Opinión

Desde la repla: EL ORGULLO Y LA REALIDAD

Plaza Toros Cartagena
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Desde la repla: EL ORGULLO Y LA REALIDAD

EL ORGULLO Y LA REALIDAD

El “orgullo tecnológico nacional”. Ese artefacto que en los discursos flota, pero en el mar… bueno, en el mar pierde chapas y no es una crítica irónica, es un asalto de la incompetencia a los bolsillos de los contribuyentes. El S-81 Isaac Peral, la joya de la corona de Navantia que no de la Armada, después de las exitosas puestas en escenas de comprobación y un alarmante por extraño y soberbio halo de éxito, tras más de una década de retraso y doblando la dotación económica o presupuesto, a costa de las manipuladas arcas estatales, por esto de las costillas impositoras de la ciudadanía, salió  la súper unidad en febrero a lucirse en una misión de la OTAN y volvió cuatro días después como quien baja la basura y se deja media fachada por el camino, dando tumbos hasta el zaguán. Literalmente, placas desprendiéndose del casco, ora un contendor no detectado ni informado por un aviso a navegantes, ora por una orca, tintorera o marrajo, ora por mar gruesa…, golpeando la vela y, de milagro, sí, de milagro, sin llevarse por delante alguna parte determinante del sumergible, hechos que ponen, tanto a la Virgen del Carmen como a la del Pilar a trabajar sin descanso..., ora en superficie, ora en inmersión. Un detalle sin importancia, claro, para algunos no para las gargantas de la tripulación que estarían obstruidas por sus propias partes nobles. Cosas del oleaje. Ya se sabe, el Mediterráneo, ese mar embravecido digno del cabo de Hornos al que Cervantes puso versos equivocados. Confundiendo bravura con mansedumbre marina..., ironía.

“Así las cosas, desde la génesis, errores de diseño, sistemas que no se integran, capacidades prometidas que aún viven en PowerPoint”

Defensa y su ministra, siempre optimista y echando la mierda debajo de la alfombra, en eso son cum laude, lo encuadra en la “normalidad”. Y uno se pregunta: ¿normalidad de qué? ¿De submarinos o de prototipos en beta, drafts o proyectos?  ¿Normalidad por acelerar para justificar la incompetencia de un proyecto con deficiencias?   Porque detrás del relato épico, del “hito”, del “paso de gigante”, de la “soberanía tecnológica”, está la colección de noticias ya publicadas que dibujan algo más parecido a una tragicomedia industrial que a un éxito notorio, son hechos y no opiniones, ojo, hechos, lo digo por la sensibilidad profesional.

“y un submarino que, según hechos y las propias fuentes autorizadas, ha pasado más tiempo en dique seco que bajo el agua”

Así las cosas, desde la génesis, errores de diseño, sistemas que no se integran, capacidades prometidas que aún viven en PowerPoint…, y lo que te rondaré morena…, y un submarino que, según hechos y las propias fuentes autorizadas, ha pasado más tiempo en dique seco que bajo el agua, o encima de ella. Lo cual, tratándose de un submarino, tiene su aquél.

“Alta costura naval. Con dos cojones y la ayuda norteamericana y no gratis”.

 Recordemos el pequeño detalle fundacional y primer hito a resolver, el célebre “exceso de peso” detectado en 2012. Nada grave, apenas 125 toneladas de más que impedían que el submarino emergiera y esto en un proyecto super controlado, auditado y examinado en continuo. Un matiz, se solucionó alargando el casco casi diez metros, como quien ajusta un pantalón. Alta costura naval. Con dos cojones y la ayuda norteamericana y no gratis.

“El problema es que hemos tenido y tenemos un Arma Submarina de sobresaliente, con enormes profesionales que, desde hace más de 100 años, desde 1915 que la incentivara Alfonso XIII y desde entonces, los marinos de guerra que han servido la han puesto en la cima y ha sido la envidia del mundo”

