Opinión

Montanaro. EL BESTIARIO SEGÚN SAN PEDRO SÁNCHEZ Y EL SEPULCRO BLANQUEADO

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro. EL BESTIARIO SEGÚN SAN PEDRO SÁNCHEZ Y EL SEPULCRO BLANQUEADO

EL BESTIARIO SEGÚN SAN PEDRO SÁNCHEZ Y EL SEPULCRO BLANQUEADO.

Crónica zoológica de una España donde las fieras gobiernan y los corderos pagan impuestos. Hubo un tiempo en que los bestiarios medievales servían para enseñar virtudes y pecados a través de animales fantásticos. El león representaba la nobleza, el águila la altura moral, el cordero la inocencia y la serpiente la tentación. Eran tiempos ingenuos, cuando todavía se pensaba que las bestias simbolizaban defectos humanos y no programas electorales.

Hoy, en cambio, basta contemplar el Consejo de Ministros para comprobar que el viejo bestiario ha evolucionado, ya no habita en los monasterios ni en los códices iluminados, vive en la Moncloa, comparece en ruedas de prensa y legisla por decreto. Cristo expulsó a los mercaderes del templo, Pedro Sánchez, mucho más moderno, parece haber optado por convertir el templo en una franquicia de mercaderes donde cada socio cobra su comisión política correspondiente. Si el Evangelio hubiera sido escrito en la España de 2026, probablemente no hablaría de apóstoles sino de socios parlamentarios. Judas tendría grupo propio, portavoz y subvención pública, y los treinta denarios habrían sido sustituidos por una transferencia presupuestaria, varias competencias autonómicas y una amnistía cuidadosamente envuelta en papel constitucional reciclable, aquel papel timbrado franquista.

La figura del cordero ocupa un lugar central en la simbología cristiana, representa el sacrificio inocente, en la España sanchista también existe el cordero, aunque con una diferencia fundamental, aquí siempre es el contribuyente. Lo esquilan, lo ordeñan, lo fiscalizan, lo inspeccionan y finalmente lo convencen de que debe sentirse privilegiado por ser sacrificado en nombre del progreso. Mientras tanto, los lobos administran el rebaño y qué extraordinaria colección de lobos. Lobos de despacho, lobos de escaño, Lobos con sonrisa institucional y acreditación oficial, lobos que hablan de solidaridad mientras reparten privilegios territoriales y lobos que denuncian desigualdades mientras construyen castas políticas más sólidas que las del antiguo régimen, y lobas claro...

Pero si hay un animal que domina este ecosistema es la serpiente. La serpiente es fascinante porque muda de piel sin cambiar de naturaleza. Exactamente igual que ciertos discursos gubernamentales. Lo que ayer era imposible hoy es imprescindible. Lo que ayer era inconstitucional hoy es convivencia. Lo que ayer era corrupción hoy es contexto. Lo que ayer era traición hoy es diálogo y, lo que ayer era una línea roja hoy es una alfombra roja. La serpiente política no camina, se desliza. No argumenta, susurra. No convence, hipnotiza, como la tentación del Paraíso.

En eso el sanchismo ha alcanzado cotas de perfección casi artísticas. Pocas veces en la historia reciente se ha visto una maquinaria propagandística capaz de presentar simultáneamente una cosa y su contrario sin que se le mueva una pestaña, ya que la verdad ya no importa, lo que importa es el relato, el encuadre y el argumentario. Importa repetir una consigna hasta que la realidad termine sintiéndose culpable por contradecirla.

En el bestiario cristiano también aparece el zorro. Animal astuto, calculador, experto en la supervivencia. Resulta difícil no pensar en algunos ministros cuando uno relee aquellas descripciones medievales. El zorro siempre encuentra una madriguera desde la que explicar por qué el desastre es en realidad un éxito histórico. Sube la deuda y es un éxito, Suben los impuestos y es otro éxito. El éxito del paro juvenil es de sobresaliente, como el éxito de deteriorar los servicios públicos, junto a la desigualdad territorial, ahí “cum laude”.

La palabra fracaso ha desaparecido del diccionario gubernamental con la misma eficacia con que desaparecen ciertos mensajes comprometedores de determinados dispositivos electrónicos. Pero el auténtico protagonista del zoológico nacional es el pavo real, es pura estética. Despliega plumas, posa, se exhibe, necesita ser contemplado y gobierna para el espejo. Pocas épocas han estado tan dominadas por la política de escaparate como la actual. Así las cosas, las fotografías importan más que los resultados, los eslóganes más que los hechos, las cumbres más que las soluciones y las declaraciones más que la gestión.

España atraviesa dificultades evidentes, pero siempre existe tiempo para una sesión fotográfica, una campaña institucional o un vídeo cuidadosamente editado para redes sociales el bestiario nuevo presenta una revista de sonrisas inclusivas, como las hienas. Las hienas no cazan, aprovechan lo que otros destruyen, se alimentan del ruido, de la confrontación, de la división y de la polarización permanente.

Cuanto más enfrentada está una sociedad, más cómodamente prosperan. Pocas estrategias resultan tan rentables electoralmente como convencer a los ciudadanos de que el vecino no es un compatriota sino un enemigo. La vieja máxima romana de dividir para gobernar jamás había gozado de tan buena salud como con Sánchez y este socialismo dañino. Mientras unos españoles son etiquetados como fascistas por respirar y otros como revolucionarios por cobrar subvenciones, los problemas reales permanecen cuidadosamente aparcados detrás del decorado. La vivienda, la natalidad, la productividad, la inseguridad jurídica, la deuda, la decadencia institucional.

