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PENSANDO EN VOZ ALTA: EL PUEBLO SOBERANO

PENSANDO EN VOZ ALTA

EL PUEBLO SOBERANO

¿Qué es el pueblo? se preguntaba hace más de cincuenta años el comentarista de “La Vanguardia”, Pablo Vila San Juan. Para él, “pueblo” es tanto el noble que mantiene honrosamente el depósito que le fue confiado, al que debe honrar en sus virtudes y compartir en cuanto a riqueza, como el comerciante honrado, como el escritor que expone honestamente sus ideas o el militar que hace honor a su juramento, o el catedrático que cumple su misión, o el trabajador que cumple sus obligaciones, el artista, el religioso; en fin, el hombre a secas que vuelve la espalda a toda pasión morbosa y sigue el camino de su deber, no el de su interés.

Más para distinguir los distintos elementos del pueblo se crearon, tiempo ha, unas etiquetas por las que cada uno pertenece a un determinado escalón o grado de permanencia en la sociedad. Una persona de “derechas” acostumbraba a no ser más -ni menos- que un ciudadano partidario del orden, un conservador que ponía el acento de su misión social en la permanencia, sin renunciar a disentir en coloquios personales o a hacer valer su opinión ante cada caso determinado de las fluctuaciones de la Administración pública. Una persona de “izquierdas” era, en principio, un ciudadano progresista y “avanzado” en la cuestión social y admitía a la vez diversos grados. A estas dos denominaciones se suman otras como: “fascistas” y “antifascistas”, por ejemplo. Ahora bien, en cualquier sociedad civilizada, los problemas y las cuestiones que se planteen no se van a resolver con un criterio de derecha o de izquierda pues somos muchos, pienso, que no entramos en ninguna de las designaciones políticas al uso. Igual quedamos excluidos de dichas clasificaciones; pero por lo que no podemos, opino, pasar, es por quedar excluidos del “pueblo”. Somos todos tan “pueblo” como el que más y con tanto derecho como el mejor para esgrimir su nombre si se nos antoja. En este punto quiero recordar a Winston Churchill cuando le respondió a un diputado laboralista, que le increpaba en nombre de los derechos del “pueblo”: «Cuando le escucho, llego a la convicción de que su señoría cree que el pueblo empieza después de usted». El pueblo, no hay duda, no empieza después de nadie: somos todos. Y nadie puede reivindicar la exclusiva de alzarse con su voz en nombre de él.

Ahora lanzo una cuestión al aire, para respirar un poco: ¿Quién ha cambiado más: los políticos o el pueblo llano?

El mundo está pasando por una gran crisis. Los acontecimientos derivados de la pandemia tienen tintes sombríos y a veces espeluznantes. Frente a estos hechos, se nos antoja que existe una desproporción entre lo que ocurre a nivel político y lo que ocurre simplemente a nivel de pueblo no político.

Sumado al alboroto provocado por el Covid-19están los grandes escándalos públicos, ¿son distintos a los escándalos de antaño? No lo sé, lo que si percibo es la fatiga que el “pueblo” llano siente de los escándalos y la imposibilidad de que ellos rocen siquiera las estructuras políticas o sociales del día de hoy.

Se puede decir que los escándalos, copiosamente aireados por las fuentes de difusión, no alcanzan a conmover a las multitudes. Estas se conmueven más por amoríos varios, divorcios, nacimientos y chorradas al uso -según un servidor-; pero los avatares de los políticos, y las pugnas ideológicas entre ellos, resultan demasiados abstrusas para los apócrifos sujetos que formamos esto que era tan respetado antes como la opinión pública.

Una inocente pregunta: ¿Es que marchamos hacia una “despolitización” del escándalo? Probablemente ello es así. La política resulta demasiado compleja e inaprensible para la mayoría de la gente desde que ha pasado a ser un menester, muchas veces mal menester, para un puñado de gente que se cuecen solos un “manjar” y se lo engullen como mejor le venga, sin un apoyo sustantivo de nadie fuera de su círculo.

La democracia era, en otros tiempos, un instrumento y una pasión viva, volcada sobre el Boletín Oficial del Estado o sobre el Diario de Sesiones. De cada pequeño matiz en la legislación, de cada leve medida de la gobernación o del uso del poder se hacía una valoración pública y, en muchos casos, callejera. Todo ha cambiado. Ha cambiado para peor. Hoy es posible, por ejemplo, organizar una protesta frente a cualquier estamento público con cargo a un presupuesto fantasma o apañado. Se pueden alquilar portadores de pancartas… sobre que se protesta es lo de menos. Hay gente que forma parte de un equipo de extras que actúan según contrata y por un estipendio previamente concertado. Las formas de llevar un Gobierno son así más cómodas. Por ello nos resultan anacrónicas aquellas voces de otros tiempos que se referían a la soberanía del pueblo… el pueblo soberano.

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