Opinión

El amor de los bisiestos

Juan M. Uriarte
Juan M. Uriarte
El amor de los bisiestos

Bis sextus dies. Ni el sol ni los astros se someten a nuestros romos cálculos matemáticos. Cada cuatro años tenemos que hacer una chapuza y sumar un día, añadir uno al resultado porque, cual torpes alumnos a los que no nos coincide el resultado, la ecuación astrofísica nos ha salido mal. Solo hemos aprendido que la chapuza olímpica hay que repetirla cada cuatro años. Físicos de pacotilla. Los astros no obedecen nuestras leyes, somos nosotros los que hacemos seguidismo a trancas y barrancas de la mecánica celeste, haciendo trampas con nuestra libreta escolar de aprendices de diosecillos. Dice el salmo: Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, y la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, Señor, para que pienses en él?

 

Y sin embargo, este reconocimiento de que nuestros cálculos no los hace la inteligencia artificial sino nuestra tontuna natural, me conduce a la indulgencia, me sugiere pensamientos benévolos. Que exista la opción bisiesta es algo muy misericordioso para todos nosotros. Lo bisiesto nos humaniza, porque es un signo de que la naturaleza, la Creación, cuenta con algo tan humano como nuestra torpeza.

 

Bisiesto significa la posibilidad de tener un día más para hacer eso que la pereza, tu procrastinación, el olvido o la incapacidad nos habría hecho fracasar estrepitosamente.

 

Bisiesto es puro oxígeno con forma de tiempo muerto, es parar en un repecho del invierno, para no desplomarnos ante el fruncido ceño del segundero del reló. Un día más es un tiempo infinito, pasar de culpable a inocente, de suspender a aprobar, de ser rechazado a tener opciones. Bisiesto es saber que aún llegas a tiempo, que el calendario te está esperando con su página de febrero sin doblar, para que recuperes el paso en el desfile de la vida. Los ingleses llaman al año bisiesto leap-year, algo así como año saltón; el 29 de febrero damos un saltito para recuperar porque íbamos mal.

 

Solo necesito un día, sólo uno, nada más que uno, un día extra inesperado cual Philleas Fog, para así transitar de desahuciado a millonario en mi particular vuelta al mundo. Solo necesito un día, solo uno; un día extra es tiempo infinito en esta cárcel horaria, con sus veinticuatro barrotes en forma de horas, con sus minutos que me aprisionan en sus sesenta segundos inexorables. Ese insoportable y metálico tic-tac exacto y dictador.

 

Quiero dormir sin mirar el minutero, quiero vivir sin mirar las horas; solo sentarme y perder la vista en el infinito donde no hay tiempo y saber que tú estás aquí, conmigo y sin prisa; no hay prisa, ni domingo ni lunes. Esas buenas gentes sencillas de las que hablaba Machado:

 

y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.

 

Sin prisa, sin tic-tac, pero contigo. Contigo no tengo prisa, no miro el reloj, enamorado. Ojalá los años fueran todos muy bisiestos, los días con veintiséis horas, las semanas de ocho singladuras y los meses de treinta y una jornadas. Ojalá los días se midieran con decimales. ¡Viva lo bisiesto, los exámenes de septiembre, las recuperaciones, los purgatorios, las repescas, las convalidaciones…! ¡Que nadie se quede atrás, nadie se quede fuera, que haya un momento de amor bisiesto e inesperado para así todos salvarnos! Edax rerum tempus, decía el verso de Ovidio. El tiempo, devorador de las cosas, nos regala su amor en los bisiestos.

 

 

Juan M. Uriarte