Opinión

Desde la repla: LA ESTUPIDEZ, EDICIÓN ESPECIAL REGIÓN DE MURCIA. MANUAL DE SUPERVIVENCIA INSTITUCIONAL CON ESCALA EN CARTAGENA

Plaza Toros Cartagena
Plaza Toros Cartagena
Desde la repla: LA ESTUPIDEZ, EDICIÓN ESPECIAL REGIÓN DE MURCIA. MANUAL DE SUPERVIVENCIA INSTITUCIONAL CON ESCALA EN CARTAGENA

LA ESTUPIDEZ, EDICIÓN ESPECIAL REGIÓN DE MURCIA. MANUAL DE SUPERVIVENCIA INSTITUCIONAL CON ESCALA EN CARTAGENA.

Decía Dietrich Bonhoeffer que la estupidez es más peligrosa que la maldad. Lo escribió en 1943, en una celda, rodeado de un régimen que había convertido la obediencia en virtud y el pensamiento en delito, algo parecido al ideario del sanchismo hoy. Ocho décadas después, uno pasea por la Región de Murcia, se detiene en el Ayuntamiento de Cartagena y tiene la incómoda sensación de que aquella reflexión no era un diagnóstico de su tiempo, sino un aviso preventivo para el nuestro.

Aquí no hay falta de inteligencia. Eso sería hasta tranquilizador, bastaría con formación, con tiempo, con experiencia. No, aquí lo que hay es algo más sofisticado y, por tanto, más peligroso, la renuncia consciente a pensar más allá del argumentario impuesto, tanto por Génova, Ferraz como ahora por Bambú. Una especie de comodidad intelectual que convierte la política en un teatro donde cada cual recita su papel sin escuchar al de enfrente.

En Cartagena, la función de teatro tiene nombre propio, Noelia Arroyo y su teatro del absurdo, que diría Becket, es irreal y consecuente con el relato. Su mandato parece inspirado en una idea revolucionaria, gobernar como si la realidad fuese opcional. La ciudad arrastra problemas estructurales, barrios olvidados, proyectos eternamente inacabados, debates urbanísticos que envejecen peor que el mobiliario urbano y, sin embargo, la respuesta institucional sigue orbitando en torno a la liturgia del anuncio, sin tren y con las infraestructuras deterioradas, lo importante es la sombra ecléctica y casi distorsionada de la calle del Carmen.

Aquí se anuncia todo. Se anuncia lo que se va a hacer, lo que se podría hacer, lo que se intentará hacer y, en ocasiones, hasta lo que ya se anunció hace cinco años, pero con otra foto y otro titular, como comento muchas veces en casa, me critican incluso lo que nunca ha pasado. Cartagena no avanza, se renuncia y se anuncia. Es una ciudad atrapada en un bucle de presentaciones donde el PowerPoint tiene más protagonismo que la obra terminada, aderezado con una ingente cantidad de eventos a medio camino entre empresariales y sociales donde destacan los protagonismos superpuestos de las figurantes más que representantes de instituciones en nómina y que llegan al esperpento por empacho repulsivo que no revulsivo.

Y cuando la realidad irrumpe, porque lo hace, siempre lo hace, la reacción es digna de estudio. Nunca es un problema de gestión, ni de prioridades, ni de decisiones discutibles. No. Siempre hay una causa externa, un enemigo difuso, una herencia maldita o, en el peor de los casos, una interpretación errónea de los ciudadanos, que no terminan de apreciar la brillantez de lo que se les ofrece. Podría decirse que el sanchismo ha contaminado el populismo barato, de saldo de mercadillo en el Ayuntamiento de Cartagena.

Mientras tanto, a escala autonómica, Fernando López Miras despliega su propio estilo, el optimismo estructural oportunista de fortuna. Todo va razonablemente bien si se mira con la distancia suficiente. Los problemas existen, sí, pero siempre están en vías de solución, en fase de estudio o pendientes de una colaboración que, por supuesto, depende de otros. La culpa del de enfrente, la gestión más que mediocre y el protagonismo displicente, indolente y más repulsivo que el de Cartagena.

