Montanaro. EL MOSSAD, LOS MARCIANOS Y EL REINO DEL ESPERPENTO
EL MOSSAD, LOS MARCIANOS Y EL REINO DEL ESPERPENTO
Decía Valle-Inclán que España sólo podía contemplarse correctamente reflejada en los espejos cóncavos del Callejón del Gato. Un siglo después, aquellos espejos han sido sustituidos por las redes sociales, algunos platós de televisión y no pocas tribunas políticas llenas de idiotas contemporáneos. El resultado es aún más grotesco, la realidad entra por una puerta y sale disfrazada de ciencia ficción.
La última representación ha sido memorable. Ceuta vuelve a sufrir una invasión migratoria extraordinaria, las imágenes recorren el mundo, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad trabajan al límite y, antes de que el primer analista termine el café, aparece el coro de iluminados dispuesto a descubrir la gran conspiración internacional y no es más que la de Marruecos con la complicidad de un gobierno espurio e indecente, el español.
No falla nunca. Si mañana desaparecen las anchoas del Cantábrico, será culpa del Mossad. Si se avería un semáforo en Móstoles, habrá un experto asegurando que Netanyahu manipuló el cuadro eléctrico. Si en Cuenca deja de funcionar el WiFi, algún genio descubrirá una célula sionista escondida dentro del router. España ha elevado la conspiración a disciplina olímpica.
¿Por qué digo esto? Según El Mundo, “Pekín observa la crisis migratoria de la ciudad española desde el prisma de la geopolítica y la guerra híbrida, mientras consolida a Marruecos como uno de sus principales socios estratégicos en África”
Israel ya no es un país rodeado de enemigos, con apenas diez millones de habitantes y una guerra permanente por su propia supervivencia. No. Según la nueva mitología progresista, social comunista y conspiranoica, Israel es una especie de pulpo galáctico cuyos tentáculos gobiernan Wall Street, Bruselas, Washington, Rabat, la meteorología, las mareas y, probablemente, el precio del melón de Villaconejos. Ni Julio Verne imaginó tanto. Mientras los nuevos profetas buscan agentes del Mossad debajo de cada patera, el elefante continúa ocupando el salón, la cocina y hasta el dormitorio, la migración a modo de invasión. No lleva kipá, pero sí chilaba, se llama Marruecos y desgraciadamente los hechos -la pasividad y el desprecio a Ceuta demostrado- y la evidencia certifican la complicidad social comunista de Sánchez su desgraciado gobierno.
Aunque algunos prefieran disfrazar la realidad con novelas de espías, existe una evidencia política difícil de ignorar, desde hace años las crisis migratorias entre Marruecos y España se repiten cíclicamente y cada episodio vuelve a colocar sobre la mesa el papel que desempeñan las relaciones bilaterales entre ambos países, unas veces con amenazas sin velar por parte de los gobiernos conservadores y otras sumisos con los intereses de los socialistas de mercadillo y negocios oscuros, los Bono, Blanco, González, Trujillo, Zapatero y un largo etcétera de sinvergüenzas.
Sin embargo, nombrar al vecino del sur parece haberse convertido en una incorrección diplomática verbigracia sanchista. Es mucho más cómodo fabricar un enemigo imaginario situado a cuatro mil kilómetros que señalar al que comparte frontera, eso exige valor político y el valor político hace tiempo que emigró de La Moncloa, solo miseria y basura. Pedro Sánchez descubrió una fórmula revolucionaria para dirigir la política exterior, llamar “éxito diplomático” a cualquier cesión mientras la fotografía salga favorecida.
Cambió cuarenta años de política española sobre el Sáhara con una carta cuyo recorrido histórico ya estudian las facultades de Relaciones Internacionales como ejemplo de improvisación geopolítica y de sumisión internacional, aunque por esto de las saunas de su suegro y el trabajo allí de su esposa como coadjutora económica diría, sodomización. Nos prometieron una nueva etapa de estabilidad con Rabat, una relación privilegiada, una amistad estratégica, un horizonte de confianza, así España puso la sonrisa y Marruecos conservó las cartas dirigiendo la partida.
