Opinión

Montanaro: LA DOTE SOCIALISTA. MANUAL PRÁCTICO PARA VACIAR UN PAÍS SIN ROMPER NADA QUE SE VEA

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro: LA DOTE SOCIALISTA. MANUAL PRÁCTICO PARA VACIAR UN PAÍS SIN ROMPER NADA QUE SE VEA

LA DOTE SOCIALISTA. MANUAL PRÁCTICO PARA VACIAR UN PAÍS SIN ROMPER NADA QUE SE VEA

Hay libros que explican el mundo y hay libros que lo arruinan para siempre como la dote maldita o “The Cursed Dowry”, una vez entendido el mecanismo, ya no puedes dejar de verlo funcionar en un contexto que no denuncia nombres, denuncias los rituales, nada místicos y eso lo vuelve peligrosamente aplicable, cuando el poder deja de ser ideología y pasa a ser un miserable procedimiento de clientelismo, el mapa sirve en cualquier sitio. Incluida España. Incluida La Moncloa. Incluido Pedro Sánchez. El poder ya vemos que no gobierna, factura y se beneficia de esa cuenta. La tesis del texto actual del socialismo es brutalmente simple y miserable, el poder no concede nada sin cobrar antes. Nunca lo ha hecho y nunca lo hará, solo cambia la moneda. Antes era petróleo y hoy es lenguaje sectario. Antes era obediencia y hoy es el silencio. Antes llegó a ser sangre, pero hoy es cansancio.

Ya sabemos, tanto en España como en Europa y resto del mundo, para nuestra vergüenza que Pedro Sánchez no gobierna España, la gestiona como una dote maldita permanente, exigida a plazos y sin fecha de devolución clara, eterna y con intereses crecientes. No promete un proyecto nacional, solo promete su continuidad personal y nos da igual. No lidera ni navega con un rumbo fijo, administra dependencias en su beneficio. El maridaje del progreso con la justicia social y regeneración democrática lo usa como demagogia, pero siempre está en la siguiente legislatura. Siempre después, cuando toque, pero, la dote, en cambio, es inmediata.

El socialismo que dejó de creer en el pueblo, el socialismo clásico al menos fingía creer en algo, creía en la clase trabajadora o eso parecía, creía en el compromiso político, creía, con mayor o menor éxito que el poder debía justificarse y valorarse, pero el socialismo sanchista cree en otra cosa, la inercia que se adereza de desidia, se condimenta con indolencia y se sirve con apatía. Cree que el poder no debe explicarse, sino mantenerse a toda costa, incluso golpeando al Estado donde la democracia no debe ni puede decidir, sino ratificar al sátrapa, el votante no debe comprender, sino resignarse y asumir, por eso su lenguaje no persuade sino anestesia. Por eso no debate, solo etiqueta enemigos. Por eso no confronta, administra un fraude. No hay convicciones, ni moral ni vergüenza. Hay protocolos sustantivados como los de Marlaska y su organización, vestida de azul como la muñeca de la canción infantil, con su camisita y su canesú…

“Son, junto a Sánchez los verdaderos ideólogos y traficantes de la ética y la moral del sanchismo, un verdadero sanedrín a modo de conciliábulo.”

Empieza a aparecer la extorsión y la basura de una organización criminal, gracias al ex DAO y seguramente a otros muchos, la Policía Nacional se convirtió en la policía de Marlaska por imperativo sanchista, y ¿ahora qué?, la verdadera policía, no la de Sánchez ni Marlaska, la que se juega la vida, la que vela por la población, la que sufre, se ha manifestado en contra y me quedo con una frase, “tienen que limpiar su uniforme de mierda y no lo han manchado ellos...”, en paralelo pasa lo mismo con las Fuerzas Armadas de la Robles, estos más díscolos porque son más difíciles de comprar pero, ojito, que todo se desborda. Son, junto a Sánchez los verdaderos ideólogos y traficantes de la ética y la moral del sanchismo, un verdadero sanedrín a modo de conciliábulo.

“Un espacio donde los pactos no se explican, las líneas rojas se borran solas, y las decisiones no tienen alternativa, no hay botas ni tanques, solo hay comparecencias sin contenido, votaciones sin debate y leyes que pasan de puntillas como documentos archivados pero que nos dan la puntilla.”

