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Desde la Maestranza: Bonus track, LA LOZANA ANDALUZA, VERSIÓN SAQUEO DE HACIENDA. CRÓNICA DE UN VERDADERO ACCIDENTE LABORA

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Desde la Maestranza: Bonus track, LA LOZANA ANDALUZA, VERSIÓN SAQUEO DE HACIENDA. CRÓNICA DE UN VERDADERO ACCIDENTE LABORA

LA LOZANA ANDALUZA, VERSIÓN SAQUEO DE HACIENDA. CRÓNICA DE UN VERDADERO ACCIDENTE LABORAL.

Si La Lozana andaluza levantara hoy la cabeza, probablemente no pediría derechos de autor. Pediría directamente un ministerio, un Falcon compartido y una rueda de prensa sin preguntas. Porque lo que en el siglo XVI fue retrato descarnado de supervivencia, picardía y hambre, en la España contemporánea se ha convertido en doctrina política con presupuesto prorrogado y sonrisa de argumentario.

“Lo verdaderamente hipnótico es la devoción que despierta incluso entre quienes han padecido directamente algunas de las consecuencias de su gestión. Una fidelidad que ya no pertenece al terreno de la lógica política, sino al de la antropología emocional.”

La Lozana original, al menos, no engañaba a nadie. Jugaba sus cartas encima de la mesa, negociaba con descaro y sobrevivía sin pretensiones morales. La versión institucional de nuestros días, sin embargo, ha perfeccionado el género hasta límites de laboratorio sociológico, ahora el truco no consiste en ocultar la trampa, sino en conseguir que media clientela aplauda mientras le vacían el bolsillo. Y ahí emerge, entre cifras imposibles, discursos inflamados y una retórica que parece redactada en una pescadería a las seis de la mañana, la gran protagonista de esta novela picaresca versión BOE, María Jesús Montero. Mitad ex ministra, mitad pregonera de mercadillo ideológico, una figura que ha logrado algo extraordinario en política, convertir cada contradicción en una prueba de coherencia para sus fieles. La verdulera sí que es un verdadero y crítico “accidente laboral”, desestructurado, nocivo, estúpido y sobre todo miserable que sufrimos en este país los honrados españoles. ¿Qué podemos esperar de una reata de animales de carga?, este es el nivel de los ministros de Sánchez, analfabetos integrales, verduleras, payasos de feria, bufones de palacio, promiscuos especulativos…, un elenco, lo peor de cada casa. Visto el pastor así es el rebaño.

Lo verdaderamente fascinante no es su ascenso, el de un accidente laboral. En España cualquiera con resistencia pulmonar y capacidad para repetir consignas puede aspirar a escalar posiciones. Lo verdaderamente hipnótico es la devoción que despierta incluso entre quienes han padecido directamente algunas de las consecuencias de su gestión. Una fidelidad que ya no pertenece al terreno de la lógica política, sino al de la antropología emocional.

“La política sanitaria del “ya tiraremos” la implantó ella, aplicada con la alegría de quien cree que un hospital funciona igual que una tienda de ultramarinos o una verdulería”

Conviene recordar, aunque en Andalucía como en España la memoria política tenga la consistencia de un flan al sol, que hubo un tiempo en que esta misma dirigente dirigía la sanidad andaluza, aquello fue un experimento digno de estudio clínico, y no por revolucionario, sino por minimalista, aséptico y casi estúpido. Se descubrió entonces una nueva teoría de administración pública, la sanidad cuántica, cuantos menos recursos había, más insistían en que todo funcionaba.

“Andalucía volvió a exportar talento, tradición regional donde las haya. Antes se exportaban aceitunas y camareros, después y con ella, anestesistas y cirujanos. Todo muy innovador. Pero no pasó nada. Mejor dicho, pasó lo más español posible.”

Las reuniones eran un prodigio de burocracia ornamental. Mucha diapositiva, mucho PowerPoint, mucho tecnicismo y una obsesión mística por el ahorro. Pero no ahorro entendido como eficiencia, sino como deporte de riesgo. No contratar, no reforzar, no sustituir, no ampliar., y ahora critica…, con dos ovarios y muy poca vergüenza. La política sanitaria del “ya tiraremos” la implantó ella, aplicada con la alegría de quien cree que un hospital funciona igual que una tienda de ultramarinos o una verdulería. Se tiró de médicos agotados, de enfermeras saturadas y de profesionales que terminaron haciendo las maletas porque descubrieron que en otros lugares del planeta no consideraban el agotamiento extremo como una forma de patriotismo laboral.

“Y mientras tanto, nuestra Lozana contemporánea ascendía. De despacho en despacho. De plató en plató. De argumentario en argumentario. Como esas artistas de variedades que empiezan cantando copla en una verbena y acaban inaugurando congresos empresariales sobre innovación sostenible”

Andalucía volvió a exportar talento, tradición regional donde las haya. Antes se exportaban aceitunas y camareros, después y con ella, anestesistas y cirujanos. Todo muy innovador. Pero no pasó nada. Mejor dicho, pasó lo más español posible. El deterioro llegó lentamente, como llegan las humedades en las casas viejas. Primero una lista de espera absurda. Después una consulta imposible. Luego la dependencia creciente de la sanidad privada para tapar agujeros que oficialmente no existían, y que vuelve a criticar como si fuera con ella. Y finalmente el milagro político definitivo, convencer a miles de personas de que aquello no era consecuencia de una gestión, sino del clima, la herencia recibida o un dios griego retrógrado. En España el pasado nunca desaparece. Simplemente se archiva bajo la categoría “contexto”.

“Pero cuidado, no subestimemos el método. Detrás del caos aparente hay una técnica muy refinada, la del ruido permanente. En una época donde nadie escucha más de veinte segundos seguidos, ni lee más de dos renglones, el objetivo no es convencer, basta con saturar, confundir y fatigar.”

