Opinión

Montanaro: LA GEOPOLÍTICA DEL BAZAR CHINO Y EL SOCIALISMO DE PANCARTA Y BATUCADA

Andrés Hernández
Andrés Hernández
Montanaro: LA GEOPOLÍTICA DEL BAZAR CHINO Y EL SOCIALISMO DE PANCARTA Y BATUCADA

LA GEOPOLÍTICA DEL BAZAR CHINO Y EL SOCIALISMO DE PANCARTA Y BATUCADA

Hay preguntas que incomodan. Y luego está la pregunta. ¿Para quién gobiernan realmente Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero? Para los españoles seguro que no.

A veces uno mira los datos y tiene la extraña sensación de que el consejo de ministros o nido de víboras se reúne en La Moncloa o la guarida tóxica, hostil, llena de traiciones, envidias e hipocresías… pero el resultado de sus decisiones se celebra en Pekín más que en España con fuegos artificiales, arroz tres delicias y algún burócrata del Partido Comunista chino brindando discretamente por la salud del socialismo europeo y por Sánchez.

Los números, que tienen la desagradable costumbre de no militar en ningún partido, cuentan una historia bastante menos épica que los discursos palaciegos y monólogos del teatro de Valle-Inclán y la técnica del esperpento del sanchismo.

En 2021 España tenía con China un déficit comercial de 26.804 millones de euros. En 2025 el agujero supera ya los 42.000 millones con un aumento del 57,7 %. Pero tranquilos en el Almarjal. Seguro que esto forma parte de una estrategia económica sofisticadísima socialista, de esas que se explican en foros internacionales con gráficos de colores, flechas ascendentes y palabras como “resiliencia”, “transición” y “ecosistema productivo”, o la siempre adulterada “Hub” que como la de “sostenibilidad” vale para todo y no sirve para nada, mientras los asistentes asentimos con entusiasmo diplomático y nadie se atreve a preguntar qué demonios significa exactamente todo eso, tragamos como borregos indecentes. Mientras España vende menos a China, China vende mucho más a España. Para los tontos…, nosotros exportamos menos, pero importamos más.

Una relación estratégica, sin duda, pero es una estrategia tan estratégica que el único que gana es el otro, China. No quiero ser injusto en mi relato. El Gobierno sí ha desarrollado un plan económico ambicioso, un plan meticulosamente estructurado sobre tres pilares fundamentales; hacer estudios, anunciar estudios sobre los estudios y encargar al Consejo Superior de Investigaciones Científicas otro estudio para entender por qué, después de tantos estudios, la economía sigue comportándose como si los estudios no existieran. ¿Juego de palabras o trilerismo socialista?

La última joya intelectual es un macro análisis longitudinal para estudiar las trayectorias vitales desde la infancia. Es decir, que después de siete años gobernando, el Ejecutivo ha descubierto que quizá convendría empezar a investigar por qué la gente no llega a fin de mes, sin duda un descubrimiento revolucionario. Uno imagina la escena con cierto temblor histórico: miles de investigadores analizando datos sociológicos mientras, en paralelo, en algún puerto del Mediterráneo, atraca otro carguero chino lleno de contenedores con productos que antes fabricábamos aquí.

Mientras tanto, el presidente arremete contra los “oligarcas”, las “élites”, los “magnates” y prácticamente cualquiera que tenga una cuenta corriente con más dígitos que el PIN del móvil. Todo ello mientras presume de que el crecimiento económico reparte el 60 % a los trabajadores y el 40 % al capital, una afirmación tan tranquilizadora como aquellas estadísticas soviéticas en las que la producción de trigo siempre batía récords justo antes de que la gente hiciera cola para comprar pan. Pero lo verdaderamente fascinante del discurso oficial es la ironía involuntaria, peor que la mía.

Pero la paradoja alcanza niveles casi artísticos o esperpénticos cuando se analiza la política internacional española, que últimamente parece escrita por un guionista con vocación surrealista, como Becket y su teatro del absurdo. En un extremo del tablero mundial, Vladimir Putin decide que Ucrania le resulta demasiado independiente. Ordena atacar y Europa despierta de golpe a una verdad incómoda, la energía también es geopolítica en este bazar chino.