Desde entonces, cada tensión fronteriza recuerda quién juega realmente la partida y quién simplemente espera el siguiente movimiento del adversario, ya no existe diplomacia, existe una extraña versión del síndrome de Estocolmo aplicada a la política exterior. Nos convencen de que cualquier gesto de firmeza sería una provocación. Que defender nuestras posiciones resulta inconveniente, que exigir respeto puede molestar al moro, que levantar la voz deteriora las relaciones, que no existen. Traducido al castellano de toda la vida significa algo mucho más sencillo, mejor callar y asumir como borregos ante el enemigo. Y callando llevamos demasiado tiempo, desde Zapatero y sobre todo, desde Sánchez.
Lo verdaderamente extraordinario no es la habilidad política de Mohamed VI. Los reyes gobiernan para defender los intereses de su país, lo extraordinario es contemplar cómo el Gobierno español parece sorprenderse cada vez que descubre que Marruecos también defiende los suyos, como si hubieran confundido la política internacional con un retiro espiritual. Pero el esperpento no termina ahí.
Mientras media España debate sobre conspiraciones israelíes, Estados Unidos, satélites secretos y operaciones del Mossad dignas de Netflix, nadie parece reparar en un detalle elemental. Las fronteras españolas han vuelto a convertirse en noticia, otra vez. La palabra “otra” debería preocupar bastante más que la palabra “Israel”, los problemas estructurales tienen la mala costumbre de repetirse, cuando se repiten una y otra vez dejan de ser accidentes para convertirse en síntomas de debilidad y deficiencia.
Sin embargo, el Gobierno responde exactamente igual que siempre. Comunicados. Declaraciones cuidadosamente medidas y manipuladas por embusteras. Llamadas a la cooperación y la solidaridad, confianza, prudencia, diálogo. La diplomacia española ha reducido su vocabulario a un manual de autoayuda, pero de mierda contemporánea. Mientras tanto, la frontera continúa siendo frontera, por desgracia, no se protegen con frases motivacionales, y además existe un silencio especialmente incómodo. El del Rey.
Cada vez que Ceuta y Melilla atraviesan momentos de especial tensión, una parte importante de la sociedad espera un gesto institucional que simbolice la presencia permanente del Estado, su implicación, su salvaguarda y seguridad, pero no aparece…. No se trata de intervenir políticamente, o SÍ, se trata de representar, porque la Corona, precisamente, simboliza la continuidad del Estado allí donde la política cotidiana cambia de manos. Cuando ese gesto no llega, el vacío también comunica, y en política los silencios pesan tanto como las palabras. Mucho más cuando enfrente existe quien interpreta cada ausencia como una oportunidad, mientras tanto, el debate público sigue entretenido buscando marcianos con estrella de David. El antisemitismo moderno ha descubierto un truco extraordinario. Ya no necesita panfletos, ni uniformes, ni consignas del siglo XX.
Le basta convertir a Israel en el responsable automático de cualquier crisis internacional. Resulta cómodo. No obliga a pensar. Y permite construir culpables instantáneos. Lo paradójico es que quienes durante años defendieron fronteras abiertas, regularizaciones masivas y el “papeles para todos”, descubren ahora horrorizados que la inmigración también puede utilizarse como instrumento de presión política. La sorpresa casi produce ternura, es como descubrir que el agua moja.
El verdadero esperpento no reside únicamente en una contradicción, reside en la extraordinaria facilidad con la que el sanchismo consigue señalar culpables cuando éstos viven lejos y practicar el silencio cuando el asunto exige incomodar a un vecino poderoso. Con Israel no existe prudencia, pero con Marruecos sobra delicadeza. Con la oposición abundan los discursos épicos, con Rabat proliferan las palabras suaves. Debe de ser eso que llaman política de Estado o política de agachar la cabeza ante Marruecos. Quevedo escribió que “nadie ofrece tanto como quien no va a cumplir”. Pedro Sánchez parece decidido a demostrar la segunda parte del aforismo. Prometió firmeza, estabilidad y respeto internacional y somos el paria de Europa. Hoy España contempla cómo cada crisis vuelve a colocar nuestras fronteras en el escaparate mundial mientras el Gobierno insiste en que todo marcha razonablemente bien. Quizá el problema es que para algunos gobernar consiste en controlar el relato, pero no la realidad y está, siempre termina regresando, aunque la oculten detrás de un comunicado o la disfracen de conspiración internacional, la conspiración nace del propio gobierno y es contra los españoles, a tenor de los hechos. Aunque culpen al Mossad, a la CIA, a Marte o a la comunidad intergaláctica de Alfa Centauri. Las fronteras siguen donde estaban, la soberanía también y los ciudadanos distinguen perfectamente cuándo un Gobierno transmite autoridad y cuándo transmite resignación. Al final, España continúa instalada en el gran teatro nacional del esperpento.