Y luego está el famoso desarrollo de la AIP, propulsión eterna en inmersión, según la Wikipedia, Propulsión Independiente de Aire o PIA (más conocida como AIP por sus iniciales en inglés) y es un término que engloba las tecnologías que permiten a un submarino operar sin la necesidad de emerger a la superficie o tener que usar el sistema snorkel para acceder al oxígeno de la atmósfera. El término excluye el uso de energía nuclear, se trata de aumentar o reemplazar el sistema de propulsión diésel-eléctrica de naves no nucleares. La Armada de los Estados Unidos utiliza el símbolo de clasificación de casco “SSP” para designar un submarino con PIA, mientras retiene el clásico “SS” para los submarinos de ataque diésel-eléctricos, no es un invento nuevo, ese sistema que debía convertir al S-80 en un competidor de primer nivel mundial llega tarde. Llegará “más adelante”, los dos primeros submarinos se entregan sin una de sus principales ventajas estratégicas para la sorpresa y el ataque. Es como vender un coche híbrido… sin la parte eléctrica. Pero con mucha ilusión. El problema es que hemos tenido y tenemos un Arma Submarina de sobresaliente, con enormes profesionales que, desde hace más de 100 años, desde 1915 que la incentivara Alfonso XIII y desde entonces, los marinos de guerra que han servido la han puesto en la cima y ha sido la envidia del mundo, pero ahora, estamos gracias al programa retrasado o, al retrasado programa no tenemos casi nada, solo nos queda la excelencia de sus profesionales marinos.

“Quizás el torpedo alemán, quizás el sistema de alta tecnología que no parece llevarse bien con el ecosistema patrio, esto es como Trump y Sánchez en miniatura estratégica”

En el capítulo armamentístico, la cosa no mejora. El sistema de combate, esa pieza casi insignificante en un submarino, ha acumulado incidencias para aburrir a una auditoría. Una decena de ejercicios de lanzamiento de torpedos y, según las fuentes periodísticas publicadas, cero objetivos alcanzados. Quizás el torpedo alemán, quizás el sistema de alta tecnología que no parece llevarse bien con el ecosistema patrio, esto es como Trump y Sánchez en miniatura estratégica. Como en el Congreso, con los problemas de integración naturales lógicos solucionamos el problema, intérpretes de catalán y vasco, este no que no lo saben hablar terroristas y poligoneras…, valga la redundancia para definir que las piezas no encajan.

“Porque aquí lo importante no es que funcione, sino que encaje en el relato, y si el relato no es suficiente nos inventamos un teatro de operaciones de playmobil”

Y, si fuera poco, el submarino tampoco puede integrar, y dudo que un futuro incluso lejano, ciertos sistemas de misiles de Boing Harpoon adaptado al submarino, como sub Harpoon contra buque, que lo harían más versátil, pero como se está estudiando la incorporación del noruego NSM, pues ira al limbo de las cosas pendientes como un querubín por lo de la FE. Pero no pasa nada, pero si tampoco se acierta con los torpedos, es mejor no añadir más variables al experimento, por lo menos de momento.

“Mientras tanto, la empresa Navantia sigue acumulando pérdidas, son conocidas y se mantiene la exigencia de trabajo, destituyen responsables dándoles una patada hacia arriba y perdiendo concursos internacionales”

No olvidemos que todo ello sucede tras más de una década de retraso, de 2011 a 2023, y con un sobrecoste que ha pasado de 2.135 a 4.339 millones de euros, de momento. Un clásico nacional, duplicar el presupuesto mientras se explica que todo va según lo previsto. Porque aquí lo importante no es que funcione, sino que encaje en el relato, y si el relato no es suficiente nos inventamos un teatro de operaciones de playmobil, mientras, la Armada profesional y sacrificada tragando sapos políticos y de gestión recesiva en defensa, cosas de la política española. 

Mientras tanto, la empresa Navantia sigue acumulando pérdidas, son conocidas y se mantiene la exigencia de trabajo, destituyen responsables dándoles una patada hacia arriba y perdiendo concursos internacionales. Australia, India, Canadá, Polonia… todos dijeron que no, ¡que sorpresa! Quizá no entendieron el concepto español contractual, no compraban un submarino, sino una experiencia en caja dorada a modo de Spa primaveral.

“en este mismo país, en esta misma empresa, conviven dos realidades paralelas. En Ferrol, las fragatas F-100 y F-110 son un éxito exportable, respetado y competitivo. En Cádiz, las corbetas salen adelante y se venden con notable pedigrí.”

Un problema con su colega de aventuras durante décadas, una acusación de plagio en 2009, DCNS presentó una demanda ante el Tribunal de Arbitraje de París acusando a Navantia de utilizar propiedad intelectual del proyecto conjunto Scorpène para diseñar el S-80. Navantia negó rotundamente las acusaciones, afirmando que el S-80 era un diseño completamente nuevo, más grande y con tecnologías distintas, como el sistema de propulsión AIP, en el aire aún. Se llegó a la ruptura de la Alianza y este enfrentamiento puso fin a casi 40 años de colaboración. En noviembre de 2010, ambas empresas firmaron un acuerdo para retirar la demanda y separar sus caminos, DCNS se quedó con la comercialización exclusiva del Scorpène. Navantia con sus especificaciones de salida y obtuvo plena libertad para construir y exportar el S-80 de forma independiente. Tras la ruptura, ambas empresas pasaron de ser socias a competidoras directas en el mercado internacional, enfrentándose en licitaciones en países como India, Turquía y Australia.

