Desde la Repla. CARTAGENA, APEADERO DEL OLVIDO CON CORRESPONDENCIA EN MURCIA
CARTAGENA, APEADERO DEL OLVIDO CON CORRESPONDENCIA EN MURCIA
Bajo el manto de la Virgen de la Caridad, que aquí ya no protege de epidemias ni de guerras, sino de retrasos, cancelaciones y decisiones tomadas en despachos con vistas a Murcia, Cartagena se encomienda. No a los trenes, que sería superstición, sino a la paciencia, que es la única fe que nos han dejado. Porque si algo llega puntual a esta ciudad es el desprecio administrativo, ese que no necesita horarios ni vías, ese que siempre encuentra cómo llegar desde la capital, aunque sea en coche oficial.
“Aquí, donde el Mediterráneo se abre como un telón viejo y oxidado, o como una jibia que diría un lugareño”
Cartagena ya no espera trenes, espera milagros. Y ni siquiera de los buenos, de los que dejan estampitas y olor a incienso, sino de los otros, los milagros administrativos, que son más raros que un AVE puntual y más caros que una promesa electoral en campaña. Aquí, donde el Mediterráneo se abre como un telón viejo y oxidado, o como una jibia que diría un lugareño, llevamos tiempo viendo cómo Murcia, la metrópoli de despacho y canapé nos mira con ese desdén burocrático, como quien mira un mueble heredado que no combina con el salón, pero tampoco se atreve a tirar por viejo...
“Esta vez, el desprecio no se disimula ni con servilletas protocolarias con carcamonias”
Porque esto ya no va de trenes como recusan nuestros senadores en discursos cóncavos. Va de abandono con denominación de origen, de ese centralismo murciano que tiene algo de taifa ilustrada y mucho de cortijo con escaleta. Mientras en Murcia se reparten competencias como si fueran dulces de convento, en Cartagena seguimos esperando que algo llegue un tren, una inversión, o al menos una excusa nueva, que las viejas ya huelen a humedad de archivo.
López Miras de “pandarra” semanasantera con sus ciegas seguidoras como Noelia, casi adictas. En la última entrega del culebrón institucional murciano, Cartagena vuelve a ocupar su papel favorito: el de convidada de piedra en el banquete regional. Esta vez, el desprecio no se disimula ni con servilletas protocolarias ni con calcomanias. Se sirve en crudo, con titulares que rezuman ese aroma rancio de “ya veremos” que en realidad significa “si eso, nunca”.
Mientras tanto, desde despachos con vistas más simbólicas que reales, se suceden declaraciones que parecen escritas por un guionista como yo con resaca, promesas recicladas, compromisos en diferido y una capacidad asombrosa para hablar mucho sin decir absolutamente nada. Cartagena, por su parte, sigue esperando como quien aguarda un autobús que nunca pasa…, allá por Tentegorra pero oye, al menos le han prometido una marquesina solitaria.
“Si esto fuera teatro, sería una comedia negra; si fuera música, una desafinación constante pero todo adornado en El Batel”.
El asunto adquiere tintes casi artísticos cuando ciertos nombres propios entran en escena, elevando el desprecio a categoría estética. No es ya una cuestión de olvido, sino de un ejercicio fino de indiferencia activa, donde cada palabra pesa lo justo para no comprometerse y cada gesto apunta a otra dirección. Si esto fuera teatro, sería una comedia negra; si fuera música, una desafinación constante pero todo adornado en El Batel.
“Porque en Cartagena, si algo sabemos, es de procesiones, de cargar con pasos, con cruces y con décadas de promesas incumplidas que pesan más que cualquier trono de Semana Santa y de figurantes y “sacabarrigas”, de eso también”
Y en medio de todo, la ciudadanía contempla el espectáculo con esa mezcla natural de incredulidad y hartazgo que ya es marca registrada. Porque aquí no se trata solo de lo que no llega, sino de cómo se cuenta lo que no llega, con solemnidad, con rodeos, con esa elegancia impostada que convierte el desdén en política de estado regional, eso sí, que tampoco hay que exagerar. Así, Cartagena sigue en el mapa, pero como esas notas al pie que nadie lee. Imprescindibles para completar el documento, irrelevantes a la hora de decidir el contenido. Y mientras tanto, la función continúa. Sin aplausos. Sin bis a bis, por supuesto, sin soluciones. Tampoco lo esperamos, la verdad. Bastante tenemos con los próceres regionales, que practican ese noble arte de no estar cuando se les necesita y de aparecer sólo para la foto, como vírgenes itinerantes en procesión institucional. Porque en Cartagena, si algo sabemos, es de procesiones, de cargar con pasos, con cruces y con décadas de promesas incumplidas que pesan más que cualquier trono de Semana Santa y de figurantes y “sacabarrigas”, de eso también.
Nuestro sistema ferroviario, si es que se le puede llamar sistema, no es que esté bombardeado, es que parece diseñado por un enemigo íntimo. Las vías son más bien sugerencias, los horarios literatura fantástica y los trenes…, los trenes son criaturas mitológicas que aparecen cuando quieren, si quieren, y casi siempre tarde, hemos retrocedido décadas y este gobierno regional también es culpable, y no poco. Uno ya no coge el tren, lo invoca, como quien llama a los espíritus, pero con menos garantías y más retraso.
