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PENSANDO EN VOZ ALTA: ¿POR QUÉ LEER?

PENSANDO EN VOZ ALTA

¿POR QUÉ LEER?

¿Por qué leer? A esta cuestión hay quien ha contestado diciendo: “Leo lo mismo que ando, sin duda alguna”. Ahora bien, la lectura no es más natural que caminar. Es incluso uno de los actos más adquiridos que existen. Difícil, en ocasiones. No todo el mundo aprende a leer con facilidad. Me detengo un momento y me pregunto: “¿Serán los grandes lectores gente que aprendió a leer fácilmente?”. Cada uno de nosotros puede aportar una o mil razones para contestar a la pregunta: “¿Por qué leer?”. Por mi parte voy a ir pincelando cuestiones que, creo, acompañan al acto de la lectura.

¿Pueden ser peligrosas las lecturas que coinciden demasiado con tus pensamientos o con tus gustos? Veamos. La lectura puede revelar cosas impúdicas, preciosas y frágiles y, hay que tener en cuenta, que no estamos obligados a contarlo todo. Si leemos un libro como se lee, es decir, inclinados sobre las páginas y en silencio, es porque de ese cara a cara quedan excluidos los pocos honrados, los brutos y los imbéciles a quienes les encanta escandalizarse, ya sea por interés o sinceramente.

Pero sigamos con la pregunta: ¿Por qué leer? A la que yo añadiría: ¿Cómo leer? Hay quien subraya los libros y anota en los márgenes. Yo suelo leer con lápiz y papel, aparte del volumen, y voy haciendo anotaciones varias. Otra imagen, en muchas ocasiones arriesgada, es cuando alguien dice que ha devorado tal o cual libro. ¡Ojo! un lector no es un consumidor que haga desaparecer los libros comiéndoselos. Un buen lector, reitero, escribe a la vez que lee.

Se lee para comprender el mundo, se lee para comprenderse uno mismo. Y si se es un poco generoso, ocurre que también se lee para comprender al autor. Creo que eso solo les ocurre a los más grandes lectores, una vez que han saciado las dos primeras necesidades, la comprensión del mundo y la comprensión de si mismo. Leer hace bullir muchas cosas en nuestro interior; por eso, es uno de los actos más egoístas que existen. Se lee para uno mismo, no para el libro. Pero por mucho que marquemos, subrayemos, anotemos, nos quedemos mirando al vacío: ¿cambiamos? La respuesta es no. Después de la lectura por desgracia, seguimos siendo como éramos. La lectura nos modifica poco. Nos perfecciona quizá, si acaso, un poco, pero un cabrón no dejará de ser igual de cabrón después de haber leído a, por ejemplo, Lope de Vega. Con respecto a un cabrón inculto, será un cabrón con adornos. En sentido contrario, un hombre bueno no se volverá malo con la lectura de un libro perverso. La mala influencia de la lectura es una leyenda tan estúpida como su buena influencia. La literatura no es moral o inmoral. Al cabo de un tiempo si volvemos a releer algo, si hay talento, queda el frescor del mismo y podemos descubrir que lo que, otrora, era inmoral se vuelve moral y viceversa. Releer es muy, muy interesante.

A medida que voy avanzando en esta columna, muchas ideas me asaltan y me dirigen a otras propias anotaciones. En una de ellas me encuentro con esta pregunta: ¿Para quién se hace un libro? Y junto a ella la siguiente respuesta: “Un libro no está hecho para los lectores, ni siquiera está hecho para su autor, no está hecho para nadie. Está hecho para ser”.

Un libro hecho para los lectores supone que los considera como público. Se escribió con una intención. Ya sea la de gustar o la de persuadir, es una forma de condescendencia. A los buenos lectores no nos gusta la lectura instrumentalizada, no nos gusta que no nos tomen por seres libres para tener nuestros propios juicios y elecciones. Si nos reconocemos en un libro, tanto mejor, pero no leemos para eso.

Para rematar hoy esta columna, que no la pregunta inicial, les lanzo dos cuestiones: ¿A los buenos lectores habría que encerrarlos para que leyeran? ¿Sería interesante pagarles un sueldo para salvar la literatura leyéndola? Seguiremos, en sucesivas columnas, intentando responder a: ¿Por qué leer?  

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