“la industria auxiliar. Esos proveedores incómodos que, en teoría, están ahí para ayudar, pero que en la práctica parecen formar parte de un experimento sociológico de resistencia extrema”

Sin embargo, en este mismo país, en esta misma empresa, conviven dos realidades paralelas. En Ferrol, las fragatas F-100 y F-110 son un éxito exportable, respetado y competitivo. En Cádiz, las corbetas salen adelante y se venden con notable pedigrí. Pero en Cartagena, con los submarinos, parece que alguien decidió reinventar la rueda… sin saber todavía muy bien cómo funciona el eje. El resultado es este “supersubmarino” que, sobre el papel, debía situar a España entre la élite mundial, y en la práctica lucha por completar misiones sin auto desmontarse. Pero tranquilos, que todo está dentro del alcance establecido, todo es normal, son incidencias propias de un programa complejo. Tan complejo que, por ahora, lo más fiable que ha demostrado es su capacidad para generar titulares y sobrecostes. Sobre todo, sobrecostes.

Y ya en el epílogo, porque toda gran obra necesita su cierre a la altura del despropósito, aparece ese actor secundario imprescindible, la industria auxiliar. Esos proveedores incómodos que, en teoría, están ahí para ayudar, pero que en la práctica parecen formar parte de un experimento sociológico de resistencia extrema, ponen la salsa, el perejil, y realizan la cocción de restaurante con estrella Michelin al tiempo que gozan de cierto desprecio implícito, cosas de la soberbia de este país.

Porque claro, no basta con diseñar un submarino que adelgaza y engorda según la temporada o integrar sistemas que no se hablan entre sí. Hay que añadirle un nivel extra de dificultad, convertir la relación con los proveedores en una gymkana burocrática de nivel intergaláctico. Exigencias documentales que no figuran en ningún estándar conocido ni de la OTAN ni, probablemente, de este planeta, procesos de validación que desafían la lógica y pagos que, más que retrasarse, parecen someterse a un calendario litúrgico secreto.

El resultado es previsible: empresas auxiliares que se descuelgan, proveedores que desaparecen o, directamente, deciden que quizá es mejor trabajar con astilleros de países donde cobrar no sea una actividad de riesgo. Pero, oye, soberanía industrial, ante todo y mucho humo del tejido social más que profesional regional. Y ahí es donde entra en escena la personalidad corporativa de Navantia, esa curiosa mezcla entre empresa estatal y espíritu funcionarial con barniz industrial. Una organización que se apoya, porque no le queda otra en la empresa privada, pero a la que parece contemplar con esa condescendencia tan patria de “ya te pagaré cuando toque… si eso”.

“conviven dos especies perfectamente diferenciadas, los que viven del sistema y los que trabajan a pesar del sistema”

Dentro, dicen, conviven dos especies perfectamente diferenciadas, los que viven del sistema y los que trabajan a pesar del sistema. Los primeros, cómodamente instalados en la épica del “proyecto estratégico nacional”, los segundos, intentando que aquello no se desmonte, literal o metafóricamente antes de salir a flote. Todo ello envuelto en una fina capa de soberbia institucional, esa que permite presentar retrasos de más de una década, sobrecostes millonarios y problemas técnicos en cadena como si fueran simples anécdotas de un camino hacia la excelencia. Porque aquí no hay errores, hay “incidencias”. No hay fallos de diseño, que otra empresa hubiera purgado, hay “ajustes evolutivos”. Y no hay proveedores hartos, hay “reconfiguración del tejido industrial”.

“Asínque”, el S-80 no es solo un submarino, es una metáfora perfecta, un proyecto que aspiraba a sumergirse en la élite mundial… y que, de momento, sigue luchando por no hacer agua desde dentro. Pero con una narrativa impecable, eso sí. Que al final, en este negocio, lo importante no es tanto navegar como saber contarlo. 

Epitafio del autor. Se miraron en el espejo del orgullo y aplaudieron su reflejo inflado, sin notar que el cristal ya estaba roto. La vanidad maquilló el prejuicio con cifras obscenas, y lo vendieron como éxito. Al final, la realidad pasó la factura: un fiasco multimillonario… y ni así bajaron la mirada.

Andrés Hernández Martínez

 

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