Opinión

Desde la Repla: CARTAGENA. CRÓNICA DE UN DERRUMBE POLÍTICO ENTRE TRÁNSFUGAS, DEUDAS Y ASPIRANTES A ALCALDE DE SALDO

Plaza Toros Cartagena
Plaza Toros Cartagena
Desde la Repla: CARTAGENA. CRÓNICA DE UN DERRUMBE POLÍTICO ENTRE TRÁNSFUGAS, DEUDAS Y ASPIRANTES A ALCALDE DE SALDO

CARTAGENA. CRÓNICA DE UN DERRUMBE POLÍTICO ENTRE TRÁNSFUGAS, DEUDAS Y ASPIRANTES A ALCALDE DE SALDO

Hay crisis que no estallan, se arrastran. Se deslizan por los pasillos, se filtran en conversaciones a media voz y acaban instalándose como una niebla espesa que lo cubre todo. Cartagena lleva tiempo respirando ese aire viciado. Lo que en su día se vendió como estabilidad hoy no es más que una ficción sostenida por equilibrios imposibles, lealtades de quita y pon y una obsesión enfermiza por sumar votos en lugar de construir ciudad.

“La política municipal ha dejado de mirar a Cartagena para mirarse a sí misma en el espejo de la aritmética. Noelia haciendo un Sánchez…”

En el centro de esta escena se encuentra Noelia Arroyo, preside este escenario como quien intenta mantener en pie un decorado de cartón piedra en mitad de un vendaval. Durante meses vendió estabilidad como si fuera cemento armado, pero la realidad ha terminado pareciéndose más a un castillo de naipes sostenido por acuerdos de conveniencia, silencios incómodos y lealtades de saldo. Los famosos catorce pilares que le garantizaban la mayoría ya no son columnas, sino sospechas. Y cuando un gobierno empieza a contar sus apoyos con la ansiedad de quien revisa el saldo bancario a fin de mes, es que la bancarrota, política o económica está más cerca de lo que admite en público. Convertida más en administradora de una mayoría precaria que en alcaldesa de un proyecto reconocible. Su gobierno no gobierna, resiste. Cada pleno es una prueba de supervivencia, cada decisión un cálculo milimétrico, cada silencio una estrategia. La política municipal ha dejado de mirar a Cartagena para mirarse a sí misma en el espejo de la aritmética. Noelia haciendo un Sánchez…

“son castas y familias en ambos partidos, PP y PSOE, en MC y Vox, peleas y destrozos morales que socavan los intereses de los votantes.”

Aquí lo que se dirime es una oportunidad de poder. Y en ese terreno emerge con su habitual ambición Jesús Giménez Gallo, siempre dispuesto a convertir la debilidad ajena en trampolín propio. Porque si algo define al líder de MC es su capacidad para detectar el olor a sangre política a kilómetros de distancia. Cuarenta días de “parálisis”, yo creo que se ha quedado corto, la parálisis en Cartagena es un mal endémico. Una cifra redonda, contundente, perfecta para titular… y también para evidenciar una curiosa especialidad política, la de señalar el incendio con gran precisión mientras se mantiene cuidadosamente alejado de cualquier cubo de agua. Porque si algo caracteriza al líder de MC no es tanto su capacidad de construir alternativas como su talento casi artístico para narrar el desastre ajeno con tono grave y gesto de estadista en espera, algo parecido a la eterna oposición socialista, la misma que en esa trinchera esta cómoda y mantenida, cobran y viven del cuento político, así ha sido desde hace décadas, no nos confundamos, son castas y familias en ambos partidos, PP y PSOE, en MC y Vox, peleas y destrozos morales que socavan los intereses de los votantes.

Giménez Gallo describe un gobierno “fracturado”, “sin cohesión”, “de saldos”. Y probablemente no le falte razón. El problema es que su diagnóstico, tan prolijo como reiterado, rara vez viene acompañado de algo que se parezca a un tratamiento, a una solución o a una alternativa. La crítica constante se ha convertido en su zona de confort, -como la mía- un lugar desde el que resulta sencillo acumular titulares sin el incómodo desgaste de tener que tomar decisiones reales.

“Cartagena no solo está políticamente bloqueada, está financieramente comprometida y desamortizada en su riego sanguíneo, mucho circo y mucha fachada, detrás nada, solo un decorado.”