Todo ello espera pacientemente detrás del telón mientras los actores representan otra función ideológica. En el Evangelio aparecen también los “sepulcros blanqueados”, no son exactamente animales, pero merecen un capítulo propio. Cristo los describió como hermosos por fuera y podridos por dentro, difícil encontrar una definición más ajustada para ciertas operaciones de cosmética política contemporánea del sanchismo como las comisiones de expertos, los observatorios, consejos asesores, planes estratégicos o agendas transformadoras. Títulos grandilocuentes que a menudo sirven para ocultar una realidad mucho más prosaica, más burocracia, más gasto y menos resultados.

Así, la fachada reluce mientras los cimientos crujen, pero nadie debe señalar las grietas porque eso sería antipatriótico, reaccionario o, peor aún, susceptible de generar un bulo. Y llegamos al burro, pobre animal, durante siglos simbolizó la humildad. Cristo entró en Jerusalén sobre uno, pero hoy representa al ciudadano medio que contempla este espectáculo con creciente perplejidad. Trabaja, paga, cumple, espera y financia. Observa cómo los profesionales de la política convierten su esfuerzo en combustible para una maquinaria que nunca parece saciada. Cada escándalo se presenta como una campaña de la oposición, de los jueces y de la UCO. El burro escucha y aguanta, sigue tirando del carro, alguien tiene que hacerlo y el burro seres tú y yo…Mientras tanto, en las alturas del poder, las aves carroñeras sobrevuelan las instituciones, no buscan construir solo ocupar, colonizar, controlar y repartir. 

Entre todas las criaturas de este zoológico gubernamental merece capítulo aparte el buitre carroñero de toga ajena. Es un espécimen curioso, jamás protesta cuando los jueces archivan causas favorables ni cuando la Guardia Civil desbarata redes criminales ajenas, pero desarrolla una repentina alergia institucional cuando las investigaciones se acercan a su propio comedero. Entonces descubre conspiraciones, cloacas imaginarias, jueces sospechosamente independientes y guardias civiles excesivamente diligentes. Como cualquier depredador acorralado, no discute los hechos, intenta picotear al mensajero.

 En el bestiario sanchista, la Justicia ya no es la balanza de Temis que representa el equilibrio, la equidad y la igualdad ante la ley, sino el veterinario al que culpan las fieras cuando empieza a revisarles los colmillos. La independencia institucional se ha convertido en una rareza casi arqueológica donde el mérito resulta sospechoso, la fidelidad es premiada, la competencia es opcional pero la obediencia es esencial. “Asínque”, poco a poco, la arquitectura democrática va pareciéndose menos a una república o monarquía moderna y más a una reserva natural administrada por depredadores. Sin embargo, el animal más peligroso de todos no aparece en ningún bestiario medieval. Es el camaleón.

Cambia de color según la rama sobre la que se posa. Socialdemócrata en Bruselas. Progresista en Madrid. Constitucionalista en campaña. Revisionista después de las elecciones. Europeísta por la mañana. Populista por la tarde. Pragmática por la noche. El camaleón no tiene principios, tiene circunstancias. No posee convicciones, posee necesidades, y en eso reside el secreto de su supervivencia. 

Al final, la gran paradoja del sanchismo consiste en haber construido una religión política sin necesidad de milagros, exige fe. Fe para creer que la deuda es prosperidad, fe para creer que la desigualdad es igualdad, que la cesión es fortaleza, fe para creer que la propaganda es información y sobre todo creer que el problema nunca está en el Gobierno sino en quien se atreve a describirlo. La historia tiene una costumbre incómoda, termina pasando factura, los imperios del relato acaban chocando con la realidad y los castillos de humo terminan encontrándose con el viento, y claro, los zoológicos políticos, por muy sofisticados que parezcan, acaban revelando la verdadera naturaleza de sus habitantes. Una vez desaparecen los maquillajes, las escenografías y los argumentarios, las fieras vuelven a ser fieras. Los lobos, lobos. Las serpientes, serpientes. Los zorros, zorros, y los pavos reales, simples aves engalanadas incapaces de volar.

Mientras España continúa avanzando como aquel burro evangélico que soporta sobre sus lomos el peso de todos los demás. Con una diferencia sustancial, aquel llevaba a Cristo, este lleva a una corte entera de domadores, prestidigitadores, contables del relato y mercaderes de la política que han descubierto el secreto de la eternidad gubernamental, convencer al rebaño de que los colmillos son sonrisas, que las cadenas son abrazos y que el establo, aunque huela cada día peor, sigue siendo el paraíso.

Y así concluye este bestiario nacional, donde las parábolas han sido sustituidas por ruedas de prensa, los milagros por campañas de comunicación y la multiplicación de los panes por la multiplicación de asesores. Un país donde los corderos pagan, los lobos legislan y las serpientes redactan los argumentarios. Un reino singular en el que la política ya no aspira a parecerse al Evangelio, sino apenas a sobrevivir a él. Cuando el poder deja de buscar la verdad y se conforma con administrar apariencias, hasta el más humilde de los animales termina comprendiendo que no está contemplando una granja democrática, sino un circo ambulante donde los domadores exigen aplausos mientras las fieras devoran la pista.

Andrés Hernández Martínez

Comentarios