Desde la Repla. CARTAGENA “SOAP OPERA”. EL CARIBE CON LUMBAGO
CARTAGENA “SOAP OPERA”. EL CARIBE CON LUMBAGO
Las telenovelas nacieron para vender detergente, no fue una inspiración artística ni un arrebato cultural, fue marketing puro. En los años treinta, Procter & Gamble descubrió que una ama de casa emocionada con las desventuras de la viuda, el noble y el hijo secreto compraba más jabón que una convencida por un anuncio de treinta segundos, así nació la “soap opera”, la ópera del jabón, donde el verdadero protagonista nunca era el galán de mandíbula perfecta, sino el detergente que esperaba pacientemente entre capítulo y capítulo para limpiar las manchas.
Noventa años después, Cartagena ha perfeccionado el invento. Aquí ya no se vende jabón, aquí se blanquea el relato. “Asinque”, bienvenidos a Cartagena “Soap Opera”, la única producción audiovisual donde el guión lo escriben los gabinetes de comunicación, mediocres, por cierto, los actores cobran del presupuesto municipal y el productor ejecutivo se llama contribuyente. Cada mañana se rueda un capítulo nuevo, no importa el argumento, al contrario que en Moncloa y Ferraz que es único, lo importante es que haya rueda de prensa, sobre todo..., y foto.
Cartagena ha descubierto la energía renovable definitiva, y no es la eólica ni la solar, es el flash institucional. Si los fotógrafos del ayuntamiento, de los 27 generaran megavatios, Escombreras cerraría mañana mismo. Aquí se inauguran carteles, se presentan logotipos, se firman convenios, se entregan sellos, se reparten diplomas, se anuncian observatorios, mesas de trabajo, planes estratégicos, pactos de futuro y cualquier otra combinación de palabras capaz de justificar un atril con micrófonos y todo de adornado de una mediocridad enfermiza.
Esta semana el capítulo estrella gira alrededor de los asesores, la oposición denuncia que el gobierno municipal continúa ampliando el catálogo de cargos de confianza, amiguetes y amiguitas con salario, son una especie protegida y longeva impuesta por los intereses de San Esteban para pagar favores, sin duda. Cartagena ha decidido convertirse en el primer ayuntamiento del mundo donde la fauna administrativa supera en biodiversidad al Parque Regional de Calblanque. Hay coordinadores, coordinadores generales, coordinadores de patrimonio, coordinadores de contratación, coordinadoras de museos, éstas, para coordinar el cierre veraniego.
Cualquier día nombran un Coordinador General para Coordinar a los Coordinadores Generales porque alguno podría descoordinarse y provocar un colapso institucional de consecuencias imprevisibles. El Ayuntamiento parece una empresa de recursos humanos donde el único completamente desorientado sigue siendo el ciudadano, a este ritmo hará falta un guía turístico para encontrar al funcionario que todavía trabaja entre tanto despacho de confianza, pero hay foto que es lo importante y, sobre todo, carguitos.
Luego aparecen los contratos menores, y lleva razón el gladiador de madera, mil setecientos veinte en apenas medio año y de aquella manera, los llaman menores con la misma ternura con la que el Titanic sufrió un pequeño incidente náutico, ahora hay que ver quienes usan los botes salvavidas, o lo que es lo mismo, los destinatarios, pero en un Excel con filtro...
Ahora interviene la verborrea de barrio cartagenero, la capacidad para reducir cualquier cifra mediante el lenguaje. No son contratos, son "herramientas de gestión". No es gasto, sino "dinamización administrativa". No son asesores, son "personal de apoyo" y claro, el Mar Menor no está enfermo, sino en “en proceso de reanimación hospitalaria". George Orwell habría solicitado plaza en la Concejalía de Comunicación, allí habría encontrado material para escribir una segunda parte de 1984, pero con aire acondicionado. En Cartagena, la normalidad consiste en discutir sobre transparencia mientras los expedientes juegan al escondite, la comisión de investigación sobre Turismo lleva tanto tiempo anunciándose que empieza a parecer una serie de Netflix como su prima hermana de protagonista, los terrenos contaminados de Los Mateos con final judicial y crítico.
