Desde la Maestranza. LA ESTUPIDEZ ANDALUZA. CUANDO EL MIEDO AL QUÉ DIRÁN PESA MÁS QUE LAS URNAS
LA ESTUPIDEZ ANDALUZA. CUANDO EL MIEDO AL QUÉ DIRÁN PESA MÁS QUE LAS URNAS
Hay una extraña enfermedad que afecta a una parte del Partido Popular. No produce fiebre, ni tos, ni requiere antibióticos., produce algo mucho más preocupante, la alergia a gobernar con quien comparte la mayor parte de su espacio electoral. El paciente andaluz más ilustre de esta dolencia responde al nombre de Juanma Moreno, y no, el problema no es que quiera negociar, negociar es política. El problema es ese empeño casi místico por demostrar, una y otra vez, que él no es como esos señores de Vox, que él es un conservador... pero simpático, un poco cantamañanas y bastante "lelo", surgido de la nada, del humo casuístico pepero. De derechas..., se supone, pero sin que se note demasiado, un dirigente que parece pedir perdón cada vez que alguien le recuerda quiénes son sus posibles socios parlamentarios. La escena resulta casi enternecedora, la izquierda le llama fascista y Vox acomplejado, claro, él decide que la mejor estrategia consiste en darle la razón... a la izquierda en una suerte de genialidad táctica, consigue hacer oposición a Vox incluso cuando necesita sus votos para gobernar, y eso tiene su mérito.
Imaginen, por un momento que un empresario necesita financiación del banco y, antes de entrar en la oficina del director, publica un artículo explicando que los bancos son unos usureros insoportables, y además se lo acompaña al director, no parece el mejor modo de empezar una negociación, pues ahí estamos, necesita a VOX, pero, aprovecha cada micrófono para explicar lo mucho que le incomodan sus planteamientos. Luego se sorprende de que las negociaciones se compliquen, quizás es un misterio de la política moderna.
Lo verdaderamente fascinante es el complejo permanente del PP. Llevan décadas aceptando el marco ideológico de la izquierda como si fuera la tabla de los mandamientos, la izquierda decide quién es demócrata y ellos asienten. La izquierda decide quién es moderado y ellos sumisos, la izquierda decide quién es extrema derecha y ellos acatan y comparten, disciplinado como un alumno aplicado, dedica la mitad de su tiempo a demostrar que ellos no son tan malos como dice la izquierda en una especie de síndrome de Estocolmo político.
Los votantes observan el espectáculo con una mezcla de desconcierto y hastío, una cosa es evidente, en un sistema parlamentario los gobiernos se construyen sumando mayorías. Mira la basura que es aliada de Sánchez, golpistas, poligoneras de esquina vascas, comunistas y asesinos terroristas, y así nos va, no es un capricho, parece ser la esencia del sistema, luego están los escrúpulos, la dignidad y la moral, perdidas en algún basurero entre Ferraz y Moncloa.
Obvio, cuando ningún partido alcanza mayoría absoluta, toca negociar, y negociar significa hablar con quienes tienen los votos que necesitas y estos en particular, no tiene delitos de sangre no son comunistas destructores de la Constitución y el Estado de Bienestar -excepto el suyo-, ni han intentado dar un Golpe de Estado..., ¿Qué los hace peor que los aliados de Sánchez?, ¿qué hace mejor a Iglesias que a Abascal? Han comprado el enfrentamiento y la polarización del dogma de la ideología comunista.
En España hemos conseguido convertir la aritmética parlamentaria en una cuestión moral, la ironía por decrépita resulta que pactar con unos es progreso y con otros es el apocalipsis, según la ideología. Si el PSOE pacta con independentistas, separatistas o partidos que llevan años cuestionando al Estado, eso recibe nombres elegantes, diálogo, pluralidad, cultura del pacto.
Si el PP negocia con Vox... Entonces llegan los editoriales dramáticos, las tertulias apocalípticas y los expertos profesionales en rasgarse las vestiduras, lo más sorprendente es que algunos dirigentes populares parecen creerse ese relato y Juanma Moreno insiste en advertir de que podría haber repetición electoral si no hay acuerdo, ¿un brindis al sol o un órdago? Resulta difícil tender la mano mientras con la otra señala públicamente al posible socio como si fuera un problema del que avergonzarse. Después llegan los discursos sobre la responsabilidad, pero la demagogia. La estabilidad y el interés general. Pero el interés general también exige asumir la realidad parlamentaria, con lo que las mayorías no se inventan y las urnas reparten escaños. Otra cosa es el caso que nos ocupa, si deciden respetar esa realidad o prefieren seguir representando una obra de teatro donde todos fingen escandalizarse por hacer exactamente aquello que exige el sistema parlamentario.
Especialmente llamativo resulta el debate sobre la inmigración. Cada vez que alguien plantea endurecer determinadas políticas migratorias parece activarse automáticamente la alarma antifascista. Numerosos países europeos han endurecido controles fronterizos, han reformado sus sistemas de asilo o han restringido determinadas prestaciones en los últimos años por razones de política migratoria y presión sobre sus sistemas públicos. Cuando el debate llega a España desaparecen los matices. Solo existen dos categorías, bueno y los monstruos. Una simplificación extraordinariamente útil para evitar discutir sobre políticas concretas, discutir exige argumentos y etiquetar solo necesita un adjetivo, donde parece estar atrapado Juanma Moreno, necesita convencer constantemente a los medios de que él pertenece al bando correcto, que él sí es moderado y que él sí cree en lo que consideran aceptable los árbitros del debate público, gracioso, como si gobernar consistiera en aprobar un examen de buena conducta organizado por la izquierda mediática.