Alemania descubre entonces que abrazarse durante años al gas ruso a través del Nord Stream tenía aproximadamente la misma lógica estratégica que dormir con un escorpio esperando que no tenga la necesidad de picar. Mientras España observa el panorama con cierta tranquilidad energética. Nuestra exposición al gas ruso apenas roza el 11 % de las importaciones.

La factura energética ronda los 12.000 millones. Nada dramático para un país con seis plantas de regasificación y una autoestima energética bastante desarrollada, en teoría. En los discursos oficiales aparece entonces un concepto maravilloso: España será el gran “hub” energético de Europa. La palabra “hub” siempre funciona. Nadie sabe exactamente qué significa, pero suena a futuro, a progreso, a templanza económica, a sostenibilidad y resiliencia y no me refiero a la “Charpy” para mecánicos. Y en política, el futuro es ese lugar abstracto donde siempre se solucionan los problemas del presente.

Y entonces, por alguna suerte de vendida o delincuencia informática, entra en escena el Mediterráneo. Sánchez envía una carta a Mohamed VI apoyando el plan marroquí para el Sáhara Occidental, algo contra natura hasta para él, una carta discreta, casi íntima por no decir pornográfica políticamente que cruza el Estrecho con la elegancia de los gestos diplomáticos que no se explican demasiado, pero en Argelia alguien abre el sobre también y como diría nuestro más destacado poeta cartagenero Antonio Navarro, llega el Silenciooooo…., incrustado en una palabra que en diplomacia pesa más que un comunicado oficial, traición.

Argelia llevaba años siendo el socio energético estable de España. Contratos largos, gasoductos funcionando y una relación que, sin ser romántica, al menos tenía la virtud de la previsibilidad y durabilidad. En política exterior los gestos tienen memoria y cuando Sánchez decide cambiar de posición sobre el Sáhara sin avisar a Argel, la reacción es exactamente la que cabe esperar cuando alguien descubre que la partida se está jugando con cartas distintas y con trampas. Los precios se revisan. Los contratos se reinterpretan y Argelia empieza a mirar a otros clientes con la atención que antes reservaba para España.

Como en el Monopoly, el consumidor español observa su factura energética y sospecha vagamente que la geopolítica no era una asignatura tan inútil como parecía en segundo de bachillerato. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Donald Trump vuelve a demostrar que la política internacional también puede funcionar como un espectáculo de variedades, circos y fuegos artificiales.

El presidente más bipolar que ha producido la democracia moderna decide que España ha cruzado una línea roja al vetar el uso de las bases de Morón y Rota para una operación militar estadounidense en Irán. Por cierto, un Ayatola que sin tocarnos la pirola…, acumulo 200 mil millones de dólares, con hoteles en España y nexos con la Venezuela de Maduro. La respuesta llega con la sutileza habitual de Trump: romper los acuerdos comerciales con España. No olvidemos que para el progresismo sanchista Trump representa el mal y los Ayatolas en Irán el bien…, Así las cosas, sesenta mil millones de euros de inversión directa estadounidense quedan suspendidos en el aire como una lámpara mal colgada en una corriente de aire. Miles de empresas revisan balances con esa mezcla de incredulidad y pánico que aparece cuando la geopolítica entra por la puerta de la contabilidad, la de atrás. En la política española siempre hay un elemento tranquilizador. El eslogan, y si hay algo que este país produce con eficiencia industrial son eslóganes. “No a la guerra”. Una frase tan noble como decir “no al cáncer”, “no a los accidentes de tráfico” o “no a los lunes por la mañana”. Yo creo que la política exterior no se gestiona con frases de camiseta universitaria con destino a idiotas contemporáneos. Se gestiona con intereses, alianzas y poder y en ese damero España parece empeñada en adoptar el papel del Actor Secundario Bob en los Simpson, sin peso estratégico en una combinación letal. Un slogan que se ha infiltrado en el día de la mujer, quizás para tapar el aumento considerable de violaciones disparadas en un 288%, en 2017 registradas 1382 y el pasado año ascendieron a 5363, datos oficiales, la consecuencia es la caída en 20 puntos en el índice de países seguros para las mujeres, otra farsa del sanchismo y su social comunismo.

Decir no a la guerra es estar a favor del asesinato de jóvenes mujeres que desean igualdad de derechos con el hombre, y la persecución de jóvenes disidentes es tolerar que exterminen a todo indicio del colectivo homosexual tan defendido con populismos de pancarta y batucada y es favorecer y aceptar como buena la financiación del terrorismo yihadista como Al-Qaeda, Hezbolá, Daesh y Hamás.