El caso del Mar Menor es casi un género literario en sí mismo. Años de advertencias, informes, titulares, promesas, planes, contra planes y medidas que llegan tarde, mal o nunca. Y, sin embargo, el relato oficial sigue encontrando la manera de esquivar la palabra responsabilidad como si fuese un término prohibido, más sanchismo y este último socialismo hasta con muertos por negligencia. Aquí nadie se equivoca: simplemente, las cosas son complejas. Tan complejas que, curiosamente, nunca terminan de resolverse.

“La ciudad arrastra problemas estructurales, barrios olvidados, proyectos eternamente inacabados, debates urbanísticos que envejecen peor que el mobiliario urbano y, sin embargo, la respuesta institucional sigue orbitando en torno a la liturgia del anuncio, sin tren y con las infraestructuras deterioradas, lo importante es la sombra ecléctica y casi distorsionada de la calle del Carmen.”

Lo fascinante no es el problema en sí, que es grave, sino la coreografía política que lo rodea y mira que a algunas les pesan los kilos para ser grácil e ingrávida en sus coreografías. Declaraciones solemnes, compromisos firmes, anuncios de medidas “históricas” que, con el tiempo, pasan a engrosar el archivo de lo que pudo ser y no fue. Y así, entre titulares y ruedas de prensa, la realidad sigue su curso con una tozudez casi ofensiva. Ejemplo, el corredor mediterráneo que pasa por casualidad por el Puerto de la región que es Cartagena, aunque algunos políticos crean que está en el Segura, ya, para fraude de los cartageneros, hasta la Autoridad Portuaria lo cree, todo implementado en los accesos y vías menos en la Departamental, basura de gestión centralista que sólo desprecia  a la ciudad con el apoyo  de la alcaldesa y las mafias familiares peperas que son extensas, un negocio, una oficina laboral con derecho de pernada y ojo, un psicotécnico no lo pasa ningún representante ni local ni regional. Un examen psicotécnico en los consistorios y en la asamblea daría resultados mas que sorprendentes mediocres y terroríficos, sin excepciones de color, partido, género y número… 

Bonhoeffer hablaba de cómo el poder necesita obediencia, no criterio. Y es difícil no ver ese patrón reproducido en versión local y regional. El ecosistema político murciano, como tantos otros, funciona mejor cuando nadie hace demasiadas preguntas. Cuando el debate se reduce a consignas, cuando el matiz se interpreta como debilidad y cuando la duda se castiga como traición, mucha traición. Ahí entran los fieles a la secta, esa legión de seguidores ciegos, sordos, mudos y tontos a derecha, izquierda y centros variables que han decidido que pensar es una pérdida de tiempo y mejor que lo hagan otros. Lo importante no es entender, sino alinearse. La realidad es negociable si contradice el relato propio, se cambia sin miedo al ridículo. Donde cualquier crítica es, por definición, un ataque del enemigo. Así estoy yo…

El resultado es un diálogo público que se parece más a un partido de fútbol que a un ejercicio democrático. Cada cual, con su camiseta, su himno y su repertorio de insultos preparados, incluidos los míos, claro. Y en medio, los problemas reales, los de verdad esperando a que alguien, en algún momento, decida abordarlos sin convertirlos en munición política, aunque mojada.

“La pregunta de verdad es otra: ¿qué nivel de exigencia estamos dispuestos a mantener como ciudadanos a políticos de pacotilla impuestos por amiguismos de partido?, nombrado ya en barbecho, Noelia impuesta y nadie la quería, y es lo que hay…, o esto o la otra desvergüenza socialista, a su vez, nos imponen para el próximo año a Jáudenes…, ¿Quién es Jáudenes? En la región impusieron al Tragabolas, con perdón, aquel juego de los hipopótamos comilones, para salvaguardar a la saga de Valcárcel y al de Puerto lumbreras, solo las listas independientes y no las actuales mafias familiares políticas, nos hará libres, eso necesitamos”.

Cartagena es un buen ejemplo de esta dinámica. Una ciudad con un potencial enorme, con una historia que se cae por las esquinas y sus picos de tan rica que es, con una posición estratégica envidiable… y, sin embargo, atrapada en una gestión que parece más preocupada por la estética personal y el paraninfo de su protagonismo que por la eficacia. Se cuida la foto, se mima el titular, se repite el mensaje, se compran medios. Lo demás, si llega, ya llegará.