Y mientras tanto, nuestra Lozana contemporánea ascendía. De despacho en despacho. De plató en plató. De argumentario en argumentario. Como esas artistas de variedades que empiezan cantando copla en una verbena y acaban inaugurando congresos empresariales sobre innovación sostenible. Hay en ella algo de verdulera barroca, de comerciante metafísica del relato político. Habla como quien mezcla tomates con decretos, sandías con déficit público y berenjenas con soberanía fiscal. Todo al mismo tiempo y con una convicción tan absoluta que uno acaba dudando de si ha escuchado una rueda de prensa o una subasta de pescado. Sus intervenciones tienen estructura de tornado. Empiezan en financiación autonómica, pasan por la ultraderecha internacional pasando por la nacional, aterrizan en la justicia social y terminan acusando a la oposición de sabotear el universo observable. Todo ello sin respirar y con ese tono de quien cree sinceramente que subir el volumen equivale a ganar el debate, y si hay que sacar la lengua, se hace.

“Cuando se habla de privilegios fiscales, cesiones diferenciadas o negociaciones bilaterales cocinadas en reservados de restaurante, muchos andaluces sienten que el tablero está inclinado.”

Pero cuidado, no subestimemos el método. Detrás del caos aparente hay una técnica muy refinada, la del ruido permanente. En una época donde nadie escucha más de veinte segundos seguidos, ni lee más de dos renglones, el objetivo no es convencer, basta con saturar, confundir y fatigar. Convertir la discusión pública en un mercadillo donde nadie distingue una medida económica de una oferta de melones. Joder, y funciona. Especialmente cuando entra en juego la cuestión territorial, ese sudoku emocional que España nunca logra resolver sin terminar insultándose por comunidades autónomas. Ahí aparece otra vez la sensación incómoda de que algunos territorios juegan al póker con cartas marcadas mientras otros ponen el dinero y encima deben dar las gracias.

Cuando se habla de privilegios fiscales, de concesiones diferenciadas o negociaciones bilaterales cocinadas en reservados de restaurante, muchos andaluces sienten que el tablero está inclinado. Y no ayuda precisamente escuchar, cada cierto tiempo, ese viejo discurso con olor a naftalina sobre el andaluz subsidiado, vago o incapaz de sostenerse por sí mismo, cuando han despegado convirtiéndose en verdadero motor del país junto a Madrid.

Lo interesante no es que existan esos prejuicios. Siempre existirán idiotas con micrófono y en el social comunismo más. Lo interesante es el silencio posterior, ese mutismo calculado que en política suele equivaler a una media sonrisa diplomática, porque el silencio institucional tiene una peculiaridad, nunca es gratis. Alguien acaba pagándolo. Pero, aun así, la fidelidad permanece y ahí reside el gran misterio nacional. Hay que tener una fe casi mariana para seguir defendiendo ciertas gestiones como quien defiende al primo problemático o al cuñado gilipollas de la familia en Navidad. Da igual el balance, da igual la hemeroteca, da igual que la realidad entre por la puerta con una silla rota y las facturas ardiendo. Si es “de los nuestros”, entonces todo se relativiza.

“Hablando de traiciones, España ha conseguido otro prodigio contemporáneo, convertir la geopolítica en una tertulia de bar, pero de cagavinos.”

La política española ha dejado de parecerse a un debate democrático para convertirse en una hinchada futbolística con subvenciones. Ya no importa qué se hace ni cómo, sino quién lo hace. El votante se transforma en accionista emocional de unas siglas y cualquier crítica se interpreta como traición sentimental, el contrato electoral desaparece por un folleto de ofertas de un supermercado. Hablando de traiciones, España ha conseguido otro prodigio contemporáneo, convertir la geopolítica en una tertulia de bar, pero de cagavinos.

“España continúa ahí, entre tomates ideológicos, discursos reciclados y patriotismos de mercadillo, esperando que nadie pregunte demasiado por el precio real de la mercancía y montando un reality digno de telebasura con tentaciones o infidelidades por un desembarco

Aquí discutimos conflictos internacionales como quien debate sobre si el tomate “raf” está demasiado caro. Sabemos de todo, de alineamientos estratégicos, alianzas globales, equilibrios diplomáticos… Todo reducido a frases grandilocuentes pronunciadas con la profundidad intelectual de una servilleta manchada de café. La escena resulta magníficamente absurda, propia de Berlanga. Medio planeta hablando de seguridad internacional y nosotros actuando como una comunidad de vecinos discutiendo quién dejó abierta la puerta del garaje. Cada decisión exterior se vive como una mezcla de sainete, telenovela y concurso de improvisación.

Y mientras tanto, el ciudadano medio sigue atrapado entre el cansancio y la costumbre. Votando por inercia, por identidad o simplemente porque cambiar exige una energía emocional que ya se gasta pagando facturas. Quizá por eso, esta “Lozana Andaluza versión saqueo de Hacienda” sigue funcionando tan bien como metáfora, porque no habla solo de una dirigente concreta, sino de un país entero acostumbrado a convertir el relato en refugio y la memoria en estorbo. Al final, todo encaja demasiado bien en esta novela picaresca del siglo XXI, una protagonista que siempre cae de pie, un público que siempre perdona y un escenario donde el espectáculo importa más que el balance. Mientras tanto España continúa ahí, entre tomates ideológicos, discursos reciclados y patriotismos de mercadillo, esperando que nadie pregunte demasiado por el precio real de la mercancía y montando un reality digno de telebasura con tentaciones o infidelidades por un desembarco. Porque quizá esa sea la gran especialidad nacional, sobrevivir políticamente no gracias a los resultados, sino pese a ellos

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