Pero el surrealismo político nacional no termina ahí, en la trastienda institucional del badulaque de los Simpson siguen ocurriendo escenas que harían sonrojar al guionista de una serie de Netflix como Black mirror. Adif colaborando con entusiasmo variable con jueces y Guardia Civil en la investigación del accidente de Adamuz, delincuentes en potencia y ¿Quién los manda? La AIReF dirigida por una persona de absoluta confianza de María Jesús Montero, lo que en la jerga administrativa española se conoce como independencia institucional con supervisión amistosa, ahora los informes contrarios como en cualquier república tercermundista, se han capado.

La casa de Koldo García convertida en una pequeña armería doméstica con rifles, escopetas, una pistola y diecinueve teléfonos móviles diseñados para evitar pinchazos telefónicos, una verdadera banda criminal con siglas tardo socialistas, diecinueve… En cualquier otro país esto daría para tres o cuatro temporadas de thriller político, ¿se imaginan a un PP en estas circunstancias delictivas y a los voceros quemando las calles? Pero aquí aparece como nota a pie de página. Todo perfectamente normal en un país donde la frontera entre administración y partido político tiene la consistencia de una cortina de ducha, pero llena de moho.

Y mientras todo esto ocurre, el debate político español se ha desplazado hacia una discusión todavía más profunda, si la Constitución se está utilizando como marco institucional… o como herramienta de combate partidista. Conviene recordar una idea antigua de teoría constitucional donde las constituciones casi nunca se rompen de golpe. Se desgastan poco a poco mediante decisiones acumuladas que tensan el sistema hasta que el espíritu del pacto original empieza a evaporarse. Lo llaman erosión institucional, instrumentalización constitucional o polarización constitucional. Conceptos muy elegantes para describir algo bastante simple, cuando las reglas siguen existiendo, pero cada figurante político intenta doblarlas a su favor.

La Constitución de 1978 fue concebida como un gran pacto nacional tras la dictadura. Un acuerdo amplio para garantizar estabilidad, pero su supervivencia depende de algo más delicado que los artículos legales, depende de que quienes gobiernan respeten también su espíritu de concordia, pero reaparece por mi decisión una vieja intuición histórica, la de Azaña, muchas frases dijo el socialista, o no, dicen que escribió una frase que sigue persiguiendo a la política española como un fantasma intelectual, España tiene un pueblo admirable que siempre termina salvando lo que los señoritos venden. El problema es que hoy los señoritos ya no invocan la patria sino a su cuenta corriente y en el extranjero. Invocan ingeniería social, desigualdad estructural, macro estudios longitudinales y PowerPoints adornados de simplezas sistemáticas para tontos y mientras tanto, en algún puerto del Mediterráneo o en Algeciras en el Atlántico acaba de atracar otro barco lleno de contenedores chinos para llenar las estanterías y la fruta y verdura sin controles de calidad exhaustivos vienen de Marruecos y de Suramérica..

Seguro que alguien está preparando un estudio para analizarlo. Y en España, como todo el mundo sabe, cuando algo se estudia lo suficiente, tarde o temprano termina convirtiéndose en un eslogan. Y los eslóganes, como la energía eólica o el gazpacho institucional, son el verdadero recurso renovable de nuestra política.

Europa, convencida de que la Historia terminó, decidió convertirse en un balneario regulatorio donde se legisla el diámetro del tomate o la botella de plástico y la perspicacia del tapón mientras otros fabrican misiles. Presume de superioridad moral, pero su defensa depende del guardia estadounidense, a quien paga obediencia y gas caro a cambio de protección. A resultas tenemos una soberanía de plastilina, una industria estrangulada y debates metafísicos sobre pajitas y el sexo de los ángeles mientras el mundo juega al ajedrez geopolítico. Como profeta desarmado, Europa predica paz perpetua mientras Rusia, China o Irán afilan cuchillos. No es un imperio ilustrado, sino una Roma tardía con palacios burocráticos y parásitos estancados en Bruselas mantenidos por los europeos de a pie. La tragedia no es depender de EE. UU., es fingir que no somos, básicamente, su vasallo confortable y jugar a hacerle frente, jugar y engañar…

 

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