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¡La nueva normalidad! , por Ramón Galindo

Y con esto poco a poco con el verano asomando la patita por debajo de la puerta, continuamos en esta desaguisada y mal llamada desescalada, donde nos quieren abocar a lo que «ellos» han decido que se llame «nueva normalidad» o mejor dicho a su normalidad. Pues la normalidad no es vieja o nueva, el tiempo no le afecta, las formas sí.
Una vez, un viejo de por estos campos (esto no lo he leído, me lo contó el hombre en cuestión) me dijo que uno de los animales más dañinos de por aquí es la zorra. Es de naturaleza cobarde y depredadora, ataca a otros animales más débiles, siempre a los recién nacidos de cabras y ovejas, pero nunca se atreve con los de su tamaño ni con los perros pastores o de guarda, a los que evita.
La raposa por las noches violenta los gallineros, pero no se conforma con matar a la gallina que se va a comer, las mata a todas y luego se arrastra hasta su madriguera la que más le guste para dar cuenta de ella. Si te la encuentras por el campo te huye, en su hábitat nunca hace cara al hombre. A veces algunas noches, vemos el brillo de sus ojos cuando cruzan por la carretera y apenas nos dejan ver su llamativa cola cuando ponen pies en polvorosa. Y nos engañan con su bonito pelaje y su elegante y fino aspecto de inocente animalillo, que en realidad esconde su verdadero instinto de alimaña.
Pero si el campesino o el pastor la arrincona en un callejón sin salida, el bicho le da la espalda a la pared y sus garras y su potente dentadura se convierten en unas armas muy agresivas para el hombre. Tal es su dañina presencia, que su nombre se utiliza en forma de despectivo apelativo en los humanos.
Todo lo contrario que el noble y fiel perro, que protege al hombre, que le ayuda en sus tareas, y que cuando hace una trastada y recibe una reprimenda, la acepta con resignación e incluso instantes más tardes vuelve junto a su amo o mejor dicho compañero, que es como a mi me gusta llamar al dueño de perro, y se le acurruca a sus pies como diciéndole «no te preocupes que no lo volveré a hacer».
Me gusta escuchar estos relatos de «viejos del lugar» como este del Tío Pepe, que así se llamaba el anciano, y que agarrado a su cayado sentado sobre una piedra, de esas de amojonar, una vez me contó que no sabía leer ni escribir muy bien, y que su sabiduría la adquirió en la normalidad de la vida, una normalidad sin tiempo, ni viejo ni nuevo, que el «Tío Pepe el del taxi» como así era conocido, me trasmitió, mientras que con su ya poco ágil brazo y el dorso de su mano muy marcado por las manchas de senectud, continuamente trataba de espantar una mosca que no paraba de intentar posarse en la afilada y colorada punta de su despellejada nariz, o en sus pobladas y blanquecinas cejas, en las que se apoyaba la roída badana de una boina negra, con el rabito casi deshilachado, algo sucia y muy gastada. Y así, con su eterna colilla de picadura de tabaco liado, con el papel sin filtro casi pegado en el agrietado labio inferior, que al unísono se movían, y que con su insistente chisquero de mecha naranja, que casi de continuo, con un certero restregón, hacia girar la ruleta con la palma de su mano, para la mantener prendida la lumbre del cigarro. Me contaba sus vivencias y sus recuerdos de la mili en Larache, con sus embarques en Tánger y que aún recordaba haber visto por primera vez en su vida, una festejo taurino en la plaza de toros de Tetuán.
El tío Pepe, de niño había sido pastor, de joven había trabajado como labrador y entre cosecha y cosecha hacía labores de salinero en las salinas cercanas a Cabo de Palos.
Como su familia (como él decía) «no era pudiente» y no pudieron pagar la bula, sirvió dos años de mili en África, y después, ya talludito vivió la Guerra Civil y la postguerra, finalizo su vida laboral conduciendo lo que primero se llamó un coche de alquiler y luego un taxi, y y aunque no usaba reloj y seguramente no llegó a conocer los teléfonos móviles, levantaba la vista hacia el sol, y con sus vidriosos y cataráticos ojos, sabía perfectamente la hora que era, y cuando tenía que levantarse de aquella piedra desde la que le gustaba platicar con los que por allí pasábamos. Se volvía en un lento caminar, dejando ver su desgastado traje negro de gruesa pana, con remiendos de rodilleras y culeras, que era el que a él le gustaba, hasta llegar a la cercana casa de su hija, que lo cuidaba, y aunque ella le compraba otras ropas, él ya no quería cambiarse de atuendo, excepto los domingos cuando su hija lo obligaba para ir a misa.
El Tío Pepe también sabía cuando iba a llover o a que hora amainaba el viento de lebeche, al igual que no conoció muchas de estas modernidades, tampoco oyó hablar de las residencias de ancianos, excepto de las de las de los pobres de los que cuidaban las monjas.
D. José «Pepe el del taxi» que es así como constó en su esquela, falleció siendo muy viejo en una normalidad que no era vieja ni nueva, era sencillamente NORMALIDAD.
El tío Pepe me enseñó que la normalidad es siempre la misma, para el trabajador seguir trabajando y para la zorra continuar matando gallinas, que aunque no se las coma su instinto le parece ser su normalidad.
Y hoy, no muy lejos de aquellas salinas, donde el Tío Pepe curtió su piel y enrojeció su nariz para siempre, en esta incómoda vuelta a la «nueva normalidad» <<quizás de las zorras>> entre los aromas del café de la sobremesa, enciendo el puro de los domingos, un canario de los sencillos y más baratos! que a vuestra salud y a la suya y en perjuicio de la mía! aprovecho para enviaros un fuerte abrazo a amigos y familiares.

Ramón Galindo.

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