“Desde Madrid se decide, desde Murcia se bendice con ese silencio administrativo tan fino, y en Cartagena se ejecuta, que para eso estamos”
Mientras tanto, en Murcia capital, ese minarete administrativo con aroma a café institucional de marca Salzillo, siguen hablando de cohesión territorial con la misma convicción con la que uno habla del clima en un ascensor. Cohesión, dicen, mientras Cartagena sangra más que se descose por las costuras, con infraestructuras que parecen sacadas de una exposición arqueológica y decisiones políticas que siempre llegan con retraso… si es que llegan. Aquí el caos ya no es noticia sino un paisaje. Cartagena, que fue puerto de imperios, hoy es escala de la desidia. Y Murcia, mientras tanto, ejerciendo ese desprecio elegante, casi artístico, que consiste en no decir nada, no hacer nada y, sin embargo, decidirlo todo. Y mientras tanto, Cartagena no sólo carga con sus trenes fantasma, sino también con ese curioso don administrativo de convertirse en destino preferente de todo lo que incomoda. El CATE crece, se ensancha, se consolida, como si fuera otra infraestructura estratégica… sólo que, sin planificación, sin consenso y sin una explicación que no suene a despacho lejano. Desde Madrid se decide, desde Murcia se bendice con ese silencio administrativo tan fino, y en Cartagena se ejecuta, que para eso estamos, para absorber lo urgente, lo improvisado y lo políticamente incómodo y la herrumbre socialista aplaude, sumisa y buscando su bocadillo de rancho, que no falte, aunque sea pan con chocolate.
“llega la primavera. Llegan los turistas, los cruceros, los discursos sobre el potencial de Cartagena, que es infinito según los folletos y nulo según los presupuestos”
Aquí no hay estrategia, hay inercia. No hay modelo, hay parche. Y mientras se habla de solidaridad con ese tono de homilía institucional que tanto gusta, lo que se practica es otra cosa, la externalización interna de los problemas. Cartagena como solución logística, como muelle de descarga política, como ese lugar donde todo cabe siempre que no moleste demasiado en otras plazas más vistosas o más influyentes. Porque esto no va de personas que, bastante tienen con sobrevivir a su propia odisea, sino de decisiones. De decisiones que toman Pedro Sánchez, Ángel Víctor Torres o Lucas, el hasta luego…, siempre con esa facilidad que da decidir a distancia, sin pisar el terreno más allá del titular o la comparecencia.
“La política de Murcia no odia a Cartagena, sería, al menos, una relación intensa, la ignora, que es mucho peor y si puede la desprecia.”
Y así, entre trenes que no llegan y decisiones nefastas, Cartagena va acumulando responsabilidades sin recibir recursos, cargas sin compensaciones y discursos sin consecuencias. Porque lo difícil es gobernar con equilibrio; lo fácil es repartir problemas en el mapa y confiar en que el silencio de los de siempre haga el resto. Y mientras tanto, llega la primavera. Llegan los turistas, los cruceros, los discursos sobre el potencial de Cartagena, que es infinito según los folletos y nulo según los presupuestos. Nos venden una ciudad de postal mientras vivimos en una ciudad de borrador, siempre pendiente de ser terminada, siempre aplazada, siempre subordinada a esa Murcia que decide como un dios menor, caprichoso y ausente.
La política de Murcia no odia a Cartagena, sería, al menos, una relación intensa, la ignora, que es mucho peor y si puede la desprecia. La trata como una anomalía, como un problema heredado, como un hijo incómodo al que se le da lo justo para que no proteste demasiado. Y cuando protesta, se le acusa de victimismo, que es la forma más refinada de desprecio, culpar al olvidado por recordar que lo han olvidado.
“Y mientras tanto, seguimos viajando como si estuviéramos en una versión low cost del siglo XIX, con trenes que avanzan con la parsimonia de un burro ilustrado y la fiabilidad de una predicción astrológica”
Aquí ya no hablamos de infraestructuras, hablamos de dignidad. De esa dignidad que se pierde poco a poco, con cada proyecto que se retrasa, con cada inversión que se desvía, con cada decisión que se toma lejos. Cartagena no necesita caridad institucional, necesita justicia territorial. Pero claro, la justicia no da titulares ni fotos, y en política eso es casi un pecado. El AVE, ese unicornio moderno, sigue siendo una promesa que se repite como un mantra vacío. Se queda en proyectos, en fases, en estudios, en excusas. Y mientras tanto, seguimos viajando como si estuviéramos en una versión low cost del siglo XIX, con trenes que avanzan con la parsimonia de un burro ilustrado y la fiabilidad de una predicción astrológica. Lo más fascinante es que todo esto ya lo hemos vivido. Hace años. Y antes. Y antes. Es un bucle, una especie de condena administrativa en la que Cartagena está atrapada, repitiendo siempre la misma escena, el día de la marmota…, promesa, retraso, olvido… Como si el tiempo aquí no avanzara, sino que se plegara sobre sí mismo, creando una eternidad de abandono perfectamente gestionado. Y así seguimos. Sin trenes, sin respuestas, sin políticos que den la cara más allá de lo imprescindible. Con esa sensación de que todo se cae, lenta pero inexorablemente, como un edificio que lleva años agrietándose mientras los arquitectos discuten sobre el color de la fachada, y para arreglar y restaurar la primera Catedral Románica de España hace falta votarlo en la Asamblea, que no tiene competencias…, más humo, somos imbéciles con “cartilla de razonamiento”, léase la metáfora..., y no he querido hacer sangre con el “supersubmarino” español que, no tiene pilas ni misiles…
Cartagena pide lo que le corresponde. Pero en esta región, pedir lo que te corresponde es casi una insolencia. Y quizá por eso molesta tanto. Porque recuerda, constantemente, que hay una deuda, y que alguien debería pagarla. La deuda seguirá escondida entre informes, entre competencias difusas, entre discursos huecos. Así que aquí estamos. Esperando trenes que no llegan, decisiones que no se toman, respeto que no se concede. Con el mar delante y Murcia detrás, como una metáfora geográfica del abandono político. Y lo peor es que ya ni sorprende.
Andrés Hernández Martínez