Llega el gran acontecimiento empresarial del verano, el CEEIC entrega sus sellos de empresa innovadora, Silicon Valley lleva cuarenta años perdiendo el tiempo fabricando microchips cuando la verdadera innovación consistía en reunir a treinta personas delante de un panel corporativo. Ayuntamiento. COEC. INFO. Autoridades. Empresarios. Todos perfectamente colocados y sonrientes, para la foto. Todos perfectamente convencidos de estar cambiando el futuro de la economía regional, si los flashes generaran PIB, Cartagena competiría con Singapur, lo mejor de estos actos, sin ánimo de ofender a nadie es que siempre parecen una entrega de los Oscar. Lo llaman ecosistema emprendedor, pero en realidad, parece una comunión civil con catering.
Como toda buena telenovela necesita un episodio romántico para vender el bote de 5 kilos de “Detergente Vicente”, aparece Fernando López Miras declarando que con Feijóo en La Moncloa la Región será tratada con justicia e igualdad, una carta de amor donde solo ha faltado un violín de fondo y unos pétalos cayendo del techo. Según uno escucha determinadas declaraciones, empieza a sospechar que Feijóo no llegará a La Moncloa en coche oficial, llegará caminando sobre las aguas del Trasvase mientras multiplica los presupuestos y convierte cada bache de la Región en una rotonda perfectamente asfaltada, como Jesús y sus milagros. Solo ha faltado que descendiera una paloma blanca sobre San Esteban mientras sonaba el "Aleluya" de Händel. Feijóo ya no parece un candidato, parece el fontanero del apocalipsis regional. Abrirá el grifo y manará agua, inversiones, infraestructuras, prosperidad y quizá hasta aparcamiento en Cabo de Palos y la Manga. Aunque tengo serias dudas de su investidura futura, vista la deriva estúpida del partido y la de sus alabanceros correligionarios.
No podía faltar en la telenovela el capítulo de acción, Torre Pacheco, donde la violencia, la inmigración, las protestas, las declaraciones cruzadas no traspasan más allá de las RRSS las noticias, las televisiones son materia reservada y ahí no entran. Cada partido interpreta su papel, unos descubren el problema, otros descubren al culpable, pero nadie descubre la solución. La política española posee una virtud extraordinaria, es capaz de convertir cualquier problema complejo en un titular de doce palabras. Luego llegan las promesas de soluciones, que vienen a ser como los avances del siguiente capítulo. El negocio de las “soap operas” nunca consistió en terminar la historia, consistía en impedir que el espectador cambiara de emisora, y Cartagena ha aprendido la lección. Aquí jamás acaba nada, cada problema enlaza con otro, cada comisión anuncia otra comisión, cada promesa necesita una nueva promesa y cada fotografía exige otra fotografía. El ciudadano permanece fiel a la serie porque, aunque jure que dejará de verla, necesita saber cuál será el próximo disparate, forzado claro.
El problema es que esta producción no vende detergente, consume presupuestos y paga favores e intereses, y el patrocinador no cambia de canal porque el patrocinador somos nosotros. El verdadero alcalde/alcaldesa de Cartagena no aparece en los plenos, lleva una cámara colgada al cuello porque es el fotógrafo oficial. Decide qué existe y qué no, si no hubo fotografía, el acto jamás ocurrió. Si hubo veinte instantáneas, aunque el proyecto acabe exactamente donde empezó, el expediente queda espiritualmente amortizado. Dios creó el mundo en siete días, Cartagena lo reinaugura cada mañana delante de un photocall y una perorata de la alcaldesa, la economía depende menos del turismo que del ángulo de la cámara.
Así, el gran acontecimiento científico del verano ha sido repartir diez mil gafas para contemplar el eclipse, con dos cojones, nos toman por imbéciles con alevosía, llevábamos años sin ver con claridad el futuro del municipio y resulta que el problema era de óptica, las gafas servirán para observar una mancha solar situada a ciento cincuenta millones de kilómetros. Mientras, para localizar un expediente municipal siguen siendo insuficientes, quizás la versión con rayos X llegará en la próxima legislatura.