Mientras tanto, Andalucía espera, los presupuestos esperan, las reformas esperan, las negociaciones esperan, pero lo importante parece ser que nadie pueda decir que Juanma Moreno ha cedido demasiado. Gobernar no consiste en coleccionar aplausos de quienes jamás van a votarte, sino en gestionar la realidad, y la parlamentaria es tozuda porque los números no entienden de complejos, no leen editoriales ni participan en tertulias. Simplemente suman o no suman.
Quizá el mayor problema del PP no sea Vox, ni siquiera la izquierda. Quizá el verdadero problema sea ese deseo casi patológico de caer bien a quienes llevan décadas convencidos de que cualquier gobierno de centroderecha es, por definición, sospechoso y todo en una batalla imposible, y como todas las batallas imposibles, solo sirve para desgastar a quien insiste en librarla.
La política española lleva demasiado tiempo instalada en el teatro de las apariencias, de lo absurdo y del esperpento De Valle Inclan, se dice una cosa para tranquilizar a unos, se negocia otra porque los números obligan y luego, se intenta convencer a todos de que la contradicción no existe. Sorprende que algunos dirigentes sigan actuando como si bastara una entrevista amable o un titular complaciente para borrar la evidencia.
Lo que resulta bastante menos comprensible es convertir al socio imprescindible en el enemigo público mientras esperas que firme la investidura con una sonrisa, ¿estrategia o política de escaparate? O, dicho con menos diplomacia, una forma especialmente sofisticada de tropezar siempre con la misma piedra. Y luego aparece María Jesús Montero para completar el espectáculo. La misma dirigente cuyo partido ha convertido los pactos con independentistas, nacionalistas y formaciones de extrema izquierda en una forma de gobierno pretende ahora dar lecciones a Juanma Moreno sobre con quién debe o no debe entenderse. Es decir, el PSOE que justificó cada cesión de Pedro Sánchez en nombre de la "gobernabilidad", el "diálogo" y la "responsabilidad institucional" exige ahora exactamente lo contrario al PP en Andalucía. Lo que en La Moncloa era un ejercicio de alta política, en San Telmo pasa a ser una amenaza para la democracia. La coherencia, una vez más, ha pedido la baja por depresión. Porque cuando Sánchez necesitaba siete votos, cualquier concesión era un acto de responsabilidad; cuando Moreno necesita los de Vox, resulta que negociar ya no es gobernar, sino vender el alma. La doble vara de medir del PSOE es tan descomunal que, si se utilizara para construir puentes, uniría Sevilla con Nueva York sin necesidad de pilares.
Andalucía, mientras tanto, contemplando cómo algunos dirigentes parecen más preocupados por demostrar que no son Vox que por explicar con claridad cómo piensan gobernar. Tal vez esa sea la auténtica estupidez andaluza, la de una parte de su clase política, empeñada en pedir permiso para gobernar a quienes nunca se lo van a conceder, los sociatas, los de los ERE, Formación, Invercaria, “fueraparte”, la actualidad socialista con más imputados, condenados, enjuiciados y procesados que alcaldes andaluces.
Hay algo todavía más desconcertante que la obsesión del PP por marcar distancias con Vox, comprobar cómo, en demasiadas ocasiones, esa distancia acaba acercándose mucho más al relato de Pedro Sánchez que al de aquellos votantes que, en teoría, deberían formar parte de su mismo espacio político, y luego los charcos de la estupidez dónde, tanto Moreno como Feijoo tienen una catedra…
Es el izquierdismo barato del PP contemporáneo, asumir el marco ideológico de la izquierda para que, con suerte, te llamen "moderado" con el objetivo de obtener un diploma de buena conducta expedido por la izquierda mediática.
Sorprende, por lo del charco…, que el Partido Popular haya rechazado iniciativas de Vox relacionadas con cuestiones identitarias o simbólicas, como la protección de las cruces o determinadas medidas orientadas a reforzar la defensa de la soberanía nacional, alegando que no eran oportunas o que respondían a una estrategia de confrontación, revela una tendencia que cada vez perciben más votantes, el miedo permanente a parecer demasiado de derechas, cuando un partido renuncia a defender determinadas posiciones no porque haya dejado de creer en ellas, sino porque teme el titular del día siguiente o el editorial del periódico de turno, deja de hacer política para empezar a hacer relaciones públicas, pero con un halo de demagogia que apesta.
Esa es la gran tragedia actual, asumir que el adversario principal no es el sanchismo, sino cualquier formación situada a su derecha, dedicar más energía a diferenciarse de Vox que a combatir el modelo político miserable de Sánchez, parece que la prioridad es agradar a quienes jamás les votarán en lugar de representar con claridad a quienes sí lo hacen.
El mensaje que envían es demoledor, cuando llega el momento de elegir entre defender convicciones o evitar que la izquierda les llame "fachas", demasiados dirigentes populares escogen siempre lo segundo, y así, resulta imposible construir una alternativa sólida.
Andrés Hernández Martínez