Opinión

Montanaro: LOS HEREDEROS DEL 11-M Y EL PAÍS DEL TODO VALE

Andres
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Montanaro: LOS HEREDEROS DEL 11-M Y EL PAÍS DEL TODO VALE

LOS HEREDEROS DEL 11-M Y EL PAÍS DEL TODO VALE

España se parece cada día más a una vieja película de Berlanga rodada por Valle-Inclán y financiada por una agencia de colocación de pícaros. El decorado sigue en pie, la fachada continúa pintada de democracia homologada y progreso sostenible, pero al acercarse se descubren las grietas, la humedad y el olor a cerrado de unas instituciones prostituidas que llevan años soportando el peso de una política convertida en un ejercicio de supervivencia. Ya no se gobierna para transformar, ni siquiera para administrar, se gobierna para resistir, para permanecer, para ocupar cada resquicio del Estado como quien toma posiciones en una fortaleza sitiada.

Muchos, entre los que me cuento, sitúan el origen de esta deriva en aquella España traumatizada por el 11-M, un episodio que no sólo cambió un Gobierno sino también la manera de entender el poder. Desde entonces, comenzó a consolidarse una forma de hacer política donde el relato sustituyó progresivamente a la realidad y a la verdad, donde la memoria se transformó en herramienta ideológica y donde cualquier principio podría ser negociado si la recompensa era suficientemente atractiva, los socialistas convertidos en miserables mercaderes de la dignidad española. Allí aparece la figura de Zapatero, el gran ingeniero de una nueva arquitectura política basada en la demolición paciente de los consensos de la Transición y en la sustitución de la nación como proyecto compartido por una suma de intereses fragmentados y oportunistas, y como vemos hoy, de espurio económico.

Aquel proceso no se presentó como una demolición, naturalmente, se vendió como diálogo, como modernidad, como reconciliación y como progreso con talante. Las palabras siempre fueron importantes, y lo siguen siendo para deshonrar la verdad. Quien domina el diccionario acaba controlando el debate, y España lleva años asistiendo a una curiosa mutación lingüística donde los conceptos cambian de significado con una facilidad asombrosa, y la RAE a remolque. Así, la cesión golpista y asesina de terroristas deja de ser humillación para convertirse en convivencia. La dependencia en pluralidad, el interés partidista en responsabilidad institucional, y así, entre eufemismo e ironía, se ha construido un país donde la realidad parece redactada por un departamento de marketing, pero de una extensión mafiosa.

Lo sorprendente es la naturalidad con la que se ha aceptado esta humillación y el despoje de libertad al pueblo, con presión y extorsión, paro, vivienda, energía y cesta de la compra tomando el protagonismo como un láudano suministrado de manera oscura, primero poco a poco, adictivo como analgésico y luego, en dosis superiores que causan depresión respiratoria, coma y sobredosis fatal..., y así estamos. La corrupción, los escándalos, los pactos imposibles, las contradicciones obscenas y las sucesivas tormentas políticas han dejado de provocar estupor para convertirse en el paisaje natural. España consume hoy los sobresaltos políticos como quien consulta la previsión meteorológica. Así, una investigación judicial, una grabación comprometida, una filtración inconveniente o un nuevo episodio de nepotismo apenas sobreviven unas horas antes de ser sustituidos por la siguiente polémica, estamos en racha. El escándalo ha perdido ya valor, la oferta supera ampliamente la demanda y curiosamente en el eje Ferraz-Moncloa, que son directamente proporcional a los juzgados y Soto del Real.

El auténtico triunfo del poder no consiste en convencer, sino en adiestrar o domar. Acostumbrar a los ciudadanos a que nada tenga consecuencias, instruir para contemplar cómo la ejemplaridad pública desaparece sin que nadie parezca echarla de menos. Instaurar la idea de que la mentira es simplemente una herramienta más de comunicación política y de que la coherencia es una extravagancia propia de aficionados, la consecuencia es una sociedad agotada que observa cómo la dignidad institucional se deteriora a la misma velocidad con la que aumentan los discursos grandilocuentes sobre democracia, derechos y convivencia, algo parecido a los discursos nacionalsocialistas hitlerianos, narcotizar al pueblo. Cuanto más se habla de valores, menos parecen practicarse, cuanto más se invoca la regeneración, más se degrada el sistema. Cuanto más se proclama la transparencia, más opacos resultan los despreciables comportamientos. La política española ha terminado pareciéndose a esos restaurantes turísticos donde el camarero enseña fotografías espectaculares del menú mientras sirve algo completamente distinto, o lo que pides a China y lo que te mandan, casualidad forzada.

Pedro Sánchez representa la culminación de una evolución iniciada años atrás, no es absurdo, es la consecuencia lógica de una cultura política donde la permanencia en el poder se ha convertido en el objetivo supremo. Zapatero habría abierto la puerta y Sánchez habría aprendido a desmontar los marcos, agrandar los huecos y retirar las últimas bisagras. El discípulo aventajando al maestro, o el inquilino perfeccionando la obra del arquitecto.

