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UN CARTERO MUY RURAL

UN CARTERO MUY RURAL

¡Menuda experiencia la de esta mañana! , lo estaba deseando desde hacía tiempo, y hoy hemos sincronizado nuestros relojes y he acompañado durante toda su jornada laboral a un cartero.

Pero no un cartero cualquiera…., un CARTERO RURAL DEL CAMPO DE CARTAGENA. Si a ello le sumas que es un cartero puramente VOCACIONAL, esto se pone muy interesante, y si además lo conoces desde que eras niña, todavía más.

Así que con mi cámara de fotos al hombro y una libreta para tomar notas, que dicho sea de paso no he podido utilizar para evitar un mareo descomunal por los desniveles del relieve que Juan Manuel, a partir de ahora Juanma, con mucha habilidad recorre mejor que los de Paris Dakar……. Pues eso, que hemos iniciado una ruta para mí totalmente desconocida y muy emocionante.

Desde Cuesta Blanca, pasando por Los Llanos, Los Cipreses, Los Puertos de Santa Bárbara,  Tallante, Los Roses, Los Pinchos, Los Llanos, Los Puches, Valdelentisco y un montón de sitios más que ni recuerdo su nombre, he disfrutado de esta experiencia.

Si tengo que ser sincera, creía que pasar un día con un “cartero rural” sería totalmente distinto. Mi imaginación me había llevado a aparcar el coche en cada pueblecito, y entre el paisaje relajante y el silencio iríamos entregando los paquetes y cartas a los lugareños.

¡Nada que ver con la realidad!, ha sido un día “fuertecito”, al menos para mí. Aunque si le preguntas a Juanma probablemente no coincida conmigo, porque él es metódico, organizado y rentabiliza su tiempo de una manera mágica. Por eso seréis muy afortunados si vivís por las zonas nombradas, porque estáis en manos de un profesional y la tranquilidad que todo lo recibiréis de forma puntual en vuestros buzones.

Es muy dificultoso acceder a cada una de las viviendas escondidas al final de caminos estrechos de un solo sentido para depositar una carta. Y no os quiero contar la salida marcha atrás en coche, que no sé ni cómo no me ha dado un infarto. ¡Qué miedo he pasado! .

Una y mil veces en mínimos espacios de tiempo tiene que parar y bajar del coche para entregar un paquete, una carta certificada o depositar la correspondencia en el buzón. A mí ese detalle me ha parecido agotador, además quiero destacar que si mis fotografías esta semana os parecen”peorcillas”, que sepáis que he tenido una milésima de segundo para hacerlas. Porque Juanma no se las gasta con tonterías, el tiempo es oro y hay que llegar a cada uno delos rincones. Por eso cuando él ha bajado las primeras veces y yo he reaccionado para bajar y fotografiar esos momentos para vosotros, Juama ya estaba de vuelta en el coche. Ufff….., mezcla de un rally y maratón fotográfico.

Después de casi más de una hora de “sube y baja”entregando correspondencia donde Juanma utiliza todas sus técnicas para que esto sea posible; pitar con el coche cuando no hay timbre, avisar por teléfono cuando no están en casa,  depositar en un buzón o lugar seguro por indicaciones del dueño, todo eso amenizado por ladridos de perros grandes y pequeños que se abalanzan desde dentro de las casas, hemos continuado nuestra ruta.

Con un camino algo más tranquilos, porque teníamos por delante varios kilómetros hasta la siguiente entrega, hemos tirado de recuerdos de sus inicios y muchas experiencias interesantes que Juanma me ha contado y yo desconocía.

Porque este chico de aspecto tímido, que mezclado con su humor irónico y su forma de ver las cosas  ha forjado una personalidad muy particular y admirada por todos los que lo conocemos, ya llevaba incluido de serie en los genes por parte de padre y abuelo paterno células de telégrafos y correos.  Y lo tenía claro, sería cartero como ellos. Así que como a tenaz, constante y responsable no le gana nadie, en el año noventa y seis aprobó la oposición.

¡Y vaya si lo celebramos!, ni más ni menos que en uno de los mejores restaurantes de aquella época en el Puerto de Mazarrón, “LA VIRGEN DEL MAR”. Allí Juanma tiró la casa por la ventana y nos juntamos toda la pandilla de la playa y Cartagena.  Había cumplido su sueño, ante el orgullo de todos nosotros y sobre todo de su padre y el resto de familiares y amigos.

Un año en Madrid y casi veintitrés en el mismo destino urbano de Cartagena han dado para mucho. Pero fue hace unos meses cuando cumplió ese segundo sueño que tenía en mente desde hacía un tiempo, le adjudicaron la plaza vacante de cartero rural en el Campo de Cartagena.

Y como me cuenta Juanma, era una oportunidad de cambiar, de conocer tantos rincones que tenemos tan cerca y desconocemos. Paisajes de largos senderos que te conducen hacia una casa en lo alto de la montaña, cruzarte con un rebaño de ovejas que no entienden de ceder el paso, personas mayores que viven solas y no alcanza su vista a leer esa carta entregada, e incluso salvar la vida a un inglés con residencia en el lugar más perdido de nuestro entorno, al que le estaba dando un infarto y que tuvo la habilidad de llamar a emergencias y sobre todo ayudarles con la escondida ubicación.

Porque todo esto son experiencias que suman, y aunque nos cuenta nuestro cartero rural que el principio fue complicado, no lo cambiaría por nada del mundo.

Y charlando y observando el paisaje, hemos llegado a un lugar que yo tenía muchas ganas de ver, porque es algo original y extraordinario. Porque son esas cosas que sólo puedes disfrutar cuando te alejas un poco del centro de las ciudades.

Un olivo, un bonito olivo es el sostén de varios buzones de metal donde Juanma tiene que dejar hoy varias cartas. Me he quedado fascinada, con ganas de más, pero os recuerdo lo que os he dicho antes, “responsable y trabajador”, por lo que el tiempo que he tenido para fotografiar el olivo ya podéis imaginar cuál ha sido. E intentar que posara para mí,  de eso ya ni hablamos.

Pero mi sorpresa no ha frenado allí, porque cerca de la cuesta 352 camino de Mazarrón y en mitad de la nada en todos los sentidos, sobre postes metálicos posaban para nosotros otro montón de buzones de aquellos que han apostado por vivir en el “mas inaccesible todavía”.

Me ha hecho gracia cómo los describe Juanma, “buzones en postes como si de espantapájaros se trataran”.

Y al final le he cogido el gusto a esta ruta, a los buzones concentrados, al sorprendente acueducto de Perín, a bajar marcha atrás calles empinadas sin salida , al silencio, a personas peculiares que nos han abierto sus puertas, al “Ave María Purísima” del Monasterio San José  Carmelitas Descalzas , a la ruta gastronómica como consecuencia del reparto de correspondencia ( El Buen Descanso, Venta el Moya y el Castillo de Perín), de la anecdótico que ha sido entregar una carta en la casa del bajista del grupo que marcó nuestra adolescencia, “El último de la Fila”. Que en estos lugares no hay tiendas, ni panaderías, ni calles y que sólo nos hemos cruzado con un vehículo, el del guarda forestal.

Así que poco más que añadir, que he compartido las tardes de mi infancia jugando a la peonza y a las canicas con Juanma, y que aunque se reía de mí porque decía que corría como la Gallina Caponata y porque mi madre me lavaba el pelo con huevo para suavizarlo en épocas en las que el sérum no se había inventado…. pues que lo quiero un montón y que ha sido una experiencia la mar de bonita.

EVA MARÍA GARCÍA AGUILERA.

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