Opinión

Montanaro: ESPAÑA SEGÚN ZAPATERO, LUJO, FANGO Y PROPAGAND

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro: ESPAÑA SEGÚN ZAPATERO, LUJO, FANGO Y PROPAGAND

ESPAÑA SEGÚN ZAPATERO, LUJO, FANGO Y PROPAGANDA

Hay países que se toman la política como una cuestión de Estado. España no. España la convirtió hace años en una mezcla entre patio de vecinas, reservado de marisquería y casting permanente de supervivientes con coche oficial, una basura, vamos. Aquí no se asciende por mérito, sino por capacidad pulmonar para inflar globos propagandísticos mientras el barco hace agua y la orquesta toca pasodobles institucionales subvencionados.

Y ahí estamos otra vez, no hay cuartel. Otra vez el hedor. Ese perfume nacional compuesto de sudor ministerial, moqueta húmeda, colonia cara de asesor y pescado olvidado al sol del puerto. Ese olor inconfundible que aparece siempre cuando un Gobierno empieza a parecer más una productora de Torrente que un Consejo de Ministros y Ministras y “Ministres” como es el caso.

“Esto es una vergüenza grasienta, pegajosa, casposa, enferma, como sentarse en una silla de terraza de chiringuito después de agosto y llena de mierda. Una vergüenza vieja, nacional y, además, demasiado reincidente.”

Todo acaba de empezar, dicen los prudentes, ya se alumbraba la calle dicen los entendidos, o apuntaba maneras... También empezó así el Titanic, una pequeña rozadura, luego un hielo insignificante, una anécdota náutica. Después ya sabemos, los violinistas tocando mientras media élite corría con los bolsillos llenos hacia los botes salvavidas y perecían. Porque una imputación no es plato de gusto para nadie. Para un expresidente del Gobierno de España, menos todavía, ¿era consciente del legado que representa, o la soberbia socialista lo anegó? ¿Qué justificación hay para los españoles que llevamos años tragándonos discursos sobre ejemplaridad democrática?, mientras, alrededor brotaban y brotan familiares estratégicamente colocados, amigos milagrosamente enriquecidos y fontaneros políticos convertidos en aristocracia del trinque, pues da vergüenza. Pero ya ni siquiera una vergüenza noble, de esas que sonrojan. Esto es una vergüenza grasienta, pegajosa, casposa, enferma, como sentarse en una silla de terraza de chiringuito después de agosto y llena de mierda. Una vergüenza vieja, nacional y, además, demasiado reincidente.

El problema no es únicamente lo que pueda probar un juez. El problema es el paisaje, es el podrido ecosistema, es el barro permanente donde chapotean todos con la tranquilidad del cerdo feliz en la charca. La sospecha ya forma parte de la decoración institucional española como las banderas detrás del atril o las fotos oficiales retocadas hasta parecer filtros de funeraria digital. Y lo más extraordinario es la normalidad con la que todo se acepta.

Uno aparece con un máster imaginario, otro presume de títulos más falsos que un Rolex vendido en una topmanta de Benidorm. Aquel sinvergüenza con entorchados de ministro colocó a la novia. El otro a la esposa. El de más allá al primo, al cuñado, a la amiga íntima, al sobrino con vocación pública de cobrar sin aparecer demasiado por la oficina, el hermano que no sabía ni dónde trabajaba. Y así, entre familiares, amantes, conseguidores y porteros de discoteca elevados a próceres de la patria, se ha construido la gran arquitectura moral del sanchismo, una mezcla de telebasura premium y comité revolucionario con catering.

Hay que reconocerles algo, han democratizado el exceso por no decir, naturalizado. Antes la corrupción española tenía cierto decoro provinciano, como en Cartagena. Un constructor, una bolsa de basura llena de billetes, un alcalde con puro y barriga de percebe, Todo más analógico que digital, muy de cuñado autonómico "pepero" su me apuras como en Murcia. Ahora el deterioro moral viene con marketing, perspectiva de género, historias de Instagram o Facebook y vídeos en TikTok con música épica, toscos, eso sí.

La vieja España del sobre marrón evolucionó hacia la España del networking progresista con marisco institucional. Mientras tanto, el ciudadano contemplando el espectáculo desde abajo, pagando impuestos como quien alimenta una reserva natural de depredadores protegidos. Porque ellos jamás tienen suficiente. Se atiborran del poder con la ansiedad del nuevo rico que cree que el banquete puede terminar mañana, en una suerte de ansiedad por robar y delinquir.