En los cafés, en las sobremesas y en esa España que aún conserva el vicio de desconfiar, comienza a circular una pregunta impropia de una democracia sana pero perfectamente lógica en un país donde la propaganda ha sustituido al BOE como género literario. Si el 11-M alteró el rumbo electoral de España en tres días, ¿qué clase de terremoto político, mediático o emocional necesitan hoy los herederos de aquella cultura del relato para sobrevivir a su propio desgaste y corrupción? No hablo de hechos, sino de metáforas. Del hipotético "11-M del sanchismo", una gran conmoción capaz de sepultar bajo toneladas de alarma pública los sumarios, los audios, las investigaciones y las vergüenzas acumuladas, no lo descarto, porque cuando un Gobierno vive de fabricar relatos, termina necesitando capítulos cada vez más espectaculares, cuando la realidad deja de colaborar, siempre existe la tentación de convertir cualquier crisis en una epopeya, crear una nueva realidad sin límite ético. El problema es que las democracias maduras gestionan las emergencias, las decadentes como la actual y gracias al sanchismo corrupto, empiezan a necesitarlas.

Precisamente ahí es donde aparece un temor que recorre conversaciones políticas y sociales. No el recuerdo del 11-M como triste hecho histórico, sino su sombra como símbolo. La idea de una gran conmoción capaz de alterar de golpe el clima político, de desplazar la atención pública y de reordenar las prioridades de una sociedad saturada de escándalos, el simple hecho de que muchos españoles contemplen esa posibilidad revela hasta qué punto se ha deteriorado la confianza. Cuando un Gobierno parece vivir permanentemente al borde del desgaste y una parte de la ciudadanía sospecha que cualquier crisis puede ser utilizada como tabla de salvación política, el miedo deja de estar en el acontecimiento mismo para instalarse en la sospecha. El miedo, el temor es que una sacudida semejante al luctuoso día pudiera convertirse en la última oportunidad de quienes ya no encuentran respaldo suficiente en la normalidad democrática, desconfianza, justa o injusta, constituye por sí sola una grave enfermedad institucional, cívica y social, no sabemos dónde está el límite.

Los casos que cercan al Gobierno y al partido socialista provocan una sensación tan devastadora en los españoles honrados, no se perciben como episodios aislados sino como síntomas de algo más profundo, el sistema ha terminado funcionando prioritariamente para proteger a quienes lo ocupan donde, las instituciones han dejado de ser fines para convertirse en instrumentos. Quizá sea exagerado, quizá no, pero millones de ciudadanos comienzan a pensarlo. Cuando una democracia pierde la confianza de una parte importante de sus ciudadanos, el problema ya no es electoral, es moral.

La resignación es siempre el mejor aliado de cualquier poder excesivamente cómodo. Un ciudadano indignado puede resultar incómodo, pero un ciudadano resignado es una bendición. No pregunta, no exige, no fiscaliza, no molesta. Simplemente paga y ahí estamos resignados y pagando. España, el viejo país orgulloso de sus instituciones, de sus avances y de su convivencia ha sido sustituido por una sociedad cansada que contempla la política como un espectáculo cada vez más parecido a una reyerta de taberna, protagonistas barriobajeros con marchamo de intelectuales apócrifos desarrollan la lucha descarnada por el poder, al margen la ciudadanía que no importa.

Mientras tanto, los problemas reales siguen esperando turno en la cola del paro. La productividad, la competitividad, la Educación, la fuga de talento, el deterioro demográfico con la suma de la inmigración caótica y sin cualificación o la deuda pública, exagerada y letal, realidades que no encuentran espacio entre tanta batalla política y tanta propaganda de emergencia. Gobernar parece haberse convertido en un ejercicio de distracción permanente.

Lo más inquietante es que la degradación del sistema y el destrozo constitucional hoy no llega de forma espectacular, no aparecen tanques ni suenan sirenas, no está el ejército en la calle, ni la Guardia Civil en el Congreso, tampoco están los socialistas y comunistas quemando iglesias y atacando al clero violentamente como en el 33, SÍ agravian a la derecha como si fueran apestado, y esto lo hacen los leprosos del socialismo y comunismo actual. Hoy el ataque a modo de golpe de estado llega envuelto en discursos institucionales, en campañas de comunicación y en sonrisas perfectamente ensayadas. Avanza poco a poco, como una carcoma, cuando la sociedad quiere reaccionar descubre que lleva demasiado tiempo acostumbrándose a la ignominia como algo natural. La gran amenaza para España no son únicamente los escándalos, ni los casos judiciales, ni siquiera los dirigentes concretos que hoy ocupan los titulares, la verdadera amenaza es la normalización. La aceptación resignada de que todo vale, la idea de que la política es necesariamente un lodazal y de que exigir decencia constituye una ingenuidad. Cuando un país acepta que todo vale, termina descubriendo que él mismo es lo único que ha perdido valor.

Lo verdaderamente decisivo es si España conserva todavía la capacidad de reaccionar frente al deterioro, el atropello y la corrupción disfrazada de extorsión y ornamentada de amenaza, de exigir ejemplaridad a los suyos con la misma severidad que a los adversarios y de recordar que la democracia no consiste únicamente en votar cada cuatro años, sino en impedir que quienes administran el poder acaben creyendo que son sus propietarios. El objetivo de este golpe blando o silencioso, en su estrategia para desestabilizar y derrocar al gobierno constitucional desde el propio gobierno, utiliza tácticas legales, mediáticas, económicas e institucionales para forzar la salida de un mandatario sin recurrir al uso de armas. Aquí, el objetivo último será la monarquía como safávidas y distracción del sanchismo.

La historia demuestra que las naciones no suelen derrumbarse por culpa de sus gobernantes, se derrumban cuando los ciudadanos dejan de exigirles cuentas, y en una España donde el escándalo dura menos que un titular y la indignación se consume a velocidad digital, quizá el verdadero problema no sea la corrupción, el oportunismo o la propaganda. Quizá el problema sea haber empezado a considerarlos normales.

Andrés Hernández Martínez

 
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