La dote lingüística, otra “pa mear y no echar gota”. En La dote maldita, una de las ideas más inquietantes es que el poder moderno ya no necesita violencia explícita, basta con redefinir el marco y el relato. Sánchez lo ha entendido a la perfección, la dote que hoy se exige no es económica, aunque también, sino semántica. Así, aceptar que, una amnistía no es una amnistía, una cesión no es una cesión, una mentira no es una mentira, una derrota no es una derrota es cuestión de insistencia y mentir a los débiles de entenderás y carácter, así, todo es “complejo”, todo es “responsable”, todo es “europeo”, quien no acepta pagar esa dote lingüística queda automáticamente fuera del matrimonio democrático. No porque esté equivocado, sino porque no habla el idioma correcto que impone el sanchismo autocrático, por cierto, yo aquí soy muy disléxico….

Tres espacios, un mismo ritual en versión española que describe tres escenarios. Teherán, Manhattan, y una sala de reuniones unidos por el mismo mecanismo extractivo donde España añade el suyo, el pasillo institucional. Un espacio donde los pactos no se explican, las líneas rojas se borran solas, y las decisiones no tienen alternativa, no hay botas ni tanques, solo hay comparecencias sin contenido, votaciones sin debate y leyes que pasan de puntillas como documentos archivados pero que nos dan la puntilla.

“La izquierda aprendió demasiado bien lo más corrosivo del paralelismo con la dote maldita y no es que el socialismo haya traicionado sus ideales, son así de miserables.”

Como en el texto, el papel que podría haber cambiado algo se convierte en trámite porque el poder no rechaza, aplaza indefinidamente, es el progresismo como máscara de continuidad. El Sha Cubano empobrece mientras reprime, Sánchez progresa mientras vacía. Vacía el Parlamento de deliberación y de ética. Vacía la ley de límites y dignidad. Vacía el concepto de responsabilidad política como un mercadillo desestructurado, pero todo en nombre del progreso, pero el progreso, como en el libro y la maldita dote, es solo una máscara, una careta con la goma podrida que transforma la realidad en una forma de convertir el control en virtud y la debilidad en madurez democrática donde la estabilidad se vuelve excusa y la gobernabilidad se vuelve chantaje. La convivencia se vuelve una suerte de mordaza emocional. La izquierda aprendió demasiado bien lo más corrosivo del paralelismo con la dote maldita y no es que el socialismo haya traicionado sus ideales, son así de miserables.

Eso sería casi banal pero lo verdaderamente inquietante es que ha aprendido perfectamente cómo funciona el poder que decía combatir. Sánchez ha aprendido que no hace falta censurar si puedes saturar. Que no hace falta prohibir si puedes estigmatizar. Que no hace falta convencer si puedes agotar. El votante no es reprimido sino fatigado y hastiado. El disidente no es silenciado sino ridiculizado. El crítico no es refutado, es deslegitimado moralmente y todo eso se presenta como progreso.

George Orwel y su 1984 escrita en 1947 nos traslada a España en 1979 en un juego de guarismos…, el algoritmo y el PSOE que identifica ese año como el momento en que el poder deja de marcar cuerpos y empieza a marcar datos. El sanchismo es hijo directo de esa mutación ya lejana, no gobierna sobre hechos, sino sobre percepciones e intereses. No gestiona realidades, sino relatos. No teme a la mentira, la implanta para no perder el control del marco, así el escándalo ya no existe, solo existe el “contexto” y claro, la responsabilidad tampoco existe, solo el equilibrio y por eso la política ya no existe. Solo existe la supervivencia del sistema.

Como en la dote maldita el pago siempre es por adelantado, se paga con, degradación institucional, normalización del cinismo, infantilización del debate, y una ciudadanía entrenada para esperar poco y no recibir absolutamente nada. La promesa siempre es la misma, después de esto, estabilidad. Después de esto, justicia social. Después de esto, regeneración. Un después etéreo e ingrávido que es más una quimera, el poder que vive de dotes no puede permitirse cumplir el matrimonio ya que, si lo hiciera, perdería la excusa para seguir cobrando.

“Es el epílogo del matrimonio que nunca llega. La dote maldita no ofrece esperanza, solo diagnóstico y el diagnóstico es brutal, el poder ha perfeccionado el arte de exigir sin cumplir.”