“El problema siempre es de quien se atreve a abrir la ventana para que entre aire fresco en cualquier estancia de la Moncloa o Ferraz.”

Viajan con cortes casi bizantinas, de eso en Cartagena sabemos mucho a nivel municipal y no por Bizancio. Vacaciones selectas. Hoteles donde el precio por noche equivale al sueldo mensual de quien les sirve el desayuno, desfachatez socialista. Compras obscenas. Coches oficiales para recorrer veinte metros, aviones para recorrer 50 kilómetros. Gambas y cigalas. Jamón del bueno, del de 500 euros. Vinos imposibles. Caviar para los defensores de la igualdad obrera. Y luego el discurso social. Siempre el discurso social pronunciado con la boca todavía manchada de salsa de bogavante, sinvergüenzas.

Esa es la verdadera revolución española, convertir la hipocresía en alta gastronomía, alrededor de un aparato mediático justificándose todo con la obediencia de una tuna subvencionada, o cuarentuna, o sesentuna. Que si la ultraderecha, que si el fango, que si los bulos, que si la máquina del odio... El problema nunca es de ellos, nunca el hedor y nunca el vertedero moral que dejan tras cada escándalo, y uno mata informativamente a otro. El problema siempre es de quien se atreve a abrir la ventana para que entre aire fresco en cualquier estancia de la Moncloa o Ferraz.

Pero el olor está ahí y los hechos, aunque joda la realidad a los progres sectarios. Es el olor a despacho cerrado después de un registro policial o, a disco duro desaparecido. A mensajes borrados de madrugada con la complicidad de la noche, a llamadas nerviosas entre asesores, a secretaria que “no recuerda” nada, a chófer que “desconoce” las direcciones o destinos. A empresario patriota especializado en adjudicaciones con denominación de origen ministerial. España empieza a parecer un país gobernado por secundarios de película quinqui con ínfulas de aristocracia intelectual, Si el Vaquilla levantara la cabeza…

“Los revolucionarios republicanos españoles jamás se imaginan a sí mismos viviendo modestamente, eso queda para el votante. Ellos necesitan moqueta, coche negro, guardaespaldas, hoteles caros y restaurantes donde el camarero pronuncie “carpaccio” como si estuviera recitando a Dante, pero en su infierno.”

Ahí están los nombres desfilando como personajes de una novela picaresca escrita por Valle-Inclán después de tres gin-tonics, de Cubalibres ni hablamos, Zapatero convertido en una especie de embajador planetario de cualquier régimen sospechosamente generoso. Ábalos, que parecía el portero filosófico de una discoteca de carretera ascendido por error a ministro imperial. Cerdán y toda esa fauna de intermediarios, comisionistas, fontaneros y monaguillos del poder que entran pobres en política y salen convertidos en expertos internacionales en patrimonio inmobiliario y con la CC llena. Siempre la misma estética del exceso hortera, como su derivada en Cartagena.

Los revolucionarios republicanos españoles jamás se imaginan a sí mismos viviendo modestamente, eso queda para el votante. Ellos necesitan moqueta, coche negro, guardaespaldas, hoteles caros y restaurantes donde el camarero pronuncie “carpaccio” como si estuviera recitando a Dante, pero en su infierno. El poder en España no se ejerce: se consume, como una droga y de esto también saben. Quizá por eso ya nadie dimite de verdad, dimitir sería admitir que existía un límite moral y hace mucho tiempo que la política española decidió vivir sin frenos, sin pudor y sin espejo y claro, sin moral alguna.

Lo que más fascina es la obscenidad pública con la que se exhibe todo. Amantes oficiales extraoficiales. Relaciones personales turbias convertidas en secreto a voces. Prostitutas orbitando ministerios como satélites presupuestarios. Conseguidores entrando y saliendo de despachos públicos como camareros de confianza. Y luego, cuando alguien pregunta, aparece inmediatamente el gran escudo nacional, “la vida privada”. Magnífico concepto, como la nueva muralla de Carlos III Cartagena levantada para proteger el desenfreno institucional.

“Antes, los corruptos al menos aparentaban cierta vergüenza, los Roldan, Guerra, Besteiro, Sala y demás… Ahora posan y dan lecciones, publican libros y reparten moralina desde platós y tribunas mientras abogados, asesores y periodistas de confianza intentan contener las grietas del decorado de cartón piedra.”