Y cuando no llega, siempre queda el recurso de la reinterpretación. Lo que no se ha hecho no es un fracaso, es un proyecto en evolución. Lo que no ha funcionado no es un error, es una fase de aprendizaje. Lo que no convence no es un problema, es que no se ha sabido comunicar bien. La realidad, en este universo, no se corrige, se reescribe.

A nivel regional, el guión no es muy distinto. Grandes anuncios de inversión, promesas de desarrollo, discursos sobre oportunidades… todo envuelto en una narrativa de progreso constante que, sin embargo, convive con indicadores que invitan a un optimismo bastante más moderado. Pero el relato es sólido, y eso, en política, a menudo pesa más que los datos y los hechos.

Lo realmente preocupante es que esta dinámica no genera el rechazo que cabría esperar. Al contrario, se integra con naturalidad. Se acepta que la política funcione así. Se asume que el ruido es parte del sistema. Se normaliza que las promesas tengan fecha de caducidad incluso antes de cumplirse. Y luego una comida en un restaurante de postín en las proximidades del lugar de despilfarro moral más que de trabajo, arregla las inquietudes.

Y ahí es donde la reflexión de Bonhoeffer vuelve a cobrar sentido. Porque esto no va de incompetencia, aunque a veces lo parezca, ni de maldad, aunque en ocasiones asome. Va de algo más profundo, de una cultura política que ha decidido que pensar demasiado es incómodo. Que es mejor repetir que cuestionar. Que es más rentable simplificar que explicar. Que es más seguro seguir la corriente que arriesgarse a contradecirla. La pregunta incómoda no es si Noelia Arroyo o Fernando López Miras lo están haciendo mejor o peor, eso, con un poco de atención, se puede discutir con argumentos. La pregunta de verdad es otra: ¿qué nivel de exigencia estamos dispuestos a mantener como ciudadanos a políticos de pacotilla impuestos por amiguismos de partido?, nombrado ya en barbecho, Noelia impuesta y nadie la quería, y es lo que hay…, o esto o la otra desvergüenza socialista, a su vez, nos imponen para el próximo año a Jáudenes…, ¿Quién es Jáudenes? En la región impusieron al Tragabolas, con perdón, aquel juego de los hipopótamos comilones, para salvaguardar a la saga de Valcárcel y al de Puerto lumbreras, solo las listas independientes y no las actuales mafias familiares políticas, nos hará libres, eso necesitamos.

Mientras el listón siga donde está bajo de cojones, cómodo, indulgente, el incentivo para mejorar será mínimo, como dice el Marqués de Peralta y Conde Duque de Amoladeras y adelantado gourmet, una clase política a medio euro el kilo…. ¿Para qué arriesgar, para qué innovar, para qué reconocer errores, si el sistema funciona razonablemente bien con lo que hay? Al final, la estupidez de la que hablaba Bonhoeffer no es un insulto. Es una advertencia. Es el recordatorio de que el mayor peligro no está en quienes actúan de mala fe, sino en quienes, pudiendo hacerlo mejor, eligen no hacerlo, y esos somos nosotros, quienes renuncian a pensar porque es más fácil dejarse llevar.

Y en ese sentido, la política murciana, con sus luces, que las tiene, y sus sombras, que son difíciles de ignorar, ofrece un caso de estudio casi perfecto. “Asínque” no, no se trata de reírse de nadie, aunque a veces me cueste evitarlo. Se trata de entender qué está pasando y cómo hemos llegado a esto, a hacer buena a Pilar Barreiro, a Valcárcel NO. Y, sobre todo, de decidir si estamos dispuestos a seguir participando en este teatro… o si, en algún momento, vamos a exigir que baje el telón y empiece algo más parecido a la realidad. Porque, de lo contrario, dentro de otros ochenta años, alguien volverá a citar a Bonhoeffer. Y lo hará, probablemente, con la misma sensación incómoda: la de que no aprendimos nada.

“La estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad”, decía Dietrich Bonhoeffer, mártir de la resistencia antinazi.

 

Andrés Hernández Martínez

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