Siempre existe una conspiración exótica. Siempre aparece un culpable universal. Todo… con tal de no mirar de frente al vecino que llama a la puerta, bueno que intenta tirarla abajo. Las conspiraciones venden audiencia y más con un ejército de miserables pseudos periodistas en nómina de Moncloa. Las fronteras, cuando dejan de inspirar respeto, terminan recordándonos que la soberanía nunca se pierde de golpe, se va marchando poco a poco. Primero entre silencios y después entre excusas, finalmente entre aplausos de quienes confundieron la prudencia con la rendición.
Mientras el vecino, Marruecos afila el sable mientras aquí seguimos discutiendo el color de la empuñadura. Hay un detalle que convierte este episodio en algo mucho más inquietante que un simple incidente fronterizo. Mientras España lleva años entretenida en las guerras culturales, las comisiones parlamentarias, el marketing institucional y el relato del “todo va bien”, las libertades y los derechos de homosexuales, las deficiencias en las leyes y los relatos corruptos de una familia natural y política delincuente, son hechos, y demás estupideces de cuento, Marruecos ha hecho exactamente lo contrario, prepararse.
Desde la crisis de Perejil, Rabat ha invertido decenas de miles de millones de dólares en modernizar sus Fuerzas Armadas. F-16 de última generación, helicópteros Apache, sistemas HIMARS, drones, guerra electrónica, defensa antiaérea, inteligencia satelital y una creciente cooperación militar con Estados Unidos e Israel que forman parte de una estrategia sostenida durante más de dos décadas. No es una improvisación, es una política de Estado.
Lo verdaderamente revelador no es que lo diga un periódico, sino que lo advierta un estudio de la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas, la superioridad militar española, que durante años actuó como elemento de disuasión frente a las aspiraciones de Rabat sobre Ceuta y Melilla, ya no puede darse por descontada. Los propios análisis militares insisten en la necesidad de mantener la modernización y la capacidad de disuasión, y recuerdan que el respaldo automático de aliados como la OTAN o la Unión Europea no puede presumirse en cualquier escenario, menos en este fronterizo.
La historia enseña que los Estados no suelen respetar las buenas intenciones, sino las líneas rojas creíbles. Y cuando esas líneas empiezan a difuminarse entre cesiones diplomáticas, mensajes ambiguos y una preocupante ausencia de firmeza política y militar, el vecino interpreta el silencio como una invitación, no como una advertencia. Mientras Rabat lanza satélites, España lanza comunicados. Ellos compran capacidad estratégica, nosotros acumulamos ruedas de prensa con una ministra lamentable por su ridiculez y con un "ministre" miserable por su promiscua extravagancia, déspota y perniciosa. Allí planifican a veinte años, aquí se gobierna mirando la encuesta del viernes, entre tanto, Ceuta y Melilla siguen siendo frontera de Europa… aunque algunos parezcan recordarlo únicamente cuando las imágenes ya ocupan las portadas y a pesar de Italia.
Porque la peor derrota no comienza cuando el adversario cruza la frontera. Empieza mucho antes, cuando un país deja de proyectar la voluntad de defenderla. Cuando un Gobierno dedica más empeño en buscar al culpable en Marte que en mirar al vecino que empuja la puerta, la invasión deja de ser una amenaza y empieza a parecer una política de Estado.
Andrés Hernández Martínez