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LOS ATARDECERES DE SEPTIEMBRE

LOS ATARDECERES DE SEPTIEMBRE

Hace mucho tiempo que no planifico las cosas. Porque me he dado cuenta de que todo fluye. Por eso esta mañana de septiembre al despertar, sentí ese fresquito dulce que se posaba en mí y acariciaba mi cuerpo descansado, tranquilo. Cogí mi taza de olvidada durante todo el verano y abrí mi portátil.

Y aquí estoy, entre el silencio y el susurro tímido de las hojas de las palmeras que despiden a los últimos turistas, esos que inician su paseo matutino en un barco turístico por toda la costa.

La mirada se me pierde en la ventana abierta que echaré de menos cuando llegue a la ciudad de edificios altos, de coches que tocan el claxon nerviosos por el ritmo frenético que marcan las agujas del reloj.

Desde mi ventana soy observadora del ir y venir de los barcos pesqueros tras una jornada de trabajo dura, a los que a su llegada a puerto, nunca les falta una sonrisa para mí.

Este septiembre de atardeceres apresurados viste el cielo de colores anaranjados, para disimular un otoño cercano.

Todavía puedo sentir las risas, los chapoteos, los pasos rápidos por el paseo marítimo para llegar pronto a ese aperitivo improvisado junto al mar con los amigos de siempre.

Con la pandilla de la playa, esa que permanece intacta aunque hayan pasado casi cuatro décadas. Me gusta observarnos, porque los años nos han tratado bien, porque seguimos ahí cada uno con una historia que nos ha limado el carácter de la niñez, pero que no ha borrado nuestra esencia.

La risueña, la soñadora, el que cuenta las historias de manera exagerada, la reservada, el guaperas, la que un día volvió y fue una sorpresa agradable para todos, y la que no se conforma con lo bueno, si sabe que hay algo mejor.

¿Recordáis cuando se escribían cartas?  Todavía tengo ese olor impregnado en mí, de ese estanco especial donde compraba sobres y sellos y una libreta para apuntar las direcciones de todos mis amigos aquellos días de septiembre.

Nos sentábamos sobre un muro del paseo, junto a la playa, y allí actualizábamos teléfonos que seguían siendo los mismos, pero que nos gustaba volver a escribir con ese bolígrafo nuevo con el que empezaríamos el colegio. Nos dábamos un abrazo grande y prometíamos escribirnos para contar si al final aquel chico guapo nos había mirado desde la ventana del autobús, o si nuestro grupo favorito había sacado una nueva canción.

En ese mismo estanco de olor a infancia, comprábamos el especial septiembre de nuestras revistas preferidas. Ragazza siempre venía con algún regalo adicional, una máscara para pestañas que nunca utilizabas, o un neceser para guardar tus cosméticos de otoño, aunque en aquel momento, lo máximo que guardábamos en él era la crema para el acné.