Opinión

Desde la Repla: EL ORGULLO CON DENOMINACIÓN DE ORIGEN

Plaza Toros Cartagena
Plaza Toros Cartagena
Desde la Repla: EL ORGULLO CON DENOMINACIÓN DE ORIGEN

EL ORGULLO CON DENOMINACIÓN DE ORIGEN. LA CARROZA NACIONAL

 

Decía Oscar Wilde que el orgullo sirve para consolar al hombre de las estupideces que comete. Viendo cómo está España, uno empieza a sospechar que aquí no tenemos un problema de corrupción, de deuda o de inseguridad, tenemos un exceso de autoestima subvencionada, nos hemos convertido en una potencia mundial en fabricar orgullos de diseño, tenemos orgullo de todo, excepto de pagar impuestos sin que te roben la cartera, de madrugar para levantar un negocio o de llegar a fin de mes sin pedir un crédito emocional al Gobierno.

Llega junio y las calles se llenan de arcoíris, carrozas, confeti y políticos buscando un fotógrafo como los girasoles buscan el sol, es el milagro anual, durante once meses el ciudadano es un contribuyente, pero en junio pasa a ser un decorado de cartón piedra. Resulta curioso que el orgullo haya dejado de ser un sentimiento íntimo para convertirse en un contrato de patrocinio institucional, antes uno se sentía orgulloso de criar hijos, de terminar una carrera, de levantar una empresa o de servir a su país. Hoy parece que el mérito consiste simplemente en existir, cuanto menos esfuerzo requiere algo, más manifestaciones tiene y sobre todo viajar como “Lucy en el cielo con diamantes” haciendo de una desconocida sensación de género una oportunidad de negocio y de protagonismo ordinario.

La palabra "orgullo" ha sufrido la misma inflación que el euro, ya no vale nada porque sirve para todo. Orgullo gastronómico, orgullo climático, orgullo emocional, orgullo de barrio, orgullo interseccional y cualquier día veremos el Orgullo del Autónomo... aunque ese seguramente no tendrá subvención porque estará trabajando mientras los demás desfilan.

Lo verdaderamente extraordinario no es que exista una fiesta, cada cual celebra lo que le parece oportuno como quiere, lo fascinante es el despliegue institucional, así, ayuntamientos iluminados, edificios oficiales engalanados, declaraciones solemnes y discursos donde parece que España estuviera liberando París otra vez, esperando que aparezca Churchill o Franco en una carroza pronunciando un discurso entre drag queens y concejales.

Mientras, el país continúa coleccionando récords bastante menos coloridos, como las viviendas imposibles, los impuestos crecientes, la corrupción en fascículos de papel continuo, listas de espera sanitarias y médicos despreciados por la vividora y parásita ministra gafotas, jóvenes haciendo la maleta y una deuda pública que ya no cabe ni en las calculadoras del Ministerio. Pero siempre habrá una bandera multicolor para distraer la vista del agujero negro del BOE.

Lo extraordinario no es el desfile. Lo extraordinario es la amnesia, resulta conmovedor contemplar a quienes siguen suspirando por Castro, el Che, Stalin o Mao repartiendo certificados de tolerancia como si acabaran de descubrir los derechos civiles. Es un prodigio político, el mismo escaparate que vende camisetas del Che pretende ahora dar lecciones de libertad sexual, es como nombrar presidente de una asociación vegetariana al dueño de un matadero, imbéciles o solo carne de demagogia.

Lo más divertido es observar a cierta izquierda abrazando causas que sus propios referentes históricos habrían perseguido con entusiasmo burocrático. Hay que tener una memoria muy selectiva y unos huevos u ovarios cuadrados para venerar a dictadores comunistas mientras se presume de ser campeón universal de los derechos LGTBI++ plus y no sé qué más…, cada año hay algo nuevo. Hay una pregunta que jamás desfila sobre una carroza, ¿dónde están las manifestaciones frente a las embajadas de Irán, Catar o Arabia Saudí o la propia Palestina o el Líbano?, o más cerca, ¿Argelia y Marruecos? ¿Dónde las campañas contra Cuba, Corea del Norte o China? Allí la homosexualidad no termina con un concierto patrocinado por el ayuntamiento, puede terminar en una celda, bajo un látigo o delante de un verdugo, quizás algunos derechos humanos necesitan permiso ideológico para indignarse.

Los mismos que colocan flores sobre las tumbas políticas de Fidel Castro, del Che Guevara o de tantos iconos revolucionarios parecen sufrir una amnesia crónica cuando se habla de cómo trataban aquellos regímenes a los homosexuales. Ahí el relato se vuelve tan flexible como la Constitución cuando la necesita el Gobierno, manipulada y prostituida por ultrajada. Luego está el pequeño detalle internacional, en medio planeta ser homosexual sigue costando la cárcel, la tortura o la vida. En algunos países islámicos el desfile termina antes de empezar porque acaba directamente en la horca, en China el silencio sigue siendo política de Estado, en muchas dictaduras, el armario no tiene puerta de salida pero, curiosamente, contra esos verdugos apenas se organizan manifestaciones multitudinarias ni campañas de colorines patrocinadas por ministerios occidentales. Debe de ser que la geopolítica también tiene preferencias sexuales.

Quizá el problema no sea el orgullo de unos ni la condición de nadie, que a nadie le importa y nadie censura, el problema es la necesidad enfermiza de convertir cualquier circunstancia personal en una identidad política, una identidad presupuestaria y, sobre todo, una identidad electoral, detrás de cada bandera suele aparecer una urna, y detrás de cada urna siempre acaba apareciendo una subvención.

España ha pasado de fabricar galeones y sin CAETRA a fabricar etiquetas, de descubrir continentes a descubrir sensibilidades, de conquistar océanos a conquistar departamentos de Igualdad. Hemos sustituido la épica por el marketing emocional, hoy ya no levantamos imperios, levantamos escenarios. Quizá ahí resida la mayor caricatura de todas, España puede sentirse orgullosa de haber dado la vuelta al mundo, de haber levantado universidades cuando media Europa apenas sabía leer, de haber escrito una Constitución en Cádiz mientras Napoleón llamaba a la puerta o de haber llenado los océanos de marinos e inventores. Motivos para el orgullo nacional sobran, lo extraño es reducir la identidad de un país milenario a una campaña de marketing con confeti, patrocinadores y una carroza de ocho ejes.

Mientras tanto, el español corriente, ese espécimen raro que trabaja, paga impuestos, mantiene una familia y procura no molestar demasiado contempla el desfile con la misma cara que pone cuando recibe la declaración de Hacienda. Sabe perfectamente quién desfila, quién aplaude y, sobre todo, quién paga la música, la comparsa y el dislate. Quizá haya llegado el momento de recuperar un orgullo mucho más revolucionario, el orgullo de ser honrado, el orgullo de cumplir la palabra, el orgullo de crear riqueza en lugar de repartir pobreza, donde los sociatas de comparsa son campeones. El orgullo de una Justicia independiente, de una educación exigente y de una política que no necesite disfrazarse cada fin de semana de gigantes y cabezudos para ocultar sus vergüenzas.

Uno puede sentirse orgulloso de muchas cosas. Pero convertir la condición personal en una fiesta permanente financiada por quienes madrugan para sostenerla empieza a parecer menos un derecho y más un modelo de negocio y, de negocios políticos, precisamente, España ya va sobrada.

Andrés Hernández Martírnez

Comentarios