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HOY ME TOCA LLORAR A MI, Andrés Hernández

HOY ME TOCA LLORAR A MI

 

Alguien me habló de la fuerza, de que las personas fuertes sonríen con el corazón roto, lloran con la puerta cerrada, a escondidas, y además pelean batallas de las que nunca nadie se entera y, además, todo lo envuelven en una sonrisa de paz y tranquilidad, y esa era mi hermana mayor Quiteria, otra madre, como así lo era mi siempre y permanentemente recordada madre, que hizo junto a ellas las mayores, de una familia un nicho de entereza y comunión, herencia que hoy intentamos legar. Es triste la desdicha de su ausencia, no fueron fáciles los principios en años de escasez y penurias, en los de deficiencias implícitas y transgresiones allá por la mitad del siglo pasado, nada fácil fue esta vida para una generación que nos lo ha dado todo, nos han hecho más grandes desde su humildad, más ricos moralmente desde su ejemplo honesto y más responsables desde su anhelo y ejemplo diario, pero el tiempo pasa factura y la terrible ausencia se manifiesta.

  No solo la vida se lleva la implacable parca, su fugaz pero cruel e ingrávida apariencia se ha llevado un trozo de la savia de mucha gente, de una parte del alma de la familia, de esa siempre madre de hijos, de hermanos, de nietos y de sobrinos, quizás la esencia de la vida es que el tiempo nos castigue así, maldiciendo la cruel providencia, no tengo duda de la existencia de Dios, pero sí de la justicia divina, al menos no la entiendo y no me resigno a comprenderla ni asumirla.

Una mañana vino a visitarte Dios para llevarte con Él sin saber el dolor que causaría, quizás era el momento, yo sólo sé escribir reflexiones y sentimientos y además mal, y quisiera definirte en una sola palabra, y esa es “fuerza”, incluso para irte has sido discretamente fuerte y por sorpresa, como las grandes artistas, aquellas que leías en revistas semanales con glamour y atractivo, aquellas de princesas jocosas y de aquella sociedad atractiva, esas que aún recientemente intercambiabas como ni otra madre, hoy seguro que ocupas merecida portada junto a aquellas divas en ociosos momentos que disfrutabas arropando esa siempre sonrisa amable y callada,  esa si era de revista y fotógrafo, la del esfuerzo y el sacrificio, ese que nunca hemos sabido valoraros a ti y a vuestra generación, habéis hecho que el resto llegáramos con el camino hecho, fácil y sobre todo que no hemos sabido agradeceros, simplemente intentado evitaros malestares y sinsabores producto del soberbio egoísmo humano, pero que consuma el respeto y la admiración de todos.

 Has sido discreta haciendo el bien, nunca preguntaste, solamente actuaste y encima sin darle importancia. Siempre tuve la sensación de que no estaba a tu altura vuestra, a la altura de ninguno de los cinco, porque era difícil alcanzaros, por muy inteligente que creamos ser producto de la innata estupidez, siempre estaba y estoy lejano, y al decirte el último adiós casi inerte, esa sensación era una realidad tangible, y que orgullo, hoy me toca llorar a mí, hoy he de lidiar con mi batalla, pero como nos enseñasteis, manteniendo la naturalidad en nuestra casa y en nuestra familia.

 Heredamos valores en nuestra familia que hemos trasladado a nuestra descendencia, valores de compromiso, responsabilidad, esfuerzo y sacrificio que os han hecho irremplazables e inolvidables, perpetuas, y no precisamente de bienes materiales, sino que, al contrario, has dejado igual que el resto que hoy te acompañan, una inmensa herencia de hechos solidarios, honestos y dignos de ensalzar en la creencia cristiana que han desbordado todos los sentimientos posibles, respeto y servicio al prójimo, eso sí, siempre discretamente. Pienso, en tu camino a tu lugar eterno, que tu corazón ha crecido durante muchos años al compás que tu alma y voluntad, y ya, tu propio cuerpo no pudo acoger tanta gracia. Consuelo o consternación, pero al cabo, esa es la única realidad posible que justifique tan elevada e injusta pérdida, pero implacable.

Hemos vivido muchas alegrías juntos, muchos veranos entonces adornados de caballitos y estrellas de mar, muchas visitas esporádicas en lo que era casi lugar de culto y peregrinación en pleno centro, tu casa, nuestra casa, ese austero y oscuro por cartagenero zaguán junto a las escaleras acaracoladas en la calle San Fernando, pero también demasiadas desgracias juntos, pero siempre había una figura que me mantenía la serenidad necesaria en cada momento, Antonio, José Luis, siempre tenía a quien mirar y de quien recibir esa palabra serena y sin querer, así, como natural, muy meditada, que también perdí, y ahora con tu ausencia me he dado cuenta que he tenido que, desde mi soledad enmascarada, ocuparla.

  Como les dije a ellos. Sé que allá en el cielo, estáis todos, cada vez más, en la mesa del comedor preparando la comida del domingo, luego la sobremesa con aquellas ya frondosas bandejas de dulces y salados en esa mesa celestial recién llegados por grupos del aperitivo y con un sonajero de ollas de música de fondo, hoy ruego a Dios que no nos arrebate tan pronto como a vosotros de este jardín de congoja, es demasiado grande el desgarro que vuestra ausencia causa. Se que los lectores esperaban de mí una crítica política o social, llegará sobre Cartagena y muy dura, sin duda, pero hoy, el destino implacable ha vuelto a jugar con nosotros y se ha cruzado remitiéndonos a la verdadera y sustancial realidad del ser humano, la vida y la muerte.

Hoy me toca llorar a mí. Hoy por ayer han llorado los patios vacíos de La Milagrosa, Las Hijas de María. Hoy por ayer el cantante se ha quedado sin música y el poeta otra vez mudo, hoy por ayer hemos perdido a una gran mujer, a otra hermana, vencida por la muerte. Fuerte, sonriendo con el corazón roto, llorando a escondidas, siempre tras una puerta cerrada, peleando su última batalla de puntillas, a escondidas, callada.

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