La realidad tiene la mala costumbre de colarse en el encuadre y ahí aparece el Mar Menor, ese lugar al que los folletos turísticos siguen llamando "el Caribe europeo", perdón, es el Caribe con lumbago, el único mar del mundo donde el agua no refresca, sino que hace rehabilitación, si te metes hasta la cintura notas cómo las rodillas dejan de crujir mientras el mújol más cercano bosteza por exceso de temperatura, allí, los peces ya no nadan, hacen pilates. Los cangrejos piden sombra y las medusas empiezan a llevar abanico, pero en las fotografías continúa pareciendo Bora Bora. La naturaleza pone el paisaje, el departamento de Comunicación pone el filtro, fotos y todos felices. La Manga, a la sazón, un accidente urbanístico tan grande que terminó convirtiéndose en paisaje, al principio era una barra de arena, después se demostró que el hormigón también podía reproducirse por esporas y hoy, La Manga es un código de barras con vistas al Mediterráneo que intensifica el lumbago del Mar Menor. En agosto, deja de ser un destino turístico para convertirse en una prueba de resistencia psicológica, entrar es relativamente sencillo, pero salir…, eso depende de la voluntad divina y del semáforo del Zoco, los atascos son tan largos que algunos niños llegan a la playa con bachiller. Cristóbal Colón tardó menos en descubrir América que un cartagenero en cruzar La Manga un sábado de agosto.
Las “soap operas” nunca resolvían el argumento, vivían de prolongarlo y Cartagena también. Aquí siempre existe una comisión pendiente, un informe que llegará, un plan estratégico que está elaborándose y una mesa de trabajo en curso. Un observatorio, una jornada, un protocolo, otro compromiso firme, en un horizonte ilusionante y lo único que nunca aparece es el cartel de "Fin". Al final uno comprende que Procter & Gamble fue una empresa adelantada a su tiempo, descubrieron que una buena historia vendía más detergente que cualquier anuncio por lo que, Cartagena ha perfeccionado la teoría, una buena fotografía vende más gestión que una buena gestión. El jabón limpiaba la ropa, la comunicación intenta limpiar el relato. El detergente eliminaba las manchas y las notas de prensa solo intentan que no se vean, y así, mientras el fotógrafo dispara una vez más, el Mar Menor sigue esperando algo más útil que un eslogan, La Manga continúa atrapada entre el hormigón y los atascos, Cartagena sigue posando como una estrella de Hollywood con el maquillaje agrietándose bajo los focos y el contribuyente continúa financiando la siguiente temporada de esta interminable producción, ahora toca IBI.
Toda buena “soap opera” necesita un capítulo de "pan y circo", Cartagena ya prepara el gran estreno de la temporada, el encendido de las luces de Navidad... el 4 de diciembre, no vaya a ser que la realidad llegue antes que los villancicos. Roma entretenía al pueblo con gladiadores, aquí bastan un millón de euros en bombillas LED, un escenario, confeti biodegradable, un cantante de moda o “tributos” que son más baratos, fuegos artificiales, una cuenta atrás retransmitida en directo y veinte fotógrafos inmortalizando el acontecimiento histórico de pulsar un interruptor. Mientras, algunos siguen esperando inversiones, soluciones al Mar Menor, infraestructuras o que desaparezca el atasco perpetuo de La Manga, el Ayuntamiento ha entendido que una guirnalda siempre luce mejor que un expediente resuelto. El viejo principio romano continúa plenamente vigente: si no puedes ofrecer gestión, ofrece espectáculo, si no puedes apagar los problemas, enciende las luces. Al fin y al cabo, un millón de euros ilumina mucho más una fotografía que una memoria de gobierno.
En esta ciudad, Cartagena, no se gobierna, se ensaya. No se planifica, se escenifica. No se resuelven problemas, se iluminan y cuando las luces se apagan, el decorado permanece exactamente igual que al principio del capítulo, quizás Torres junior lleve razón, Cartagena se ha convertido en un decorado de cartón piedra…, y mañana..., mañana habrá otro estreno.
Andrés Hernádez Martínez