Opinión

El ejemplo de Huelva

Juan M. Uriarte
Juan M. Uriarte

Han pasado ya diez días, pero no quiero quedarme sin reflejar mi sentir. Me resisto a dejarme llevar por la vorágine de actualidad, torbellino diario que convierte lo ayer importante en hoy inexistente. Aun están sin irrigación ferroviaria las vías del tren, esas arterias de Madrid a Andalucía. Trabajo minucioso, lento y grave (me pregunto: ¿fue siempre así de concienzudo?); los operarios siguen en su trabajoso afán de reconstruir el camino del ferrocarril, cual cirujanos vasculares reparando arterias.

Me he acordado esta semana varias veces del veintinueve de enero, y del ejemplo de Huelva en aquel funeral por las victimas del trágico accidente de dos trenes en Adamuz (Córdoba). Funeral multitudinario y solemne con asistencia de nuestros reyes y altas magistraturas del estado.

La estructura autonómica del Estado ha eclipsado en exceso en general la realidad provincial de España. Hoy quiero referirme a Huelva, esa periférica, humilde y enorme provincia de nuestra nación. Una de las cuatro esquinas peninsulares. La Coruña, Gerona, Almería y Huelva.

Huelva dio un ejemplo, muchos ejemplos con la muerte de sus hijos en aquel tren. Huelva no quiso un funeral laico, a Huelva no le dio vergüenza ser hija de María la Virgen. En Huelva no hubo gritos en el funeral, ni insultos a políticos. Hubo dolor, fe y lágrimas. Esas cosas no se improvisan, nadie está preparado para algo así, para eso uno se prepara durante la vida.  Los funerales no los presiden los Reyes ni los gobiernos ni los alcaldes; ellos están en la asamblea y aunque estén en primera fila, son pueblo, espectadores o fieles, según hayan recibido o no las aguas bautismales. Las exequias cristianas las preside Cristo, en la persona del ultimo sacerdote del último pueblo o sea el obispo; y todos ellos in persona Christi. Los cristianos no decimos ‘que la tierra sea leve’, postulamos el descanso, la resurrección de la carne y la vida eterna.

Huelva eso lo sabía y por eso disolvió fácilmente la polémica de qué hacer en el funeral. Era fácil de saber si hay fe previa, si hay depósito. Expresaba Liliana en las palabras finales: «el único funeral posible que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre». Tal cual, Liliana.

Huelva humilde en la esquina poniente sur de España. Onuba romana, Huelva agrícola y ganadera, Huelva serrana y pescadora, Huelva mariana y marinera. Allí, en la unión del Tinto y el Odiel se fraguó, en las paredes de La Rábida, en Palos de la Frontera la gesta americana, el camino transeuropeo que los españoles abrimos; en Huelva, meditó sus dudas y discernió Cristóbal Colón junto al padre Marchena y los frailes franciscanos. Desde Huelva salieron dos carabelas y una nao en la misión más relevante la civilización occidental. Marinos onubenses, orgullo español en Huelva, gente que sabe que la vida viene de arriba. «El que no sepa rezar, que vaya por esos mares, verá que pronto lo aprende, sin enseñárselo nadie»

 

Como aquel solemne doce de octubre, como aquel audaz tres de agosto, día de partida, hoy recuerdo esa tierra que el veintinueve de enero del presente dio testimonio ejemplar de serenidad, fe adulta y sobria. El pueblo por encima de los dirigentes, la nación y sus ciudadanos emergiendo sobre las cuitas de sus gobernantes. Huelva, sal del mundo como evangelio vivo; desde la periferia de su rincón dando luz al resto de España ¡como siempre hizo!: Huelva andaluza, española, transeuropea, americana y cristiana.

La fe viva, tan necesaria en los momentos de cruz, fue sal y luz para todos ese día en las palabras Liliana Sáenz de la Torre, hija de la onubense fallecida en el accidente de Adamuz. Palabras junto al altar que nos ayudaron en esos momentos donde no es posible la afectación o fingimiento. Yo quiero tener de esa fe que dijo Liliana, gracias por tu testimonio:

“(Virgen María), diles que el odio no nacerá en la rabia que nos crece. (…) Y que con fe esperaremos a que llegue ese momento en el que Dios nos abrace y así volvamos a vernos.”

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