Porque en Cartagena, en la región y en España hay algo peor que un mal gobierno, una oposición que parece sentirse más cómoda con el problema que con la solución. Mientras se enumeran carencias, proyectos bloqueados, limpieza deficiente, barrios abandonados, la ciudad asiste a un espectáculo peculiar, el del político que aspira a gobernar sin arriesgarse a parecer responsable de nada, joder, como Sánchez. Una especie de equilibrista del reproche, siempre preparado para señalar lo que falla, pero extraordinariamente prudente a la hora de explicar qué harían para arreglarlo.

“Los alfiles se desplazan en diagonal, esquivando responsabilidades mientras preparan su próximo movimiento. Y la reina, Noelia Arroyo, intenta mantener el control de una partida en la que cada vez tiene menos margen de maniobra.”

Eso sí, cuando el contexto lo permite, la moción de censura aparece como posibilidad remota, sugerida pero nunca abrazada. Una herramienta útil como amenaza e incómoda como compromiso. Asumir el poder implica algo más que denunciarlo, obliga a gestionar, a priorizar, a equivocarse incluso. Y ahí el terreno ya no es tan cómodo. En paralelo, el Ayuntamiento no solo sufre por dentro, también lo hace en sus cuentas. El remanente negativo de 25 millones y el déficit de 10 millones no son opiniones, sino hechos. La realidad económica se impone con la frialdad de los números, desmontando cualquier intento de relato optimista o cuento de Calleja. Cartagena no solo está políticamente bloqueada, está financieramente comprometida y desamortizada en su riego sanguíneo, mucho circo y mucha fachada, detrás nada, solo un decorado.

El tablero que algunos insisten en describir como una partida de ajedrez, se parece cada vez más a un juego de cartas marcadas. Las torres, Manolo Torres, ese líder de cartón piedra socialista que acusa a Arroyo de asumir el discurso de VOX, lo dice el prodigio representante del sanchismo, socialistas que, sin ruborizarse y traicionando a los españoles han asumido el discurso miserable de la banda criminal ETA, del terrorismo asesino de Hamás, Hezbolá, el genocidio de los Hutíes la cuna del terrorismo islámico de Irán y además, se alía con los narcos dictadores del grupo Puebla, narcoestados donde  la droga y la violencia con la complicidad del gobierno hacen caja. 

Jesús Giménez Gallo y Gonzalo López Pretel se vigilan, se miden y se necesitan. Los alfiles se desplazan en diagonal, esquivando responsabilidades mientras preparan su próximo movimiento. Y la reina, Noelia Arroyo, intenta mantener el control de una partida en la que cada vez tiene menos margen de maniobra. Pero lo verdaderamente inquietante no es el juego en sí, sino el nivel de los jugadores, nefasto y mediocre de cojones, entre los aspirantes a la alcaldía hay perfiles que invitan más al escepticismo que a la esperanza. Viejas deslealtades, alianzas imposibles, discursos cambiantes… un catálogo de antecedentes que convierte cualquier hipotético relevo en un salto al vacío. No se trata de elegir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo peor. Y eso, en política municipal, suele traducirse en años perdidos, y así estamos.

“La crisis interna del partido, con salidas, tensiones y fugas en distintos puntos de la Región de Murcia, tiene su reflejo directo en Cartagena.”

Pero ni siquiera este desatino parece suficiente para cambiar las prioridades. La gestión económica queda en segundo plano frente a la urgencia de mantener la mayoría. Porque en este tablero, el verdadero objetivo no es resolver problemas, sino conservar posiciones. Y ahí entra en juego otro factor clave, la descomposición de VOX en la ciudad y en la Asamblea. Lo que en su día fue un socio relativamente estable se ha convertido en una fuente constante de incertidumbre. La crisis interna del partido, con salidas, tensiones y fugas en distintos puntos de la Región de Murcia, tiene su reflejo directo en Cartagena.

“los grandes proyectos siguen acumulando polvo. Integración ferroviaria, Ciudad de la Justicia, El Gorguel, vivienda, infraestructuras culturales… la lista no es solo larga, es repetitiva.”