Resulta enternecedor escuchar hablar de privacidad a quienes convierten cada minuto de su existencia en propaganda política, cada desayuno en un relato ideológico y cada gesto en campaña electoral y como coartada permanente. Pero claro, la privacidad empieza exactamente donde comienzan las facturas incómodas y mientras tanto, el país agotado, consumido, destrozado, empobrecido y estafado. Porque lo peor no es únicamente la sospecha de corrupción. Lo peor es el deterioro espiritual, perdón por el misticismo. Es la sensación de que toda la política española se ha convertido en un mercadillo gigantesco donde se compran voluntades, se venden principios y se subastan lealtades por un cargo menor y un coche híbrido. Ya ni siquiera hay épica, por resumir.

Antes, los corruptos al menos aparentaban cierta vergüenza, los Roldan, Guerra, Besteiro, Sala y demás… Ahora posan y dan lecciones, publican libros y reparten moralina desde platós y tribunas mientras abogados, asesores y periodistas de confianza intentan contener las grietas del decorado de cartón piedra. España ha terminado gobernada por una mezcla improbable de “influencers” ideológicos, burócratas con delirios napoleónicos y pícaros profesionales con acceso a presupuesto público y a robar. Quizá lo más terrible sea que ya casi nadie se sorprende.

La corrupción ha dejado de ser excepción para convertirse en clima natural de primavera y verano, en atmósfera bucólica otoñal. En una humedad institucional invernal que lo impregna todo. Nadie cree del todo en nadie. nadie espera limpieza, porque los limpiadores son peores que los limpiados. Solo se discute quién roba menos, quién miente mejor o quién controla más eficazmente el aparato propagandístico del régimen autoritario.

La democracia española se parece cada vez más a una cena de antiguos alumnos donde todos saben demasiado de todos y nadie quiere que se enciendan demasiado las luces. Por eso esta historia da miedo, aunque acabe en nada judicial, mucho me temo, enlazando intereses e indultos no me gusta el proceso salvo por la fiscal del caso, que visto de quién es la Fiscalía puede sucumbir al empeño... Porque incluso aunque no hubiera condenas, aunque no prosperara una sola causa, aunque todo terminara archivado entre tecnicismos y agotamiento ciudadano, el daño ya está hecho y nadie quiere verlo de los que se supone tiene responsabilidad.

“Ojalá salgamos de esta ciénaga. Ojalá exista todavía una posibilidad de regeneración política real. Pero viendo el panorama, cuesta ser optimista.”

El prestigio destruido no vuelve y la confianza triturada no se recompone con ruedas de prensa ni con argumentarios enviados por WhatsApp a medianoche. Contemplamos a todo el aparato cerrando filas alrededor del líder con esa devoción entre religiosa y mafiosa tan típica de los partidos españoles. Nadie vio nada, nadie sabía nada, nadie sospechó nada. Debió de ser el Espíritu Santo adjudicando contratos y organizando relaciones peligrosas. España entera convertida en un episodio interminable de esperpento nacional de valle Inclán, o de Baroja, eso que ignoran neutros ilustres ignorantes políticos.

Ojalá salgamos de esta ciénaga. Ojalá exista todavía una posibilidad de regeneración política real. Pero viendo el panorama, cuesta ser optimista. Para regenerar algo primero hay que admitir que está podrido y nadie reconoce desde dentro el hedor de nuestra política y de nuestros políticos. Y aquí seguimos discutiendo si el olor insoportable que sale del frigorífico institucional es culpa del pescado… o de quien se atreve a decir que apesta.

Mientras España se desangra entre sumarios, tertulias y ministros con sonrisa de catálogo dental, ahí sigue José Luis Rodríguez Zapatero, convertido ya no en expresidente, sino en una especie de patriarca espiritual del relativismo patrio, un gurú del humo institucional capaz de hablar de democracia con la misma serenidad con la que un pirómano comenta el tiempo frente a un bosque ardiendo. Qué prodigio nacional, pasar de líder político a embajador oficioso de cualquier régimen dictatorial con chequera generosa y aplauso fácil. España, mientras tanto, observa agotada cómo la ética se subasta al peso y la corrupción ya ni escandaliza, apenas forma parte del paisaje, como las palomas, los socavones o los discursos vacíos del 12 de octubre.

 

Andrés Hernández Martínez

 
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