nerón ronda España, probablemente sonreiría con ironía, no porque crea semejante historia, sino porque este país ha deteriorado tanto la confianza en sus instituciones que cualquier explicación extravagante empieza a parecer menos increíble que la incompetencia repetida durante años. No hace falta imaginar emperadores tocando la lira mientras arde Roma. Basta contemplar cómo Madrid, Segovia, Toledo o Guadalajara aparecen rodeadas de llamas mientras seguimos tratando cada campaña de incendios como si fuera una sorpresa estadística y ¿porque no?, ya puestos, echar la culpa a Ayuso, algún imbécil zocato se lo creerá…

La navaja de Ockham suele ser mucho más incómoda que cualquier teoría grandilocuente, la explicación más sencilla suele imponerse, montes abandonados, limpieza insuficiente, inversiones aplazadas, prevención escasa y medios que se modernizan mucho más despacio que los discursos oficiales, todo bajo multa del gobierno si haces lo contrario a prevenir. El fuego necesita tres cosas, combustible, condiciones favorables y una chispa. Del combustible se ha ocupado la burocracia. De las condiciones favorables se ocupa el verano. Sobre la chispa, cuando corresponda, deberán pronunciarse los investigadores y los tribunales, no los tertulianos ni los políticos en absurdos bucles creativos.

Lo verdaderamente inquietante aparece después. Nuestra legislación protege con carácter general los terrenos forestales incendiados frente a cambios de uso durante décadas, también contempla excepciones por razones de utilidad pública o interés general. Esa posibilidad legal, perfectamente legítima cuando se aplica con rigor, exige precisamente el máximo nivel de transparencia para evitar cualquier sospecha, cuando existen excepciones y especulación del terreno y la confianza institucional se ha evaporado, las dudas encuentran un terreno tan fértil como el monte abandonado y en España la desconfianza ya cotiza en Bolsa.

Mientras tanto, alrededor del incendio florece una economía extraordinariamente eficiente, primero no se limpia el monte porque intervenir altera el ecosistema, después se movilizan millones para extinguir el fuego, más tarde llegan contratos para retirar madera quemada, planes extraordinarios, subvenciones, ayudas, estudios, consultorías, reforestaciones y nuevos proyectos energéticos cuidadosamente presentados bajo el envoltorio de la transición ecológica, molinos, paneles solares y demás intereses travestidos, el capitalismo invertido socialista convierte cualquier crisis en negocio, esta política desde el COVID ha aprendido a convertir cualquier negocio en subvención y con mordida. Han inventado la economía circular definitiva, abandonar, quemar, apagar, subvencionar y volver a empezar. Todo resulta admirablemente sostenible. Especialmente para quienes viven de gestionar las consecuencias de aquello que jamás quisieron prevenir, cuando el humo empieza a disiparse aparece la última representación del verano español, el reparto de culpas. Jamás existen responsables, solo adversarios políticos.

Gobiernan España, pero la responsabilidad siempre reside en otro despacho. Si falla un tren, la culpa viaja más deprisa que el AVE. Si colapsa una infraestructura, aparece el gobierno anterior. Si arde media España, el incendio termina encontrando un culpable a cientos de kilómetros del bosque. Es la física del relato porque no administran soluciones, solo coartadas. España comienza a parecerse peligrosamente a esos edificios cuyo propietario presume del color de las cortinas mientras las vigas acumulan termitas. Desde fuera todo parece impecable, desde dentro se escucha el crujido, y las vigas, como los montes, avisan durante mucho tiempo antes de derrumbarse.

El problema es que la propaganda no apaga incendios. Los hashtags no limpian el cortafuegos. Las comparecencias no sustituyen los presupuestos. Los discursos no modernizan hidroaviones franquistas. Las comisiones no construyen embalses, y la realidad posee una desagradable costumbre, siempre termina imponiéndose sobre el relato. Por eso quizá el verdadero Nerón no sea un hombre, sino una forma de gobernar, la de Sánchez, esa que contempla las llamas desde el balcón del poder mientras encarga otro informe, crea otro observatorio, convoca otra comisión y promete que el próximo verano todo será diferente. Hasta que vuelve Julio y vuelve a arder España.

Por cierto, para imbéciles con ademanes homínidos, la UME no cayó del cielo, ya estaban las Fuerzas Armadas. Hay quien habla de la UME como si hubiera descendido del Olimpo un buen día de 2005 para descubrir a España que existían las emergencias, incluso como si fuera una hazaña de Zapatero, por esto de limpiar su mierda. Como si antes de su creación los incendios se apagaran con cubos de agua y oraciones a San Lorenzo. La realidad, tan poco dada a la propaganda, es bastante más sencilla.

 

La Unidad Militar de Emergencias no inventó la respuesta militar a las catástrofes. La reorganizó, la especializó, le dio un mando permanente, pero los soldados ya estaban allí mucho antes. Durante décadas, cuando un incendio forestal se descontrolaba, cuando una riada arrasaba un pueblo o cuando una nevada aislaba media provincia, acudían unidades del Ejército de Tierra, de la Armada, del Ejército del Aire y, junto a ellas, la Guardia Civil. Todos bajo un mando único establecido para la emergencia, como corresponde a unas Fuerzas Armadas que siempre han tenido entre sus misiones apoyar a la población cuando el Estado lo necesita.

La UME es, sencillamente, otra unidad de las Fuerzas Armadas, no constituye un cuarto ejército ni una administración paralela. Sus hombres y mujeres proceden de los tres ejércitos y desarrollan una misión específica dentro de la estructura militar, continúan siendo soldados, sometidos a la misma disciplina, a la misma cadena de mando y a los mismos valores que cualquier otro militar español.

Quizá por eso resulte tan llamativo que algunos descubran cada verano la utilidad de las Fuerzas Armadas, durante el resto del año discuten el presupuesto de Defensa, cuestionan la cultura militar o consideran el uniforme una reliquia incómoda, basta con que el fuego rodee un pueblo para mirar al horizonte esperando que aparezcan precisamente esos militares a los que tantos desprecian desde la comodidad de un despacho climatizado.

La UME merece todo el reconocimiento del país, sin duda, pero también lo merecen los miles de militares que, antes de que existiera esa denominación, ya se jugaban la vida exactamente igual entre llamas, riadas, terremotos y catástrofes naturales. Cambió el nombre de la unidad, no cambió el compromiso, el heroísmo no nació con un decreto, simplemente recibió unas nuevas siglas. Conviene no olvidar otra verdad incómoda, la UME no sustituye la prevención, los soldados apagan incendios, no redactan presupuestos, no limpian montes ni deciden las políticas forestales. Cuando la UME entra en acción es porque toda la cadena de prevención ha fallado y convertirla en la solución permanente sería tanto como felicitar a los bomberos porque una ciudad arde todos los veranos. El mérito es suyo, pero el fracaso pertenece a otros y son de una raza espuria hoy anclada en la política.

Andrés Hernández Martínez

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