La caída de figuras vinculadas al entorno de José Ángel Antelo, las fracturas internas y el paso de cargos como Virginia Martínez al grupo Mixto dibujan un partido en pleno proceso de descomposición, a punto de explotar, a pesar de la nueva dirección. Gobernar apoyándose en una estructura así es, sencillamente, construir sobre arena. El resultado es un ecosistema político donde el transfuguismo deja de ser excepción para convertirse en norma. Concejales que cambian de posición, votos que se negocian, lealtades que se recalculan en cada sesión. La política como mercado de saldo, donde cada apoyo tiene precio y cada decisión responde más a la supervivencia que al interés general.

Mientras tanto, los grandes proyectos siguen acumulando polvo. Integración ferroviaria, Ciudad de la Justicia, El Gorguel, vivienda, infraestructuras culturales… la lista no es solo larga, es repetitiva. Año tras año, mandato tras mandato, las mismas promesas, los mismos bloqueos, la misma sensación de estancamiento y la misma resultante, la desolación derivada de la mediocridad de las nóminas de la política, todo se reduce a eso, una nómina, son mediocres, vulgares y hasta libertinos y espurios. 

“Mientras Cartagena se enreda en sus propias contradicciones, el Gobierno regional observa desde la barrera, indemne, reforzado incluso por comparación.”

Ni siquiera el Plan General de Ordenación Urbana logra escapar a esta dinámica. Sigue sin remitirse a la Comunidad Autónoma, atrapado en un limbo técnico que refleja a la perfección la incapacidad política para avanzar, nadie se arriesga. En medio de este caos, la figura de Fernando López Miras emerge con una paradoja casi brillante, gana sin jugar, lo pusieron para amortizar los devaneos del de Puerto Lumbreras y además de hacer de soberbio y arrogante protagonista de una película de cuadrigas en Semana Santa, no ha hecho nada, vender humo y zamparse lo que pila, políticamente, claro. O quizás, gana precisamente porque otros juegan mal, otro Sánchez al uso. Mientras Cartagena se enreda en sus propias contradicciones, el Gobierno regional observa desde la barrera, indemne, reforzado incluso por comparación.

Es una victoria irónica, casi involuntaria. No es fruto de una gestión especialmente brillante, sino del despropósito ajeno, una constante. Una demostración de que, en determinados contextos, la inacción puede resultar más rentable que cualquier estrategia. Porque lo que ocurre en Cartagena no es solo un problema local, es el reflejo de una mediocridad más amplia, de una forma de hacer política donde la ambición se sustituye por cálculo, donde los proyectos se diluyen y donde la falta de liderazgo se normaliza.

“Pero lo verdaderamente preocupante no es el movimiento, sino el terreno, un terreno erosionado por años de tacticismo, de falta de rumbo, de política entendida como supervivencia de unos y otros, en décadas nadie ha hecho nada medianamente plausible por la ciudad”

Cartagena, con todo su potencial, se ha convertido en un ejemplo de lo contrario, de cómo una ciudad puede quedar atrapada en su propia inercia, incapaz de avanzar no por falta de recursos, sino por exceso de tácticas o por incapacidad interesada en la gestión. En ese escenario, la alternativa política no termina de ofrecer garantías, ya que, entre quienes aspiran a ocupar la alcaldía predominan más las ganas que las ideas, más la crítica que la propuesta, en definitiva, impera el oportunismo más que la visión y misión.

El problema ya no es tanto edificar sobre el derrumbe actual, es que la reconstrucción se haga con los mismos materiales defectuosos, con los escombros, y así estamos… Los cartageneros, mientras tanto, observan de lejos con cansancio, con escepticismo, con esa sensación creciente de que la política va por un lado y la realidad por otro y sin opciones electorales dignas, solo miseria y mediocridad. Cuando el debate se reduce a quién manda y no, para qué se manda, el vínculo entre instituciones y vecinos se resquebraja, excepto para los apesebrados....

El terremoto político sigue ahí, latente, puede que haya moción de censura o puede que no. Puede que cambien los nombres o que todo continúe igual. Pero lo verdaderamente preocupante no es el movimiento, sino el terreno, un terreno erosionado por años de tacticismo, de falta de rumbo, de política entendida como supervivencia de unos y otros, en décadas nadie ha hecho nada medianamente plausible por la ciudad.  En este suelo inestable, Cartagena sigue esperando algo más que críticas brillantes y gobiernos agotados. Sigue esperando, sencillamente, que alguien haga algo.

Andrés Hernández Martínez

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