España no es Venezuela, Cuba o Irán… pero el dispositivo no pide pasaporte. No hay revolución islámica, de momento. No hay ayatolás, o sí... Pero el mensaje es claro, el mecanismo no necesita religión, ni ideología, ni cultura específica, necesita asimetría de poder y una élite convencida de que sabe más que los demás y los demás convencidos que saben menos que la elite. El sanchismo no cree que el pueblo esté equivocado, cree que no está preparado y cuando un poder alcanza esa conclusión, la democracia deja de ser un fin y se convierte en un trámite incómodo.

Es el epílogo del matrimonio que nunca llega. La dote maldita no ofrece esperanza, solo diagnóstico y el diagnóstico es brutal, el poder ha perfeccionado el arte de exigir sin cumplir. Pedro Sánchez no es la anomalía, es el operador ideal de este sistema, flexible a necesidad, adaptativo a conveniencia, sin lastre ideológico, ya que la ideología le importa una mierda, es un experto en llamar madurez a la renuncia y responsabilidad a la rendición basándose en el inventado pasillo institucional y en la pedagogía del cansancio.

Cuando el cansancio se instala, aburre y desespera, el poder ya no necesita convencer. Solo necesita durar y dar de comer al parásito, más funcionarios y a ser posible por amiguismo y consanguinidad. Ataque al empresario, descalificar al contrario como enemigo y sobre todo, despilfarro a manos llenas demostrando la chulería de quien manda. Favorecer lo ilegal como natural, la inmigración desmedida, la legalización abusiva, o la Okupación donde se niega el problema, se blinda la puerta a unos y se deja abierta a los interesados votantes sanchistas, vengan de donde vengan…

“Así, la política, tan veloz para legislar en nombre de la protección, se vuelve súbitamente garantista cuando el foco apunta hacia dentro.”

Y ya que estamos en el zaguán, añado otro aroma pestilente al ambiente, la corrupción, pero no como anécdota, sino como clima medioambiental. Contratos discutidos, asesorías creativas, redes de afinidad donde el mérito parece un invitado opcional. Nada escandaloso en apariencia; todo perfectamente contextualizable donde el escándalo se diluye. Es casi pedagógico: la ley es compleja, los procedimientos son técnicos, los casos son “presuntos”. Y mientras tanto, la dote se sigue pagando en confianza. Luego está la otra grieta, más íntima y más áspera, la sensación de que el acoso sexual, cuando roza al poder se convierte en un problema de comunicación antes que, de responsabilidad, aparece la lacra del acoso y el ministerio del matiz con declaraciones milimétricas, comisiones internas vacías, y el eterno “dejemos trabajar a la justicia”. Así, la política, tan veloz para legislar en nombre de la protección, se vuelve súbitamente garantista cuando el foco apunta hacia dentro.

En ese paisaje miserable comparecen nombres propios ya citados, la triada maldita. Fernando Grande-Marlaska como guardián de la seguridad, Margarita Robles como figura de institucionalidad marcial, y el propio Sánchez como árbitro último de la responsabilidad y la eficacia política. Cuando la seguridad se convierte en relato y el relato en estrategia, la confianza deja de ser un suelo firme y pasa a ser una alfombra que se mueve según la aritmética, así la confianza en la policía, institución esencial en cualquier democracia no se erosiona con un discurso, pero sí con la percepción de que el respaldo depende del viento parlamentario.

Toda corte necesita personajes y ahí aparecen el Rasputín, la verdulera del mercado andaluz y el teatro del poder, Félix Bolaños se establece como estratega omnipresente, el tejedor de equilibrios imposibles, el intérprete oficial del “no hay alternativa”. Un Rasputín sin nieve, pero con BOE a su gusto. La Montero, convertida en una caricatura vociferante o en el símbolo mediocre de una política donde el volumen sustituye a la seducción. El insulto fácil, la descalificación gruesa, la épica de plató televisivo, donde es más importante pagar un contrato al bufón de turno en TVE por 30 millones de euros que no sostener la investigación contra el cáncer…. Y así, entre dotes, perfumes caros y facturas domiciliadas, el país no se rompe: se vacía con educación administrativa. Nada estalla, nada arde; simplemente se evapora la sustancia mientras nos explican que es vapor progresista. La genialidad del truco es que cuando busquemos responsabilidades, nos ofrecerán un “contexto”, y cuando pidamos respuestas, un “marco”. Al final descubriremos que la dote no era socialista, era obligatoria… y el novio éramos nosotros. Y encima habrá que dar las gracias por la ceremonia.

Andrés Hernández Martínez

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